"Loro": Berlusconi al desnudo [crítica]



Pocas figuras políticas en Italia han estado en el ojo del huracán mediático en el presente siglo como Silvio Berlusconi. Como funcionario público, ha sido uno de los hombres más poderosos de la política italiana durante más de veinte años, ocupando el cargo de jefe de gobierno de su país durante varios períodos. También es reconocido por tener una trayectoria empresarial de renombre y por ser un emperador de los medios de comunicación que ha conseguido adentrarse en el anillo selecto de los hombres más ricos del mundo, llegando incluso a ser la persona más adinerada de su país. Es el típico burócrata que seduce a sus partidarios con verborrea y carisma y que alquila las influencias a cambio de esa sustancia verde que contenta a los bolsillos. Pero su carrera también ha estado manchada de negocios turbios como el perjurio, el fraude fiscal, desfalco, la prostitución de menores y el abuso de autoridad. O sea, la degeneración en su estado más puro. Ese período de su vida parece ser el centro de atención de la nueva película de Paolo Sorrentino titulada “Loro”. 

Esta película de Sorrentino me produce un enorme regocijo cuando veo el ejercicio estético que se despliega sobre una porción de la biografía de Silvio Berlusconi. Posee una abundancia de estilo que es contagiosa cuando estallan las orgías festivas, la elegancia, el hedonismo más salvaje, el erotismo interminable, las mujeres exóticas, los personajes histriónicos que viven del lujo. Me recuerda su obra cumbre, La grande bellezza, y también Il divo, ambas protagonizadas por su actor predilecto, Toni Servillo. En esta ocasión, se beneficia de una portentosa actuación de Servillo cuando este encarna la silueta de Berlusconi con un magnetismo que resulta cautivador y con la cual Sorrentino concibe un retrato al desnudo sobre la falacia, la corrupción y el tráfico de influencias en las altas esferas del poder burocrático en la sociedad italiana contemporánea.

Aunque tarda un tiempo en ilustrar a Berlusconi, supongo que para generar una sorpresa (cosa que consigue), me entretiene bastante en lo que aparentemente son dos relatos que se conjuntan. El primero es el de Sergio Morra (Riccardo Scamarcio), un hombre de negocios que gestiona el reclutamiento de jóvenes hermosas, en su mayoría prostitutas, para sobornar a los políticos locales y obtener licencias fuera de los procedimientos normales. Es un hombre muy ambicioso y elegante que recorre las calles de Roma disfrutando del placer en una especie de bacanal desenfrenado donde reina la vanidad, la prostitución, las drogas, el alcohol y el sexo más orgiástico. Lo único que Sergio desea es adentrarse en el círculo de Silvio Berlusconi (Toni Servillo) para expandir su esquema de negocios; y lo consigue a través de Kira (Kasia Smutniak), una mujer cercana al mandatario que se acuesta con él. El segundo describe a Berlusconi, tanto en los interiores como en los exteriores de su mansión, rodeándose de una manada de políticos, de vividores y de gente muy influyente de los que necesita algún tipo de favor, a pesar de que en el fondo el matrimonio con su esposa, Verónica Lario (Elena Sofia Ricci), se desmorona, y su partido, Forza Italia, ya no se halla en el firmamento gubernamental. 

Servillo, quien a las órdenes de Sorrentino había interpretado a un político de la talla de Giulio Andreotti en la película “Il divo”, vuelve a interpretar a un individuo de la política italiana moderna. Personifica a Berlusconi como un sujeto astuto, espontáneo, magnánimo, cínico, que cae rendido ante los placeres de la vida y los vicios del poder que transforman su codicia en acciones éticas sin escrúpulos. Edifica la viva imagen de un magnate que, debajo de la máscara de poder, se muestra impertérrito ante cualquier exigencia política, disimula la decepción con altura  y esconde el temor de una vejez que amenaza con arrebatarle su vitalidad, aunque siempre está acompañado de dotes de oratoria que pueden convencer a quien sea, como si se tratara de un mercader que vende productos adulterados a bajo costo. Su actuación está estilizada por su gran registro gestual y un eficaz trabajo de maquillaje que modela con autenticidad la réplica del político. Incluso también interpreta al empresario Ennio Doris, en una escena en la que un peculiar plano-contraplano lo pone en diálogo consigo mismo (Berlusconi) para fabricar una acertada metáfora de una corrupción que tiene el mismo rostro y que carece de identidad moral alguna. 

Con la estampa de Berlusconi, Sorrentino elabora un discurso de una sociedad italiana individualista y egocéntrica en la que la competitividad es lo único importante. El tono con el que lo dirige es satírico, propenso al libertinaje, para ridiculizar a los burócratas de saco y corbata que muchas veces hacen falsas promesas a la gente de clase trabajadora que se sacrifica y que siempre sufre los efectos de una prolongada pobreza, simbolizado con las secuencias del terremoto de L'Aquila, en la cual Berlusconi se aparece para prometer cosas triviales e insignificantes para ese sector social que vive sumido en la miseria, anticipando paralelamente el declive de su cúpula administrativa. Asimismo en la escena en la que Berlusconi utiliza su palabreo sugestivo y la mentira más descarada para persuadir por teléfono a una señora con el fin de que compre lo que él ofrece. Su crítica demoledora refleja que la calumnia y las falsas promesas forman parte de un instrumento que es recalcitrante en la cotidianidad de los políticos italianos como Berlusconi. 

Durante su estreno en Italia, la película de Sorrentino estuvo dividida en dos partes que en su totalidad suman cuatro horas de metraje. En esta nueva versión internacional, el metraje sostiene un ritmo que pasa volando en dos horas y media. Y me cautiva mucho lo que veo, tanto en la narración como en su pomposo estilismo visual. Tiene personajes interesantes, como el impertinente Sergio Morra de Riccardo Scamarcio, la Kira de Kasia Smutniak y el tremendo Silvio Berlusconi de Toni Servillo; una banda sonora que vigoriza cada una de las escenas fiesteras y travellings muy inquietos que refuerzan los estados de ánimo más alucinógenos. Puede que le sobre alguna que otra subtrama y que el ritmo tropiece en algunos rincones, pero es una película muy estilizada a la hora de retratar las banalidades de una burguesía que vive ensimismada en el patetismo, de políticos corruptos y deshonestos que se embriagan con la posverdad, de arribistas imprudentes que bailan al compás del dinero en un castillo de la avaricia que derrumba. Es una película entretenida, pantagruélica, impresa con un esteticismo suntuoso que nunca deja de seducir a mis retinas. 


Ficha técnica
Año: 2018
Duración: 2 hr 31 min
País: Italia
Director: Paolo Sorrentino
Guion: Paolo Sorrentino, Umberto Contarello
Música: Lele Marchitelli
Fotografía: Luca Bigazzi
Reparto: Toni Servillo,  Elena Sofia Ricci,  Riccardo Scamarcio,  Kasia Smutniak
Calificación: 7/10






Sinopsis: Silvio Berlusconi (Toni Servillo) se encuentra en el momento más complicado de su carrera política, recién salido del gobierno y con las acusaciones de corrupción y de sus conexiones con la mafia a punto de llegar a los juzgados. Sergio Morra (Riccardo Scamarcio) es un atractivo hombre hecho a sí mismo que sueña con dar el salto de sus cuestionables negocios de provincia a escala internacional. El camino más rápido para conseguirlo es acercarse a Silvio, el hombre más poderoso de Italia. Para Sergio solo hay una manera de llamar la atención de Il Cavaliere: las fiestas, las velinas, las extravagancias y el exceso.

0 comentarios:

Publicar un comentario