Crítica de 'The Ballad of Buster Scruggs': antología del viejo oeste



El cine de los hermanos Coen, directores que me han conquistado con obras tan esperpénticas como hilarantes, tiene una predilección orfebre por hacer revisiones de los géneros cinematográficos; respetando las reglas con las que funcionan e imprimiendo al mismo tiempo una originalidad que es única en el cine estadounidense contemporáneo. Suele presentar las situaciones más estrambóticas con una imaginería pintoresca, paseándose sutilmente por los géneros del crimen, la comedia negra, el neo-noir más lóbrego y el western más clasicista. He quedado impresionado con películas suyas como Blood Simple, la excelente Miller’s Crossing, Barton Fink, Fargo, The Big Lebowski, O’ Brother Where Are Thou?, The Man Who Wasn’t There, Burn After Reading, la formidable No Country For Old Men y la inolvidable True Grit. Pero también me aburro mucho con sus metidas de pata como las irregulares A Serious Man, Inside Llewyn Davis y Hail Caesar! Todas esas películas tienen algo en común: formulan un revisionismo de los géneros del cine desde el universo tan peculiar que esos directores han creado. Y su película más reciente, The Ballad of Buster Scruggs, no se escapa de ese mecanismo genérico.

Esta última película firmada y dirigida por los Coen, The Ballad of Buster Scruggs, se trata de un western antológico estrenado en la plataforma de Netflix que un principio estaba concebido como una serie, aunque al final se decidieron por la película. Ha sido elaborado con algo de comedia negra y ligeros rastros de musical. Se compone de seis episodios ambientados en diferentes lugares del viejo oeste norteamericano, con los vaqueros que usualmente habitan esos paisajes. Y lo que observo me suscita cierta belleza en algunos tramos de los relatos. Pero los componentes narrativos que estructuran cada capítulo me producen una indiferencia de proporciones incalculables. No me causa gracia ni diversión. Es soporífero, propenso a la insulsez, imperdonablemente irregular. Presiento la artificialidad más manida cuando recurre a la retórica audiovisual que es característica de la estética de los directores para homenajear los estereotipos de un lejano oeste que, aparentemente, está muriendo; aunque reconozco al instante el diseño de producción que añade autenticidad a los asuntos de los llaneros solitarios. 

Cada uno de los relatos de la película rinde tributo a las variantes genéricas del western cambiando de personajes, de locación y de trama. Se desarrollan entre los años 1850 y 1880 en la frontera norteamericana. En el primer capítulo, The Ballad of Buster Scruggs, seguimos a Buster Scruggs (Tim Blake Nelson), un vaquero muy alegre vestido de blanco que canta y que aparenta ser gentil cuando rompe la cuarta pared montado en su caballo, pero que realmente es un forajido apático que mata sin piedad a cualquier pistolero que se cruce por su camino. En el segundo, Near Algodones, un cowboy (James Franco) que roba bancos es capturado y condenado a la horca. El tercero, Meal Ticket, presenta a un Impresiario (Liam Neeson) y un artista joven (Harry Melling) sin pierna ni brazos que viajan por todos los pueblos en una carreta que funciona como el escenario de su espectáculo teatral. En el siguiente, All Gold Canyon, un anciano conocido como El gambusino (Tom Waits) atraviesa un valle montañoso en busca de oro, pero es víctima de la avaricia. En The Gal Who Got Rattled, una mujer llamada Alice Longabaugh (Zoe Kazan) cruza las praderas de Oregón en una caravana junto a su hermano y otros ganaderos, sin embargo, conocen la tragedia cuando son asaltados por unos indios. El último cuento, The Mortal Remains, involucra a cinco personas que se trasladan en una diligencia durante el atardecer y sostienen una conversación muy siniestra. 

Esta recopilación de fábulas del viejo oeste se despliega con un tratamiento estético que, admito, es muy correcto. La música y los ruidos desempeñan un rol fundamental que anuncia la desdicha. Las atmósferas habitadas por los personajes son hermosísimas y fabrican un homenaje a varios subgéneros del western como al western musical, el spaguetti western, huellas del western épico y el típico western crepuscular. La tonalidad de los colores cambia de cálidos a fríos para simbolizar las acciones y las circunstancias que rodea a los protagonistas, al igual que el color impreso en su vestuario. Y el conjunto que constituyen las crónicas está siendo imaginado desde el punto de vista de un narrador extradiegético (del que solo vemos sus manos) que otea las hojas de un libro titulado The Ballad of Buster Scruggs and Other Tales of the American Frontier. Cada ficción que lee ese narrador desconocido al pasar las páginas, responde a una determinada iconografía del género, y es lo que atestiguo durante todo el metraje con unos raccords muy artificiosos. 

El problema fundamental, no obstante, es que las aventuras que observo se vuelven previsibles y redundantes. Los vericuetos de los capítulos carecen de pujanza y anticipo fácilmente las resoluciones. Los personajes son manipulados con una exposición que oscurece su desarrollo. Los vaqueros que veo allí me dejan aliquebrado. Los diálogos pretenden ser ingeniosos debajo de su capa de ironía superflua. Los golpes de efecto y los giros lucen aniñados. El humor absurdo y supuestamente sardónico me deja tan vacío como un río en tiempos de sequía. Quedo indiferente cuando la película me pasea por los lugares comunes del género: el bandido misántropo que parece una caricatura, el malhechor que asalta bancos porque se siente cansado de vivir, el sosegado empresario de la compañía de teatro que le ordena a su súbdito cante sobre las heridas del pasado de su país, el anciano que lleva toda una vida buscando oro, la mujer sensible y vulnerable que anda en una caravana acechada por los indios, la diligencia que simboliza que el género del western se dirige a un lugar muy cercano a la muerte. El nexo edificador que sujeta todos los relatos siempre es el mismo, la muerte producida en una sociedad amoral, nihilista y hostil.

Con esos elementos, los Coen entretejen una radiografía de la sociedad norteamericana en la que la muerte está a la vuelta de la esquina y llega sin avisar para los que sueñan con la utopía. Y eso no me provoca otra cosa que una aberrante decepción. Estoy cansado de verlo. Puede que su esteticismo lleve el sello de la violencia poética, de los diálogos más lenguaraces que uno se pueda imaginar y de unos personajes inteligibles que, muchas veces, se quedan con uno una vez que ruedan los créditos. Pero en este western nada de eso está presente. Es una película menor en la filmografía de los señores Coen, una que parece estar repleta de páginas en blanco.


Ficha técnica
Año: 2018
Duración: 2 hr 14 min
País: Estados Unidos
Director: Joel y Ethan Coen
Guion: Joel y Ethan Coen
Música: Carter Burwell
Fotografía: Bruno Delbonnel
Reparto: Tim Blake Nelson, Tom Waits, James Franco, Liam Neeson, Zoe Kazan
Calificación: 5/10






Sinopsis: Antología de seis capítulos, cada uno enfocado desde una perspectiva distinta con respecto a la frontera norteamericana y a los peculiares personajes que habitan en sus alrededores. Cada parte cuenta una historia distinta basada en las convenciones del Lejano Oeste de los Estados Unidos.

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