Se trata de una secuela bastante entretenida que nunca pierde el sentido de equilibrio cuando mezcla la comedia con las fórmulas comunes del misterio whodunit.




Hace ya tres años que Knives Out supuso, para mí gusto, algo ligeramente diferente en ese subgénero que se edifica mediante el dispositivo de whodunit, sobre todo porque añadía capas de misterio y actualizaba de manera lúdica la fórmula manoseada del detective que resuelve el crimen a puertas cerradas frente a los invitados peculiares que se encuentran atrapados en el rompecabezas sin resolución aparente, en una especie de homenaje a la novela policial de Agatha Christie donde la identidad del que comete el delito es la llave que abre la caja secreta de todas las interrogantes. Transmitía clasicismo sin abandonar las inquietudes posmodernas de los discursos culturales y sociopolíticos de la actualidad. Pero dicen que su director, Rian Johnson, un confesado amante de la ficción detectivesca (mostrado desde su escalofriante debut en Brick), no solo tenía planificada una secuela desde antes del estreno, sino que también coqueteaba con la posibilidad de dirigir distintas películas sobre su detective peculiar con dialecto sureño.

La primera de estas secuelas tiene como título Glass Onion: un misterio de Knives Out y he podido verla aprovechando su disponibilidad en la plataforma de streaming de Netflix, tras haberse exhibido brevemente por el Festival Internacional de Cine de Toronto. No sé si está por encima de la original como alegan algunos que la han aplaudido con reverencia, pero me atrevo a colocarla a la par en materia de entretenimiento. Me parece una secuela disfrutable, solvente, cuyo factor de sorpresa es tan afilado como un pedazo de vidrio roto al soltar sobre la plataforma las huellas de un misterio de vacaciones en el que nunca faltan los giros retorcidos y un coctel de personajes que siempre son cuestionados por la manera sinuosa en que ocultan las cosas. Las más de dos horas que dura son bien rítmicas y nunca me pesan por esa presencia estupenda de Daniel Craig como Benoit Blanc que, dicho sea de paso, funciona a mi juicio como si fuese el Hércule Poirot del siglo XXI.





A diferencia de la antecesora, donde gran parte de la narrativa ocurría en los interiores de una mansión, en esta ocasión la aventura se traslada a una isla privada en pleno apogeo de la pandemia de COVID-19 en 2020, en la que Benoit Blanc (Daniel Craig) se aparece de invitado en la residencia llamada Glass Onion perteneciente a Miles Bron (Edward Norton), el multimillonario de una empresa de tecnología (Alpha) que organiza un juego de misterio y asesinatos para unos huéspedes adinerados que esconden un pasado, entre los que se hallan Lionel Toussaint (Leslie Odom Jr.), el científico en jefe de la corporación; Claire Debella (Kathryn Hahn), la gobernadora de Connecticut que aspira a una posición en el senado; Duke Cody (Dave Bautista), un streamer machista y corpulento que tiene millones de seguidores en Twitch y llega con su novia Whisky (Madelyn Cline); Birdie Jay (Kate Hudson), una diseñadora de moda arrogante y controvertida que está acompañada con su asistente Peg (Jessica Henwick); y Cassandra “Andi” Brand (Janelle Monáe), la cofundadora reservada de Alpha que es invitada de último minuto.

En general, la estructura narrativa me resulta placentera, a pesar de algunos registros mínimamente predecibles que adornan su superficie, sobre todo porque sigue la mecánica clásica del whodunit sin muchas desviaciones, en la que varias personas se congregan a discutir asuntos personales antes del episodio de asesinato que sirve de antesala para que el detective famoso utilice sus dotes deductivos frente al culpable. Pero ya no se trata de una familia adinerada que lucha por la herencia del viejo de la casa, como sucede en la película anterior, sino de unos amigos exitosos que destruyen su amistad lentamente por una dinámica de poder que se establece entre la ambición, la codicia y la envidia, de un hombre sinuoso y villanesco que invita a todos a participar en un evento de misterio y asesinato ubicado en un lugar exótico para eliminar a la competencia que obstruye sus planes ambiciosos, mientras, por otra parte, el detective examina las pistas dejadas por los hábitos de cada uno de los presentes para sacar una conclusión. Los diálogos, dotados de ironía y humor negro, construyen una parte sustanciosa del argumento y ejerce la función de un catalizador que dimensiona las acciones de los personajes más allá de las descripciones más transparentes, así como el desarrollo de sus personalidades cuando hablan más de lo necesario para exteriorizar sus miserias internas.


Edward Norton, Madelyn Cline y Daniel Craig. Fotograma de Netflix.

 

En una primera mitad, las conversaciones que sostienen cada uno de los personajes levantan las sospechas inmediatas y las intenciones inesperadas que obligan a Blanc a preparar su audacia para anticipar el homicidio calculado por el asesino que se encubre en la fortaleza de cristal, además de enterarse de que Miles, que no esperaba que el detective asistiera (asume que otro lo ha enviado como broma), ha reunido a todos para revelar el cuadro de la Mona Lisa que se ha robado del Louvre y, también, su intención de monopolizar la industria energética con la solución de un combustible a base de hidrógeno que mantiene la electricidad encendida en toda su morada y que provoca serios problemas para la preservación del medioambiente. Pero el ambiente festivo se problematiza en una secuencia que anuncia, con cierta intriga, el nudo en el que Blanc demuestra su perspicacia para desmontar cualquier incógnita con su verborrea frontal, donde solventa primero el misterio del asesinato planificado por Miles como si fuera un simple juego de niños que lo deja en ridículo y, además, reúne a los visitantes en medio del caos que se desata tras la muerte de uno del grupo y el corte del suministro de energía eléctrica que simboliza la mano del villano con la pistola que tira del gatillo desde las sombras más oscuras para matar a la afroamericana que desea vengarse por lo que le hicieron en el pasado.


