"Darkest Hour": Los dilemas políticos de Winston Churchill [crítica]

Sinopsis: En 1940, Winston Churchill (Gary Oldman) se convierte en primer ministro británico en un momento realmente crucial de la Segunda Guerra Mundial. Deberá entonces explorar la posibilidad de un tratado de paz con Alemania, o ser fiel a sus ideales y luchar por la liberación de Europa.

Ficha técnica
Año: 2017
Duración: 2 hr 05 min
País: Reino Unido
Director: Joe Wright
Guion: Anthony McCarten
Música: Dario Marianelli
Fotografía: Bruno Delbonnel
Reparto: Gary Oldman,  Ben Mendelsohn,  Kristin Scott Thomas,  Lily James


Reseña por
Yasser Medina

En mayo de 1940, Winston Churchill, hombre de gran trayectoria política, asumía el cargo de primer ministro del Reino Unido tras la dimisión Neville Chamberlain. Como la Segunda Guerra Mundial se encontraba en pleno apogeo, su estrategia mantenía una firmeza que se negaba a aceptar la derrota, algo que contrastaba con algunos individuos del gabinete que solo buscaban acuerdos de apaciguamiento. Pero Churchill también se destacaba por la retórica de sus discursos, en los que motivaba al pueblo británico a que uniera sus fuerzas para resistir ante la avanzada de la Alemania Nazi. El resto, como bien sabemos, es historia. 

Con esta película, Darkest Hour, Joe Wright, director de la estupenda Atonement, aporta mesura dramática a la monstruosa eminencia política de Winston Churchill. Aunque cuenta con una maravillosa recreación del período, es un biopic de cámara, en el que somos partícipes de las decisiones burocráticas de un Winston Churchill que ha sido interpretado magistralmente por Gary Goldman, el cual, sin lugar a dudas, ofrece una de las actuaciones más memorables de su carrera. Pocas veces el político había sido retratado con tanta fidelidad en la gran pantalla.

La acción se traslada al parlamento inglés en el año 1940. La Segunda Guerra Mundial ha comenzado a azotar gran parte del continente europeo. El primer ministro Neville Chamberlain (Ronald Pickup) ha dimitido del oficio, dejando las puertas abiertas para que alguien se encargue de crear una táctica que proteja al Reino Unido de la invasión Nazi. El rey King George VI (Ben Mendelsohn) ha elegido a Winston Churchill (Gary Oldman) para que ocupe el puesto, sabiendo que algunos burócratas como el Vizconde Halifax (Stephen Dillane) y Neville Chamberlain se muestran pesimistas ante la decisión, pues solo contemplan la posibilidad de negociar la paz con Adolf Hitler. Pronto Churchill debe lidiar, primero, con los miembros más conservadores del parlamento que dudan de su liderazgo y, segundo, con una estrategia para rescatar a los 300 mil soldados británicos atrapados en las playas de Dunkerque (la famosa Operación Dinamo). 

Wright presenta a Churchill como el estadista de acero, el mandatario que cree firmemente en ideales patrióticos para proteger los intereses de su país. El marcado patriotismo de su película magnifica la facundia de los históricas diatribas de Churchill en la Cámara de los Comunes, pero también cede el espacio para la intimidad de su vida cotidiana, exhibiéndolo como una persona sagaz, dudosa, que no tiene tiempo para charloteos triviales. El corazón de su cinta pertenece la fascinante interpretación de Oldman como el primer ministro. 

El polifacético Gary Oldman se mete en la piel de Winston Churchill como un virus enfermizo, haciendo que no podamos distinguirlo ni con un microscopio. Su registro dramático roba los gestos y la expresividad del señor británico, ayudado, por supuesto, con una densa capa de maquillaje prostético que adorna sus rasgos faciales para que parezca una réplica original, un Churchill que ha resucitado como un orador mesiánico. No hay ni una sola escena en la que no nos sorprenda su manera de hablar, las manías, la legendaria “V de la victoria”, el puro en la boca. Esta arrolladora actuación es una de las mejores de su largo camino actoral. El Óscar le pertenece.

La película de Wright, que bien puede ser un paseo por un momento crucial de la narrativa británica, la interpretamos como una parábola del Brexit, en la que la figura de Churchill simboliza la individualidad política y económica de los británicos frente al continente europeo. Nos han agradado los claroscuros, la sutileza de la puesta en escena y la elegancia con la que, indudablemente, consigue un delicado equilibrio entre la astucia y la seriedad para retratar la efigie de uno de los líderes más relevantes del siglo XX.


7/10