"Phantom Thread": El amor invisible [crítica]

Sinopsis: En el Londres de la posguerra, en 1950, el famoso modisto Reynolds Woodcock (Daniel Day-Lewis) y su hermana Cyril (Lesley Manville) están a la cabeza de la moda británica, vistiendo a la realeza, a estrellas de cine y a toda mujer elegante de la época. Un día, el soltero Reynolds encuentra a Alma (Vicky Krieps), una joven que pronto se convierte en su musa y amante. Y su vida, hasta entonces cuidadosamente controlada y planificada, se ve alterada por la irrupción del amor. 

Ficha técnica
Año: 2017
Duración: 2 hr 10 min
País: Estados Unidos
Director: Paul Thomas Anderson
Guion: Paul Thomas Anderson
Música: Jonny Greenwood
Fotografía: Paul Thomas Anderson
Reparto: Daniel Day-Lewis,  Vicky Krieps,  Lesley Manville,  Richard Graham,  Bern Collaco


Reseña por
Yasser Medina

En los últimos años el cine de Paul Thomas Anderson, creador por excelencia de personajes insólitos, de historias inolvidables que han dejado a mi cinefilia sin palabras, ha comenzado un período en el que su estética captura ciertas épocas del siglo XX, apelando a un lenguaje visual que se fortalece con significados profundos, inseparables de ese género arbitrario que conocemos como drama. Vemos esto en obras capitales del cine moderno como la excelente There Will Be Blood y la inquietante The Master, retratos complicados, inteligibles, de personas caóticas que anhelan satisfacer las partes más oscuras de su obsesión. Con tan solo ocho filmes este señor puede entrar fácilmente entre los mejores cineastas de la historia. 

El más reciente trabajo de este director, Phantom Thread, es un drama de cámara que hemos disfrutado, porque, efectivamente, ha sido concebido como un ejercicio de estilo que evoca aquel romanticismo infausto de la mítica Rebecca (1940), de Alfred Hitchcock. Todo es glamour, idilio y tensión. Se despliega belleza visual, una música sublime y unas actuaciones exquisitas, especialmente la de Daniel Day-Lewis, quien colabora con Anderson por segunda ocasión para interpretar a Reynolds Woodcock, un reputado diseñador de moda que vive en Londres en los años 50. 

En la gigantesca vivienda del señor Woodcock (Daniel Day-Lewis), los momentos de silencios son adornados con los soliloquios de las costureras que confeccionan los vestidos que él diseña, y con los que viste a los miembros de la alta sociedad: la realeza, las socialités, las estrellas de cine, los aristócratas, la gente que vive en otro universo social. Lo acompaña su hermana Cyril (Lesley Manville), una mujer educada, misteriosa, de principios, que administra la empresa y se cerciora de que todo salga al pie de la letra para exhibir las piezas que visten a las modelos en las pasarelas celebradas en las habitaciones de la mansión. 

La vida de Woodcock no es sencilla. Es un hombre neurótico, perfeccionista, de modales, obsesionado con los vestidos, atrapado por el fantasma de su madre, satisfecho con la manía de vestirse de una forma elegante. Es el tipo más refinado que uno se pueda imaginar. Su fuerte carácter solo es apaciguado por Cyril, quien parece la mandamás de la casa Woodcock. Un día, desayunando en un hotel, conoce a Alma (gustosa actuación de la desconocida Vicky Krieps), una mesera que se convierte en su musa más preciada, y con la cual comienza una relación amorosa que huele a peligro.

La brillante mezcla de amor y odio en el vínculo de los protagonistas es un comentario de la equidad de género en una sociedad patriarcal. Con estos personajes Anderson disecciona la política de roles desde la óptica del matrimonio. Las contradicciones de Reynolds Woodcock, la última interpretación de Daniel Day-Lewis, representa la posición del genio dominante que luego cede ante las exigencias de su amada Alma (la mujer pasiva y obediente), a quien en un principio trata como si fuera incorpórea, pero que luego resulta ser algo más que un simple objeto del deseo. En la intimidad, las miradas, las taciturnidades y los arrumacos desmenuzan la psicología de estos personajes, diciéndonos que detrás de ese hedonismo de telas se halla la culpa y el dolor reprimido, principalmente el de Woodcock. 

Como bien sabemos, Anderson construye los personajes de sus guiones partiendo de individuos históricos, y esta película no es la excepción. El maniático y puntilloso Reynolds Woodcock es un espejo de Cristóbal Balenciaga, uno de los grandes modistos de la historia; además de otras referencias a personas de la jet set como Porfirio Rubirosa y Barbara Hutton. Cuando deja a un lado las alusiones, enriquece la efigie de Woodcock y Alma con un melodrama que homenajea a las grandilocuentes películas de Max Ophüls, pero, por supuesto, sin olvidarse del comentario del mundo de la moda y de la crisis de un artista.  

Lo incuestionable es que la película de Anderson siempre engalana. El diseño de producción, el vestuario y la música de su usual colaborador Jonny Greenwood otorgan una elegantísima preciosidad al romance de Reynolds y Alma, un amorío que funciona como una metáfora de la ambivalencia del apego, ese hilo invisible que pocas veces podemos ver. 


7/10