Kate Hudson, Daniel Craig, Jessica Henwick y Leslie Odom Jr.  Fotograma de Netflix.



A partir del disparo en la oscuridad, la segunda mitad se compone a través de un prolongado racconto que explica, ante todo, la identidad falsa que asume Helen (el nombre verdadero de la que finge ser Andi) y la confianza que deposita al contratar a Blanc algunos días antes de la ceremonia con la finalidad de investigar la muerte de su hermana gemela (la verdadera Andi que aparentemente se suicidó). Por medio de conjeturas ingeniosas, las escenas muestran la manera en que Blanc saca a la luz el plan del matador entendido como el acto de inmoralidad de un ser tábido y sin escrúpulos que se ve obligado a manipular a un grupito de fracasados para explotar sus ideas y enriquecerse ilícitamente en la esfera corporativista mientras protege su inversión borrando los rastros y eliminando de paso a la gata negra de la servilleta que amenaza con detener su estrategia de dominación con unas cuantas evidencias comprometedoras. Las respuestas del misterio atraviesan sutilmente las rutas imprevistas en la que cada señal o golpe de efecto amplía el aparato de tensión.

Todos los personajes, exceptuando Blanc y Helen, son mostrados por Johnson como personas egológicas, oportunistas, patrañeras, que son capaces de apuñalar por la espalda a sus rivales para alcanzar el éxito que venden en las estanterías de la influencia, pero cuya desesperación por trepar rápido es precisamente el origen de su ruina. De forma diametralmente opuesta a lo que pasa en la predecesora (donde el conjunto era propenso a los prejuicios y a la discriminación racial), las acciones de esta nueva planilla, así como las distintas razones por las que acuden a la fiesta homicida, instauran un comentario social y satírico sobre los diversos estereotipos que pueblan el orbe cultural del espectáculo en la posmodernidad (la política, la diseñadora de moda, el tecnócrata, el emprendedor, el influencer, etc.), así como las decisiones corporativistas que perjudican la sostenibilidad de los ecosistemas. Solo coinciden en el hecho de que, nuevamente, el criminal quiere matar a una mujer que interrumpe sus planes junto al detective. Casi todos están esquematizados con algo de superficialidad, pero tienen una química que especialmente encuentro contagiosa; destacando, primero, a la camaleónica Helen que interpreta Monáe con mucho histrionismo y, segundo, el Blanc que interpreta con solvencia Craig, en una actuación central que imprime su pericia para hablar con el acento sureño y los gestos contenidos que siempre descosen elegancia y mucha agudeza.


Janelle Monáe como Helen. Imagen de Netflix.



En términos estéticos, Johnson captura la esencia de esos personajes en una puesta en escena que adquiere la tonalidad típica de los misterios de asesinatos de escapadas tropicales. Por el lado visual, hay escenas en la piscina, en las habitaciones, en la sala, con un tono pop que, en apariencia, se impone con atmósferas coloridas que evocan en todo momento las emociones cálidas (disgusto, decepción, resentimiento, etc.) que se cocinan a fuego lento como carne a la parrilla. Alcanza su punto fuerte en el diseño de vestuario de hilo veraniego y en una dirección de arte que construye la casa pintada por David Hockney con decorados ampulosos y unos espacios amplios en los que predomina el uso del color con matices psicológicos, con un pulso de suspense que desde el lado acústico es muy consistente con la banda sonora de Nathan Johnson.

Quizá el clímax se precipita como un cristal en el suelo por esa necesidad de Johnson de satisfacer a la policía de la inclusión de la cultura actual, particularmente en la escena en la que la afroamericana enfurecida rompe los bustos cristalinos del soez y enciende simbólicamente la mecha que metaforiza su venganza explosiva en clave feminista sobre el dominio masculino tóxico que “encarcela” a la Mona Lisa. Sin embargo, no me queda más remedio que disminuir mis quejas porque, sobre todo, es una secuela bastante entretenida que nunca pierde el sentido de equilibrio cuando mezcla la comedia con las fórmulas comunes del misterio whodunit. Una tercera parte me caería como anillo al dedo.


Ficha técnica
Título original: Glass Onion: A Knives Out Mystery
Año: 2022
Duración: 2 hr 19 min
País: Estados Unidos
Director: Rian Johnson
Guión: Rian Johnson
Música: Nathan Johnson
Fotografía: Steve Yedlin
Reparto: Daniel Craig, Edward Norton, Janelle Monáe, Kathryn Hahn, Leslie Odom Jr., Jessica Henwick, Madelyn Cline, Dave Bautista, Kate Hudson, Ethan Hawke,
Calificación: 7/10





