"Isle of Dogs": El mundo de los perros según Wes Anderson [crítica]

Sinopsis: Después de que todas las mascotas caninas de Megasaki City sean exiliadas a una isla que es un vertedero, un niño de 12 años emprende un viaje para buscar a su perro extraviado.

Ficha técnica
Año: 2018
Duración: 1 hr 41 min
País: Estados Unidos
Director: Wes Anderson
Guion: Wes Anderson
Música: Alexandre Desplat
Fotografía: Tristan Oliver
Reparto (voces): Bryan Cranston, Koyu Rankin, Bill Murray, Edward Norton, Jeff Goldblum, Scarlett Johansson, Ken Watanabe, F. Murray Abraham

Reseña por
Yasser Medina

El universo de Wes Anderson, hacedor de historias pintorescas que me han cautivado, está poblado de personajes tragicómicos que parecen burlarse de la palabra originalidad por la manera tan fabulesca en la que son presentados. Su estilo equilibra muy bien los personajes, el lenguaje visual, el humor seco y la música. Cuando no filma actores sus actores habituales se adentra en el género de la animación stop-motion de muñecos animales, tal y como lo hizo con la entretenida Fantastic Mr. Fox, el vistoso retrato de los zorros ladrones escrito por Roald Dahl. Lo ha disfrutado tanto que, en su nueva película, Isle of Dogs, regresa a la técnica de la animación stop-motion, pero, en esta ocasión, relatando las contrariedades de unos perros que viven en un futuro lejano.

La película no me ha provocado tanta gracia, pero me agrada la forma en la que Anderson elabora la historia, una fábula sobre perros con evidentes metáforas sociopolíticas que hablan de la realidad de nuestros tiempos. Anderson la narra con sencillez para que la peculiaridad de cada personaje impresione, atendiendo a los estereotipos japoneses con una hermosa plasticidad compositiva, en el que los detalles visuales de los planos homenajean algunas películas clásicas de Akira Kurosawa como “El ángel ebrio” (1948), “El perro rabioso” (1949), “Los siete samuráis” (1954) y “El infierno del odio” (1963), así como también las de Hayao Miyazaki como “Mi vecino Totoro” (1988) y “El viaje de Chihiro” (2001). Los protagonistas que la habitan son unos perros abandonados y Atari Kobayashi, un muchacho japonés que anda buscando a su perro que se ha extraviado.

El cuento de Atari Kobayashi (Koyu Rankin) se ambienta en un futuro distópico, algo así como una versión japonesa de “1984”, en la ciudad ficticia de Megasaki, Japón. Los días allí son grises, cubiertos de una densa capa de contaminación y de un gobierno autoritario liderado por el señor Kenji Kobayashi (Ken Watanabe), el tío de Atari proveniente de una familia que secretamente odia a los perros por razones históricas. Cuando se desata una pandemia canina que afecta a los humanos, el alcalde Kobayashi firma un decreto para expulsar a todos los perros virulentos a la Isla Basura, incluyendo a Spots, el perro por el cual Atari viola la cuarentena establecida y emprende la búsqueda hacia el vertedero desolado.

Aunque son perros, estos son los personajes que usualmente pueblan la mente creativa de Anderson. Esta vez el protagonista es un chico de 12 años, Atari, pero a diferencia de sus otros principales, como los de Rushmore y Moonrise Kingdom, no es un prodigio ni una persona rebelde, es más bien un chico tranquilo, huérfano, que cuestiona la autoridad cuando es asistido por los perros, quienes le ayudan a pesar de las barreras idiomáticas (hablan inglés y Atari solo japonés). Los perros, Chief (Bryan Cranston), Rex (Edward Norton), Boss (Bill Murray), Duke (Jeff Goldblum), King (Bob Balaban), Júpiter (F. Abraham Murray) y Spots (Live Schreiber), simbolizan aquellos siete samuráis de Kurosawa, y con su destreza (a veces peleando en nubes de polvo) auxilian a Atari a cambio de poca cosa.

Como Anderson ha dividido la trama de esta aventura en capítulos, en un escenario paralelo los personajes secundarios refuerzan la lectura política iniciada por los protagónicos: el movimiento Pro Dog, encabezado por la feminista Tracy Walker (Greta Gerwig), una elocuente y liberal estudiante extranjera que se ha comprometido con la causa a favor de los perros a través de una revuelta social, cosa que el rígido alcalde Kobayashi, quien es una alegoría de la corrupción burocrática y el abuso de poder, trata de impedirlo usando todo su poderío. Lo inusual es el ornamento intertextual, intercambia la situación actual de los Estados Unidos por un Japón imaginario, humaniza a los perros y deshumaniza a los hombres, y los personajes son los oprimidos que marchan exigiendo sus derechos, no solamente de los perros, sino también, de la gente.

La dimensión fantástica del director de The Royal Tenenbaums y The Grand Budapest Hotel prevalece, logrando que la película mantenga el ritmo narrativo en todas las escenas, llenando de esperanza y de inocencia un futuro en el que “el mejor amigo del hombre” se ha convertido en “el peor enemigo”. Denuncia la crisis migratoria de una sociedad robotizada y censurada, de la exclusión de gente que ahora son tratadas como “perros”. Su indulgencia celebra la estética de la cultura japonesa: los poemas haiku, el sushi, el idioma, el sumo, el teatro kabuki, el legendario cine nipón. La adorna de colores, de una espléndida música de Desplat y de una cuidada composición que establece una extraña simetría entre la desolación y la belleza. Es, sin lugar a dudas, una película encantadora.


7/10