"Deadpool 2": Para morir de la risa [crítica]

Sinopsis: El mercenario mutante, Wade Wilson (también conocido como Deadpool), reúne a un equipo de pícaros mutantes para proteger a un joven de habilidades sobrenaturales del brutal mutante que viaja en el tiempo, Cable.

Ficha técnica
Año: 2018
Duración: 1 hr 59 min
País: Estados Unidos
Director: David Leitch
Guion: Rhett Reese, Paul Wernick, Ryan Reynolds
Música: Tyler Bates
Fotografía: Jonathan Sela
Reparto: Ryan Reynolds, Zazie Beetz, Josh Brolin, Morena Baccarin, T.J. Miller,

Reseña por
Yasser Medina


Las ocurrencias de Deadpool, el mercenario demente que me ha propiciado risotadas con la autoparodia, hacen que su universo cinematográfico entretenga porque retiene una fórmula que, desde la primera película, ha funcionado por lo inusual que es en el género de superhéroes: acción frenética, violencia exagerada (clasificación R), humor negro y unas referencias de la cultura popular que se han convertido en una marca de agua. Con esto claro, el señor Ryan Reynolds, ayudado por su evidente carisma, ha logrado transformar al personaje del cómic de Fabian Nicieza y Rob Liefeld en todo un ícono del cine comercial, convirtiéndolo en un éxito inesperado de taquilla. Era solo cuestión de tiempo para la secuela. 

La nueva entrega, Deadpool 2, me ha puesto a pensar en que se trataba de una de esas películas que sufren de la maldición de las secuelas, pero me he equivocado. Es una secuela que ofrece una buena dosis de brutalidad y de cinismo cuando el protagonista, Wade Wilson/Deadpool (Ryan Reynolds), se burla de todo el mundo (rompiendo la cuarta pared) y no deja escapar a nadie hasta que estén muertos de la risa. Mantiene un ritmo adecuado, ágil, en el que la comedia y la acción se equilibra para presentar, en ocasiones, efímeras escenas dramáticas que buscan retratar una crónica más personal de Deadpool, pero que, igualmente, terminan siendo satirizadas. 

En esta ocasión, Wade Wilson/Deadpool, se divierte haciendo el trabajo de mercenario que tanto le gusta, matando a los criminales que ensucian las calles de la ciudad como si fuera un pasatiempo. Todavía vive con su novia Vanessa Carlysle (Morena Baccarin). Un día, las cosas repentinas lo acechan, se enfrenta a una situación grave y muy seria que lo afecta emocionalmente. Las risas se apagan por un diminuto momento de drama, piensa en el suicidio, pero recuerda que no puede morir. Para intentar olvidar lo sucedido se une a los X-Men, Colossus (Stefan Kapičić) y Negasonic Teenage Warhead (Brianna Hildebrand), para ayudar a Russell Collins/Firefist (Julian Dennison), el joven mutante que está fuera de control y que, sin saberlo, es el blanco de Nathan Summers/Cable (Josh Brolin), un mutante que ha venido del futuro para matarlo por razones que los spoilers me impiden revelar. 

Los personajes del reparto son introducidos de una forma convencional, genérica, pero con el simple propósito de construir una narración de tres actos que, a pesar de todo, resulta coherente para las motivaciones que le han otorgado los guionistas. Ryan Reynolds parece que ha nacido para el rol de Deadpool, interpreta al alocado antihéroe con histrionismo y con una comicidad retorcida que para él es normal; cada vez que habla dispara balas de sarcasmo para parodiar a personajes de los cómics, a películas de la cultura pop y a celebridades de la industria del entretenimiento. Josh Brolin interpreta a Cable, un villano que toma una postura intimidante, pero que a la larga no es tan memorable, simplemente es un sólido complemento para movilizar la trama. Los secundarios tienen sus escenas de fulgor, pero, a veces, son mermados por la figura del Mercenario Bocón. 

Si bien, en la primera película Deadpool afirmaba que era una historia romántica, en esta dice que es un relato familiar, y entiendo lo que quiere decir. No solo se refiere a la formación del X-Force, el mítico equipo de mutantes que debuta en una secuencia divertidísima, sino también a la de los cómplices que lo han acompañado desde la antecesora, sumándose también los nuevos como Cable y, muy especialmente, Neena Thurman/Domino (Zazie Beetz), una mutante cuyo único poder, aparentemente, es tener suerte. La cinta preserva la esencia y la emoción de la predecesora, aunque los temas sean distintos. 

La película cuenta con escenas hilarantes que han hecho que me duela el pecho de tanto reírme, la música es contagiosa, y el carismático antihéroe rompe los estereotipos de los superhéroes con una irreverencia que se mofa de los márgenes de la corrección política en el cine de blockbusters. Eso la hace atrevida, original, sorpresiva. Espero con ansias una tercera parte. 


7/10