Crítica de la película 'Glass Onion: Un misterio de Knives Out', dirigida por Rian Johnson, y protagonizada por Daniel Craig y Edward Norton.
Mi inclinación infinita por las historias de detectives me ha llevado a ver en Netflix a Los crímenes de la academia, el trabajo más reciente de Scott Cooper tras Hostiles y Antlers. Pero al parecer no supone para mí nada fuera de lo ordinario. Se edifica como un thriller de tinta gótica que puntualiza su misterio a través de una narrativa inane que deja sobre la superficie los rastros más convencionales de la ficción de detectives, sin ningún tipo de tensión que estimule mis sentidos más allá de las atmósferas lúgubres que parecen cuentos de Poe pintados sobre lienzos de Atkinson Grimshaw. Su argumento, basado en la novela homónima de Louis Bayard, se sitúa en el año 1830 en una academia militar estadounidense y sigue a Augustus Landor, un detective alcohólico con un pasado trágico que llega a West Point en Nueva York para resolver el caso de homicidio de un oficial del ejército que fue descuartizado en circunstancias no esclarecidas, mientras recibe la ayuda de Edgar Allan Poe, un oficial del recinto que muestra un gran interés por el caso para seguir escribiendo sus versos poéticos y las novelas de horror en su tiempo libre. En general, el asunto se estructura con los parámetros básicos del suspenso detectivesco de corte ucrónico, donde el detective privado del siglo XIX y el escritor de alma oscura examinan con lupa las pistas plantadas por el asesino, mientras visita la morgue en la que descansa el cadáver desmembrado para encontrar evidencias y dialoga a puertas cerradas con los superiores para mostrar su pericia deductiva sobre rituales satánicos de mujeres obsesionadas con la sangre. Pero nunca tiene algún golpe de efecto que me provoque alguna reacción o un impacto emocional significativo porque, ante todo, los personajes nunca se salen de ese aparato de verborrea que debilita las acciones centrales hasta que no queda otra cosa que la redundancia y las situaciones rebuscadas que solo ralentizan las resoluciones más anticipadas. Descifro fácilmente la supuesta complejidad del rompecabezas que hay detrás de esa trama construida de forma unidimensional con el único propósito, supongo, de esquematizar un comentario sobre la violencia contra la mujer y la venganza en clave feminista que revisa dicho período histórico con las discusiones actuales. La actuación de Bale es, cuanto mucho, decente como el inspector sinuoso que esconde las cicatrices de un pasado imborrable. Prefiero, eso sí, la sobriedad de Harry Melling cuando emplea su registro expresivo para ponerse en la piel compleja y siniestra de Poe. El camino lóbrego por el que ellos transitan carece de un ritmo que sea consistente, pero, a pesar de todo, me parece algo sólida la manera en que Cooper se preocupa por la atención al detalle, en una puesta en escena en la que mayormente se destaca el aspecto decorativo que reproduce la época con cierta autenticidad y, además, la solvencia visual de la lente de Masanobu Takayanagi, que captura una atmósfera victoriana que es bastante absorbente con sus luces y sus sombras. Desafortunadamente, solo funcionan como accesorios cosméticos en un thriller histórico frío, aburrido, vacuo, que pierde toda su fuerza entre la locuacidad innecesaria y las revelaciones carentes de intriga.

Ficha técnica
Título original: The Pale Blue Eye
Año: 2022
Duración: 2 hr 08 min
País: Estados Unidos
Director: Scott Cooper
Guion: Scott Cooper
Música: Howard Shore
Fotografía: Masanobu Takayanagi
Reparto: Christian Bale, Harry Melling, Gillian Anderson, Lucy Boynton,
Calificación: 5/10

Crítica breve de la película 'Los crímenes de la academia', dirigida por Scott Cooper y protagonizada por Christian Bale y Harry Melling.
Bantú mamá
En Bantú mamá, el segundo largometraje en solitario del cineasta dominicano Iván Herrera, observo que se toca con cierto realismo el fenómeno del transnacionalismo entendido desde la óptica de la inmigración, pero me atrevo a decir que su trato bienintencionado, con todos sus claroscuros, carece de impulso dramático o de algún componente que sea emotivo, quedando muchas veces en ese terreno seguro y demasiado higienizado de la miseria videoclipera. Su argumento se ambienta mayormente en la ciudad de Santo Domingo y sigue a Emma, una inmigrante francesa de origen africano que, tras ser detenida en uno de sus viajes como mula en República Dominicana, logra escapar de las autoridades de narcóticos de la DNCD y se refugia, por causas del destino, en la casa de dos adolescentes situada en el barrio de Capotillo, en donde aprende a convivir con ellos mientras se convierte inadvertidamente en la figura materna que necesitan. En términos generales, el asunto de la protagonista en un principio capta mi interés cuando ella, entre otras cosas, ocupa el puesto maternofilial para guiar a los jóvenes por el camino moralmente adecuado mientras transfiere los ornamentos de su cultura afrodescendiente en la isla caribeña y se adapta a las costumbres del barrio implantada por los ritmos de la música urbana, de esos wawawa que rapean a capela en la calle a plena luz del sol para alcanzar el sueño de pegar un canción que los saque del arrabal. Herrera, asistido por un trabajo fotográfico algo solvente de Sebastian Cabrera Chelin, encuadra con autenticidad la marginalidad de los espacios sórdidos del barrio Capotillo donde fuera de campo impera el crimen, el sucio, el soborno, el tráfico de drogas, el dinero rápido, la vigilancia policial, los menores rebeldes, los colmadones en teteo, los motoristas desenfrenados, las redadas migratorias, el negocio de los viajes ilegales, mostrando ocasionalmente la condición socioeconómica de la gente pobre que habita los callejones del hambre para sobrevivir a la fuerza por el mal camino. Sin embargo, el problema fundamental, supongo, es que debajo del tratamiento estilizado los personajes que presenta quedan marginados como si fueran simples marionetas al servicio de un texto, con una ausencia de desarrollo que remueve las dimensiones psicológicas más allá de las descripciones de los estereotipos más inmediatos, donde por lo regular pierden profundidad cuando se examinan las interrogantes sociales y se subordinan a un aparato de redundancia que sitúa su radio de acción en las mismas situaciones facilonas del barrio que mantienen todo en la zona de confort. Los tópicos como la desesperación, la inopia y el sufrimiento son tratados con cierta blandenguería por esa necesidad de evitar caer en los golpes bajos de los manuales de moralidad. En pocas palabras, su protagonista, interpretada por un registro tibio de Clarisse Albrecht, consigue la redención de volver a su país de una manera fácil que no supone ningún riesgo o alguna sorpresa significativa a través del vínculo que tiene con los jovencitos. Desde luego, se agradece el esfuerzo realizado en el contexto de la cultura urbana que es parte de la discusión actual, pero me temo que su propuesta sobre inmigración no ofrece nada que no haya visto antes con mejores resultados.

