"Sicario: Day of the Soldado": Infierno en la frontera [crítica]

Hace tres años atrás, en los rincones de más oscuros de las salas de cine, se estrenaba Sicario, un producto de Hollywood en el que el director Denis Villeneuve ponía en riesgo a Emily Blunt para mostrar la otra cara de los cárteles y de unos agentes estadounidenses que se vuelven adictos a matar narcotraficantes, narrativa que en los últimos años se ha puesto muy de moda tanto en el cine como en la televisión. El resultado era el de una película insulsa con un hermoso tratamiento visual que, sin embargo, me había cautivado un poco por las subtramas de los personajes secundarios. Para una secuela anhelaba que sacaran de la ecuación a la protagonista de Blunt y se centraran en los personajes de Brolin y Del Toro, porque eran más interesantes. Y tal parece que los productores me han escuchado.

La secuela, titulada Sicario: Day of the Soldado, posee buen ritmo, es violenta, coquetea con la tensión para que las secuencias de acción se ejecuten con sorpresas ligeras que nunca se olvidan de la cohesión ni del más sólido entretenimiento. La dirige el italiano Stefano Sollima, director que parece haber heredado del cine de su padre el denso aparato violencia que, a veces, se asemeja a un western, presentando un lugar baldío e inhóspito donde la moralidad se ha ido de vacaciones, la tierra de nadie donde no hay buenos ni malos y todos se ensucian las manos con sangre. Y en la trama, la presencia de Josh Brolin y Benicio Del Toro añaden otra dimensión a la fórmula de los cárteles, porque, en efecto, ahora el detonante del problema es una especie de guerra fantasma desatada por los personajes que interpretan.

La acción se traslada al Medio Oriente una vez que el agente federal Matt Graver (Josh Brolin) se le asigna la tarea de cazar a unos terroristas que entraron por la frontera entre Estados Unidos y México y que causaron la muerte de varios civiles con un atentado terrorista. Graver, quien es una persona fría y elocuente, descubre que los narcotraficantes se han adentrado en el negocio de tráfico de personas, introduciendo en el suelo norteamericano a los terroristas islámicos.

La situación lleva al gobierno estadounidense a desatar una nueva cacería con los cárteles, pidiéndole a Graver que se encargue de crear una guerra entre los cárteles sin que el gobierno mexicano se dé cuenta de la operación. Para la misión, Graver busca nuevamente a su compañero, el volátil y taciturno Alejandro Gillick (Benicio Del Toro), el cual descubre conflictos internos que en el trayecto lo ponen a replantear su motivación.

Las motivaciones de los personajes tienen coherencia y, a través de los diálogos, conocemos algunas revelaciones del pasado. Graver, quien es veterano de la guerra de Iraq, ha hecho tantos trabajos sucios para el gobierno estadounidense que, para él los tiroteos y la adrenalina producida por la guerra se ha convertido en una adicción; matar narcotraficantes es su pasatiempo. Gillick era abogado, cuya familia fue asesinada por narcotraficantes y eso impulsaba sus ansias de venganza, pero, ahora, aunque ha apaciguado sus razones para vengarse, lo invade una reflexión moral cuando ve el reflejo de su propia hija en Isabel Reyes (Isabela Moner), la hija del líder del cartel que buscan destruir y que luego decide proteger, algo que funciona para avanzar la trama y para otorgar más desarrollo a su relato. Ellos quieren iniciar una nueva guerra contra los cárteles, pero los golpes de efecto y los giros del guion de Sheridan comunican que las cosas no siempre salen como son planeadas.

La misión sale mal para que los personajes, en situaciones paralelas, se enfrenten a las consecuencias de las maniobras políticas y a la ambigüedad moral de sus acciones. Una de ellas es la subtrama de la adolescente secuestrada, un subterfugio para reforzar la lectura moral de Alejandro y de Matt, quienes deben elegir entre el deber y lo que es correcto. Y también el relato de Miguel (Elijah Rodríguez), joven que por su situación socioeconómica anhela ser sicario para ganar dinero fácil.

Esta película de Sollima siempre mantiene el pulso de lo que narra y pocas veces disminuye cuando prorratea las escenas entre balaceras, capturas y percusiones. Los personajes que presenta ilustran las lecturas políticas de las decisiones burocráticas del gobierno de los Estados Unidos para justificar la interminable guerra contra el terrorismo, los corolarios de la inmigración ilegal y las agitadas tensiones en la frontera con México, tildando la carencia de ética frente a las brutales situaciones que desencadenan. Es una película que conjunta muy bien la acción y el thriller, es tensa, implacable, y me deja con todas las ganas de ver una nueva entrega.

Ficha técnica
Año: 2018
Duración: 2 hr 02 min
País: Estados Unidos
Director: Stefano Sollima
Guion: Taylor Sheridan
Música: Hildur Guðnadóttir
Fotografía: Dariusz Wolski
Reparto: Benicio del Toro, Josh Brolin, Matthew Modine, Catherine Keener
Calificación: 7/10




Sinopsis: La guerra contra los cárteles de la droga se ha intensificado en la frontera entre EE.UU. y México a medida que éstos se han metido en el negocio de tráfico de personas, introduciendo en suelo americano a terroristas islámicos. Para hacer frente a esta nueva guerra sucia, el agente federal Matt Graver (Josh Brolin) planea una idea para que los carteles se enfrenten entre ellos. Para ello volverá a reclutar para la peligrosa misión al volátil mercenario Alejandro Gillick (Benicio del Toro).