Ficha técnica
Título original: Bantú Mama
Año: 2021
Duración: 1 hr 17 min
País: República Dominicana
Director: Iván Herrera
Guion: Clarisse Albrecht, Ivan Herrera
Música: 
Fotografía: Sebastian Cabrera Chelin
Reparto: Clarisse Albrecht, Euris Javiel, Arturo Perez, Scarlet Reyes, Donis Taveras
Calificación: 5/10

Crítica breve de la película 'Bantú mamá', dirigida por Iván Herrera y protagonizada por Clarisse Albrecht y Euris Javiel.
El menú
Mi creciente interés por seguir esa nueva tendencia de la industria de lanzar películas sobre el sector culinario me ha llevado a ver El menú, la cinta más reciente del director británico Mark Mylod que, al parecer, ha gozado de cierto prestigio desde que se estrenó en el pasado Festival Internacional de Cine de Toronto y en algunas salas de cine de todo el mundo. Pero desafortunadamente creo que vi otra cosa. Si bien tiene un arranque que despierta sobre mí cierta atracción por saber lo que sucede, poco a poco su trama pierde el efecto de intriga y termina convirtiéndose en un plato desabrido, en el que los personajes blandos reciclan las mismas recetas al servicio de las fórmulas comúnmente manoseadas de los manuales del suspense. Su argumento comienza cuando el entusiasta gastronómico Tyler y su acompañante, Margot, se trasladan hacia un restaurante exclusivo situado en una isla remota en la localidad de Hawthorn, donde son guiados por la maître d'hôtel, Elsa, para ser testigos junto a otras personas invitadas del arte de la cocina de un reputado chef llamado Julian Slowik. En un principio, el asunto de estos personajes se estructura de una manera sencilla que levanta mis expectativas, con los registros habituales de la comedia negra que se gestan cuando el chef y sus subordinados impresionan a los clientes (entre los que se encuentran además una crítica gastronómica, un actor famoso y su asistente, un empresario y su esposa, la madre alcohólica del chef y tres socios comerciales) con una gran variedad de platos que están preparados específicamente para que degusten hasta que su sentido del gusto quede satisfecho, donde los personajes revelan a puerta cerrada la vacuidad de sus vidas privadas. Cada capítulo es presentando a menudo con los intertítulos de los ingredientes de los platos del menú. Pero luego me asalta un aburrimiento considerable cuando pasa al terreno del thriller de una sola locación, en el que la experiencia culinaria que ofrece el chef se transforma en una pesadilla en la que impera el sadismo y el homicidio en un ambiente claustrofóbico. A pesar de la premisa, las situaciones que muestra me resultan previsibles porque, ante todo, repiten las mismas acciones anodinas sin añadirle algo de sustancia a unos personajes que apenas rellenan la casilla de las descripciones, colocados en la superficie como si fueran carne asada a la parrilla; con la finalidad, supongo, de esbozar un comentario sobre el clasismo y la explotación que hay en la esfera de la alta cocina entendido como el punto de ruptura de un chef al límite que intenta vengarse de todos aquellos que no valoraron su esfuerzo y lo trataron como alimento caducado. Nunca veo que tenga ese impulso necesario para sorprender, ni siquiera con un amplio reparto de coral que incluye a estrellas como Anya Taylor-Joy, Nicholas Hoult, Ralph Fiennes, Hong Chau y John Leguizamo. De todos ellos, solo Fiennes se eleva un poco con la presencia perturbadora del chef sofisticado que cocina con los alimentos de la muerte, a pesar de que el resultado de la sátira me deja hambriento y con todas las ganas de comer algo que no esté tan condimentado.

Ficha técnica
Título original: The Menu
Año: 2022
Duración: 1 hr 47 min
País: Estados Unidos
Director: Mark Mylod
Guion: Seth Reiss, Will Tracy
Música: Colin Stetson
Fotografía: Peter Deming
Reparto: Anya Taylor-Joy, Nicholas Hoult, Ralph Fiennes, Hong Chau, John Leguizamo
Calificación: 5/10

Crítica breve de la película 'El menú', dirigida por Mark Mylod y protagonizada por Anya Taylor-Joy y Nicholas Hoult.
Un toque de Zen
En mi cineteca personal finalmente he podido ver una copia de la edición restaurada de Un toque de Zen, la épica de artes marciales de King Hu considerada por muchos como una de las joyas del género desde la proyección de la versión completa de tres horas en el Festival de Cine de Cannes en 1975. No creo que se trate de una cosa fuera de serie o de algo que me traslade hasta las nubes más iluminadas del paroxismo emocional, pero me parece una cinta wuxia bastante placentera, que alcanza su toque fuerte en las poéticas coreografías de pelea y en su tratado sobre la lealtad, la redención y la ruptura de los roles femeninos establecidos por el tradicionalismo patriarcal de la sociedad china. El argumento se sitúa en un pueblo remoto durante la dinastía Ming en el siglo XIV y trata sobre Yu, un pintor bienintencionado pero algo torpe que vive con su madre en una casa descuidada y dedica su tiempo a retratar a los transeúntes que visitan su tienda, cuyo destino da un giro drástico cuando conoce a la vecina llamada Yang, una mujer reservada y algo sinuosa de la que se enamora y termina ayudando para que no sea capturada como fugitiva por un oficial persistente que ha llegado desde lejos para cumplir la tarea de apresarla y ejecutarla por órdenes de los eunucos corruptos que en el pasado asesinaron a su reputado padre porque este quería advertirle al emperador sobre los planes de corrupción. En términos generales, su narrativa se estructura con cierta simplicidad al mostrar a los personajes como personas de pocas palabras que ocultan un pasado oscuro y que tienen habilidades prodigiosas para las artes marciales, donde los intervalos de discusiones a puerta cerrada habitualmente son la antesala para las secuencias de combate al mejor estilo del wuxia, en la que los héroes luchan con espadas flexibles y realizan saltos imposibles mientras acaban con un ejército de soldados a base de puñetazos y patadas; destacándose por encima de todo la secuencia en el bosque de bambú brumoso y el enfrentamiento nocturno con los guardias del eunuco perverso en el templo fantasmagórico. El aspecto fundamental, supongo, radica en el hecho de que el protagonista, Yu, no es un artista marcial y asume un rol más bien secundario. El papel protagónico le pertenece, ante todo, a Yang, colocado por Hu para esbozar, a través de la tragedia personal de ella, lecturas feministas bastante soterradas que interrogan el rol de la feminidad en la cultura china entendido como la emancipación de una mujer que, como acto redentor, se niega a aceptar el valor tradicional impuesto por ese dominio patriarcal que reduce la maternidad a la obligación de preservar los linajes familiares con fines políticos. De esa manera, Hsu Feng se convierte en el alma de la película y, a decir verdad, ejerce su protagonismo con autoridad, interpretando a Yang como una mujer dura, independiente y fría que, detrás de la mirada serena y la pericia física para las artes marciales, esconde la intención de buscar el camino budista de la felicidad. Hu la encuadra en una puesta en escena que, con un montaje trepidante, dinamiza el sentido de la acción en las secuencias de combate, a través un uso acertado de la elipsis, los saltos de eje, el plano subjetivo y el encuadre móvil de una cámara que fluye como el caudal de un río capturando los movimientos coreografiados en los espacios amplios y atmosféricos, con una música que evoca los sonidos clásicos del folclore chino. Desde luego, su epopeya a veces llega a perder el ritmo y ofrece unas cuantas situaciones facilonas que levantan sobre mi rostro una que otra ceja, pero no deja de ser una sólida película de artes marciales.

Ficha técnica
Título original: A Touch of Zen (Xia nü)
Año: 1971
Duración: 2 hr 59 min
País: Taiwán
Director: King Hu
Guion: King Hu
Música: Wu Ta-Chiang
Fotografía: Hui-Ying Hua, Yeh-Hsing Chou
Reparto: Hsu Feng, Chun Shih, Pai Ying, Roy Chiao, Tien Peng, Billy Chan,
Calificación: 7/10

Crítica breve de la película 'Un toque de Zen', dirigida por King Hu y protagonizada por Hsu Feng y Chun Shih.
El gato y el canario
El gato y el canario, considerada por muchos como una de las piedras angulares del cine de terror de la Universal y una de las primeras del cine mudo en establecer a plenitud los parámetros del subgénero de casas embrujadas, es una película de terror la que no consigo extraer ningún espanto significativo en su mansión gótica habitada por personajes estereotipados, a pesar de la estética expresionista que capta con cierta regularidad las pericias técnicas de Leni para sacar la cámara de la zona de confort más estática. Se trata de la primera producción en la que Leni dirige a las órdenes de Carl Laemmle, quien recurrió a los servicios de este tras quedar impresionado por su trabajo en el cine expresionista alemán de principios de la década de los años 20, además de que en aquel entonces la Universal intentaba capitalizar la oferta del género de terror frente a otros estudios. Su argumento, adaptado de la obra de teatro homónima escrita por John Willard en 1922, se desarrolla en una mansión lóbrega ubicada en la cima de una colina frente al río Hudson, donde los miembros de la familia (Annabelle West, Paul Jones, Charles Wilder, la tía Susan, el abogado Crosby, entre otros.) de un difunto señor llamado Cyrus West se reúnen a puerta cerrada para leer el testamento que lleva guardado 20 años en una caja fuerte, del cual solo la joven Annabelle resulta la heredera de la fortuna y provoca la envidia de los demás. Como es de esperar, la narración sigue al pie de la letra el manual del subgénero Old Dark House, escrito aquí como una biblia fundacional, en donde los personajes discuten trivialidades en la residencia lúgubre mientras son asechados por la presencia siniestra de la mano de un hombre que se oculta tras las sombras y la atmósfera opresiva evoca un misterio con los mecanismos habituales del whodunit. Hay asesinatos, desapariciones, desconfianza, sospechas, conflictos de intereses. Pero anticipo con mucha facilidad las acciones más inmediatas de los personajes porque, entre otras cosas, hay una ausencia de sustancia que solo los mantiene caminando en la casa como figuras acartonadas que están subordinadas a la exposición y que solo responden a los estereotipos manidos (la chica que es víctima, la mucama sospechosa, la tía chismosa, el héroe torpe, el asesino suelto, etc.). Por alguna extraña razón, lo único que logra cautivarme es la manera en que Leni ejecuta su ejercicio de estilo en una puesta en escena que construye el claustrofóbico enigma a través del diseño de los decorados, la iluminación expresionista que revela intenciones, el primer plano, el plano subjetivo, el uso consistente de la sobreimpresión y el encuadre móvil que traslada la acción discretamente a través de algunos travellings laterales que fluyen como un fantasma sobre el espacio. Sus personajes son esbozados como gatos alrededor de un canario enjaulado, con un aparato de terror psicológico que solo funciona en la primera mitad. Todo lo demás se queda suspendido en una espiral de situaciones blandas en las que, por lo general, el humor y el horror se combinan con cierta efectismo cosmético. La cuelgo un peldaño por debajo de El hombre que ríe.

Ficha técnica
Título original: The Cat and the Canary
Año: 1927
Duración: 1 hr 23 min
País: Estados Unidos
Director: Paul Leni
Guion: Robert F. Hill, Alfred A. Cohn
Música: N/A (muda)
Fotografía: Gilbert Warrenton (B&W)
Reparto: Laura La Plante, Creighton Hale, Forrest Stanley, Tully Marshall,
Calificación: 6/10

Crítica breve de la película 'El legado tenebroso', dirigida por Paul Leni y protagonizada por Laura La Plante y Creighton Hale.
Pueblerina
En Pueblerina, Emilio Fernández sigue al pie de la letra los tropos que eran habituales en su cine costumbrista de la década de los años 40, donde muestra ante todo la condición del campesinado mexicano a través de tragedias melodramáticas. Pero carece, a mi juicio, de la envergadura de películas notables como Flor Silvestre, María Candelaria, Enamorada y La malquerida. Su melodrama ofrece instantes minúsculos que acentúan metáforas sobre la culpa, la redención y el orgullo roto, pero pierde pujanza dramática cuando Columba Domínguez y Roberto Cañedo atraviesan los mismos terrenos planos una y otra vez que son fotografiados por el objetivo luminoso de Gabriel Figueroa, donde todo el argumento permanece en las situaciones previsibles. La trama gira en torno a Aurelio, un hombre de pocas palabras y de mirada serena que regresa a su pueblo tras haber cumplido condena en prisión por vengar la violación de su amada Paloma en manos del poderoso rival hacendado Julio González (es posible que Julio haya utilizado su poder e influencia para incriminarlo), donde pretende olvidar el pasado y, entre otras cosas, se entera de que Paloma vive exiliada en una casita de la montaña con su hijo (fruto del episodio trágico). La estela de desdicha del personaje me parece, en un principio, un poco interesante en las escenas en que se enfrenta a los villanos insistentes que representan los prejuicios y las injusticias sociales que marginan al campesino inocente. El texto examina, al menos de forma superficial, la manera en que el hombre deja de lado el orgullo típico del machismo mexicano por una cuota de amor al servicio del sacrificio más inmediato, así como los traumas psicológicos de una mujer marcada por las cicatrices de una violación. En ese sentido, los personajes están interpretados con cierta solvencia. Cañedo tiene una buena actuación como ese hombre determinado que se redime para seguir adelante cosechando la semilla de la felicidad junto a su esposa. Domínguez, por otra parte, capta fielmente con su rostro virginal la inocencia de una mujer afectada por el miedo, la vergüenza y la degradación moral, aunque muchas veces luce más sumisa de la cuenta, como si se tratara de una mera figura ornamental. En cambio, el villano encarnado por Manuel Dondé parece caricatura repetida. El Indio los encuadra en una puesta en escena que aprovecha la lente de Figueroa para ilustrar sus inquietudes a través del primer plano, la elipsis (poética la secuencia de la siembra) y de las panorámicas que amplían la cotidianidad de la vida campesina con paisajes de cierta poesía visual, además de emplear adecuadamente la música de Antonio Díaz Conde para dimensionar los sentimientos y los problemas intrínsecos que no se ven a simple vista. El problema es que, lejos de sus pericias estéticas, no le añade algún registro sustancioso a la historia de amor indígena, quedando muchas veces en el territorio seguro y facilón que interroga las acciones de los personajes desde la superficie, sin alcanzar nunca algún grado de profundidad o un ápice de ironía. La cuelgo a lo justo en su catálogo de obras regulares, como La perla.

Ficha técnica
Título original: Pueblerina
Año: 1949
Duración: 1 hr 45 min
País: México
Director: Emilio Fernández
Guion: Emilio Fernández
Música: Antonio Díaz Conde
Fotografía: Gabriel Figueroa
Reparto: Columba Domínguez, Roberto Cañedo, Arturo Soto Rangel, Manuel Dondé,
Calificación: 6/10

Crítica breve de la película 'Pueblerina', dirigida por Emilio Fernández y protagonizada por Columba Domínguez y Roberto Cañedo.
Destino Tokio
Destino Tokio es una película de Delmer Daves que por alguna razón no me causa ni frío ni calor y, dicho sea de paso, durante el visionado me asalta la sensación de que es demasiado convencional en comparación con otras cintas propagandísticas del período de la Segunda Guerra Mundial. Como vehículo de propaganda tiene, desde luego, minúsculos instantes de tensión cuando Cary Grant da las órdenes a bordo del submarino, pero, lentamente, se hunde en el mar de las fórmulas hasta extender innecesariamente una misión que resulta, ante todo, previsible. En la trama, situada en plena víspera navideña durante la conflagración, Grant interpreta a un capitán de la marina llamado Cassidy, el cual tiene la difícil tarea de comandar el submarino USS Copperfin hasta las aguas territoriales de Japón para comenzar una operación secreta de bombardeo en algunas de las instalaciones militares del enemigo. En términos generales, la narración sigue en piloto automático el manual del cine propagandístico, donde los héroes se adentran en el territorio de los enemigos de manera facilona y sin muchas complicaciones. No es muy complicado para mí predecir la trayectoria del submarino por las aguas peligrosas y el sentido de camaradería que desarrolla la tripulación a modo de alivio cómico mientras se preparan para la inevitable batalla naval, como era habitual en las producciones de la época de similar envergadura. El tono es demasiado higienizado por el lado patriotero y la ausencia de pujanza motoriza el ritmo, además de que el aparato de acción de los personajes (donde todo transcurre casi en su totalidad dentro del submarino) se reduce, mayormente, a diálogos triviales a puerta cerrada que solo se disminuyen en el clímax para iniciar la anticipada contienda subacuática entre torpedos, explosiones y efectos especiales. Sin embargo, me parece solvente la manera en que Daves, en su debut como director, ilustra la presión a la que se someten los soldados, en una puesta en escena que capta con precisión la atmósfera claustrofóbica en los interiores del submarino a través del encuadre móvil, los primeros planos, la banda sonora de Franz Waxman y unos decorados que tienen cierto nivel de detalle; destacándose, sobre todo, la secuencia de la bomba que posee un suspenso hitchcockniano que me mantiene pegado del asiento. El problema fundamental, lejos de sus pericias formales como artesano, es que no se preocupa por añadirle algo de sustancia a esos personajes que por exposición solo responden a los estereotipos comúnmente manoseados por el cine bélico de Hollywood (el comandante heroico, el recluta timorato, el mujeriego veterano, el cocinero jocoso, etc.) con la única finalidad de esbozar en la superficie un comentario patriótico sobre el llamado del deber y el vínculo de los soldados como acto de victoria. La mayoría de ellos son olvidables, pero solo destaco, por encima de todo, la presencia de Grant como el capitán audaz que ejerce la autoridad con la mirada, un par de líneas y unos binoculares. Cuando él está al mando, los demás se callan y escuchan.

Ficha técnica
Título original: Destination Tokyo
Año: 1943
Duración: 2 hr 14 min
País: Estados Unidos
Director: Delmer Daves
Guion: Delmer Daves, Albert Maltz
Música: Franz Waxman
Fotografía: Bert Glennon
Reparto: Cary Grant, John Garfield, Alan Hale, John Ridgely, Dane Clark,
Calificación: 6/10

Crítica breve de la película 'Destino Tokio', dirigida por Delmer Daves y protagonizada por Cary Grant y John Garfield.


Como de costumbre, doy inicio al cierre de fin de año mencionando lo que para mí son las peores películas que he podido ver en estos 365 días. Al parecer el 2022 sigue al pie de la letra la oferta de Hollywood saturada blockbusters de segunda mano que, ante todo, me ponen a cuestionar seriamente a los cerebros creativos detrás de estos bodrios. 


A continuación, comparto mi listado.






Una cinta que refleja la ausencia de creatividad de los hermanos Russo, porque, a decir verdad, se toma dos largas horas para repetir su gira mundial de tiroteos, peleas y persecuciones al servicio de la pirotecnia mareante de agentes de la CIA que parecen copias recicladas de Jason Bourne.

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9. Lightyear




La película, que marca el debut como director de Angus MacLane (antes había co-dirigido junto a Stanton la inane Buscando a Dory), me parece aburrida hasta el infinito y más allá cuando narra los orígenes de Buzz Lightyear de forma apresurada y en piloto automático, sin dejar ningún rastro alguno de la chispa de aquel juguete legendario de Toy Story.

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Pantera Negra: Wakanda por siempre


No creo que le llegue ni a los talones a Pantera Negra. Es una secuela que me aburre a perpetuidad con la abundancia de personajes femeninos unidimensionales y, ante todo, por la acción blanda que expone el lado antropológico de Marvel sin ningún sentido de maravilla

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Por momentos, tengo la sensación de que su ejercicio aparatoso de superhéroes ancestrales repite la misma acción rutinaria sin ningún sentido de maravilla o de algo que escape de los mismos clichés manoseados de siempre, con unos efectos mareantes poblados de peleas anodinas en CGI y de una lluvia de rayos que constantemente ilumina la figura desabrida de Dwayne Johnson.

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Su comedia romántica de aventura es un tremendo disparate y solo me produce una sensación de abulia cuando veo a los personajes acartonados de Sandra Bullock y Channing Tatum perdidos en la jungla de los clichés.

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5. Tren bala





Como comedia de acción toma prestado un puñado de clichés de Ritchie y los mezcla de manera convencional en una trama violenta que avanza a tropezones sin ningún tipo de sorpresa por los rieles del caos y el aburrimiento, donde ni siquiera la figura de Brad Pitt como el tipo cool puede evitar que se descarrile en la estación más predecible.

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Se trata, a mi parecer, de un slasher que ofrece algunas coordenadas autorreferenciales como secuela conclusiva, pero cuyo clima de terror carece de sustos que sean efectivos o de algún elemento sorpresa que evite que se repita inútilmente con cada muerte sangrienta.

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Es una cinta bastante aburrida que, detrás de la cortina de las conspiraciones políticas, mezcla géneros inútilmente y parece el producto de un ensamblaje inconexo al servicio de personajes cutres que solo se la pasan hablando disparates.

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Se trata de una secuela bastante aburrida que se pierde inútilmente entre persecuciones y dinosaurios generados por ordenador para cerrar una de las peores trilogías que he visto en los últimos años.

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No solo creo que se trata de la peor de la película de Taika Waititi, sino, además, de una que ocupa un lugar privilegiado en la cima del olimpo de las más aburridas del UCM

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Hierve
El chef, conocida en algunos rincones como Hierve, es una película que me recuerda las cosas interesantes que suelen escaparse del cine británico para llegar por estos lados. No se trata de algo que no haya visto antes con mejores resultados o premisas similares (como Chef, de Jon Favreau), pero su receta contiene los ingredientes necesarios para ofrecer un drama culinario tenso y afilado, en una cocina que en una sola toma alcanza el punto de ebullición con una estupenda actuación de Stephen Graham. Su propuesta expande la idea del cortometraje de 2019 del mismo título que también protagoniza Graham a las órdenes de Barantini. En la trama, Graham interpreta a un hombre llamado Andy Jones, que ejerce las funciones de jefe de cocina en los interiores de un restaurante de lujo ubicado en Londres, en donde tiene que lidiar con las presiones de adiestramiento de los cocineros y una crisis personal que lentamente lo conduce a un colapso seguro en la noche más concurrida del año. En términos generales, la narrativa se estructura como una olla de presión, en la que por lo regular hay pequeños momentos de tranquilidad que impulsan problemas mayores, con unos golpes de efecto que funcionan adecuadamente a través de los diálogos que sostiene el chef a puerta cerrada con los subordinados y los clientes que buscan hacerle la vida imposible. Cada personaje está esbozado con sutileza y tiene una escena idónea para mostrar sus inquietudes. Hay discusiones acaloradas, rencores reprimidos, defectos gerenciales, chismes, amistades rotas y clientes despreciables (incluyendo un racista, un grupo de influencers, una crítica culinaria prejuiciosa y el famoso chef Alastair Skye, un chantajista que finge ser amigo para cobrar una vieja deuda) en un entorno laboral que huele a comida caducada. Pero el asunto consigue cautivarme, primero, por la manera en que Barantini capta el barullo de los personajes a través de un uso consistente del encuadre móvil y de una cámara en mano que fluye como caldo de sopa para ilustrar el estado de ánimo de la gente de ese restaurante claustrofóbico, en un único plano secuencia que se prolonga durante una hora y media sin ningún tipo de corte engañoso. Y, segundo, por la interpretación de Graham que muestra, a través de un registro dramático que corta como cuchillo, el derrumbe psicológico de un chef que se ha refugiado en el infierno del alcohol y de las drogas para olvidar los problemas familiares que le impiden administrar adecuadamente el restaurante que está a punto de ser cerrado por los inspectores de sanidad, en escenas que ilustran su versatilidad para equilibrar con su rostro emociones como la ira, la culpa, la admiración y la seguridad. Todos los secundarios que le asisten también lucen creíbles expresando las decepciones internas, especialmente Vinette Robinson como la chef que sacrifica su tiempo para cubrir al principal cuando está ausente (impactante su escena de desahogo). Quizá tiene un clímax que resulta un poco predecible por la forma en que se condimenta el aditivo moralizante, pero, desde luego, siempre conserva el tono adecuado para ser entretenida.

Ficha técnica
Título original: Boiling Point
Año: 2021
Duración: 1 hr 34 min
País: Reino Unido
Director: Philip Barantini
Guion: Philip Barantini, James Cummings
Música: Aaron May, David Ridley
Fotografía: Matthew Lewis
Reparto: Stephen Graham, Jason Flemyng, Ray Panthaki, Hannah Walters, Izuka Hoyle,
Calificación: 7/10

Crítica breve de la película 'Hierve', dirigida por Philip Barantini y protagonizada por Stephen Graham y Jason Flemyng.
Nunca volverá a nevar
En Nunca volverá a nevar, una de las propuestas más recientes de la cineasta polaca Malgorzata Szumowska (en conjunto con Michal Englert), se examina con una capa delgada de realismo mágico y alegorías visuales la condición sociopolítica del inmigrante ucraniano, pero creo que ni el sólido esfuerzo de Alec Utgoff evita que caiga lentamente como un copo de nieve en pleno invierno. Me parece una de esas películas que, a pesar del trato bienintencionado, se queda encapsulada en la inercia de las pretensiones estéticas, donde el protagonista no es más que un simple instrumento diegético para estructurar lecturas soterradas que, a fin de cuentas, no revelan nada que no haya visto antes con mejores resultados (los apuntes robados de Teorema, de Pasolini, no pueden ser más evidentes). El argumento, firmado con guion de Szumowska, relata las experiencias insólitas de Zhenia, un masajista ucraniano algo solitario, corpulento, reservado, que atraviesa la oscuridad de las fronteras de la inmigración para estacionarse en un vecindario aburguesado en Polonia, en el que emplea los poderes extrasensoriales de sus manos para ofrecer sus servicios a una clientela de un vecindario exclusivo que incluye, en su mayoría, a hombres inseguros y a mujeres desilusionadas por la insatisfacción sexual, la crisis matrimonial, la ansiedad, los celos, la soledad y el enorme hastío causado por una cotidianidad mecánica que remueve cualquier rastro de empatía humana; convirtiéndose en una celebridad de la noche a la mañana por la manera en que sus masajes curan las heridas psicológicas de todos los vecinos a través de una terapia de hipnosis. El cuadro del personaje no solo le sirve a Szumowska para ampliar un abanico de ideas sobre la alienación, la identidad sexual y los rincones solitarios de gente que intenta escapar del pasado, sino, además, la imposibilidad del inmigrante de encajar en una sociedad condicionada al prejuicio y el oportunismo que solo explota sus cualidades. Esto es particularmente cierto cuando Zhenia se gana la vida atendiendo a clientes adinerados a los que solo le importa su beneficio personal y camina como alienígena en un territorio desconocido en el que no termina de adaptarse (consigue su permiso de trabajo hipnotizando a un funcionario, por lo que de todas forma es un inmigrante ilegal que se refugia en las residencias de la clase privilegiada para huir de la vigilancia permanente). El problema fundamental, me temo, es que la narrativa somete al personaje a un aparato de redundancia que funciona reciclando las mismas acciones y, ante todo, subordina las situaciones facilonas a una superficie de metáforas que buscan desesperadamente interrogar el carácter social y político de la historia sin alcanzar ninguna resolución significativa. A pesar todo, encuentro algo interesante la actuación de Utgoff cuando ejerce su pericia expresiva para comunicar la ingenuidad, la honestidad y la cercanía de ese masajista enigmático con las manos místicas que está condenado a transitar como inmigrante en un país que ignora su pasado trágico como ucraniano que perdió a su madre en el accidente nuclear de Chernóbil. Su presencia me resulta hipnotizante, aunque se vea constantemente afectada por esa necesidad estética de Szumowska de utilizar el encuadre y la música extradiegética para hablar en clave alegórica.

Ficha técnica
Título original: Never Gonna Snow Again (Sniegu juz nigdy nie bedzie)
Año: 2020
Duración: 1 hr 56 min
País: Polonia
Director: Malgorzata Szumowska, Michal Englert
Guion: Michal Englert, Malgorzata Szumowska
Música: 
Fotografía: Michal Englert
Reparto: Alec Utgoff, Agata Kulesza, Maja Ostaszewska, Weronika Rosati,
Calificación: 6/10

Crítica breve de la película 'Nunca volverá a nevar', dirigida por Malgorzata Szumowska y Michal Englert y protagonizada por Alec Utgoff y Agata Kulesza.