Crítica de 'High Life': el espacio de la humanidad



La directora Claire Denis asegura que la idea de su más reciente película, High Life, le llegó a la mente hace más de quince años. En una entrevista sobre el proyecto, dijo que "tenía un guion que era naturalmente en inglés, porque la historia tiene lugar en el espacio y, no sé por qué, pero para mí, la gente habla inglés, o ruso o chino, pero definitivamente no francés en el espacio". En ese tiempo, escribió los primeros borradores del guion y tenía en cuenta a Philip Seymour Hoffman para el papel principal. Pero con la muerte repentina de Hoffman había desistido y buscaba a otro actor anglosajón. Más tarde, su búsqueda había terminado cuando quedó cautivada por la presencia de Robert Pattinson durante el proceso de casting. Y quizás ha sido una decisión muy acertada. Con Robert Pattinson en el rol protagónico concibe una película de ciencia ficción muy enigmática que se escapa de los convencionalismos del género y crea un personaje misterioso muy difícil de imaginar en manos de otro actor con la misma edad.

La película, que marca el debut anglosajón de Denis, me hipnotiza seriamente con la meticulosa puesta en escena y con una conceptualización que aborda temas como la paternidad vinculada al sacrificio, los enigmas de la sexualidad, la concepción de la vida y, sobre todo, la condición humana que mantiene al ser humano anclado a la supervivencia y a una autodestrucción segura. Es agobiante, sosegada, lóbrega, propensa a la violencia más terrorífica y al erotismo retorcido. Su estilo visual posee características que elaboran un rico homenaje al cine de Tarkovsky y películas como Stalker o Solaris. Se ambienta en el espacio intergaláctico en futuro lejano y trata el argumento de un padre y su hija confinados en el aislamiento más absoluto de una nave espacial mientras se dirigen a un agujero negro. Y lo narra con un protagonista interpretado con cierto magnetismo por Robert Pattinson. Con Monte, junto a otros secundarios interpretados por Juliette Binoche, Mia Goth y André Benjamin, Denis emplea el racconto intrusivo y prolongado para relatar los orígenes de los personajes y el propósito de la misión, cosa que rápidamente me absorbe con las revelaciones inesperadas. 

Willow (Scarlette Lindsey) y Monte (Robert Pattinson) en el jardín de la nave. Imagen cortesía de A24.

Con una narrativa que rechaza los tapujos de la linealidad, la película comienza en las profundidades del cosmo, donde seguimos a un cosmonauta llamado Monte (Robert Pattinson) que realiza tareas de mantenimiento mientras intenta calmar a una bebé que lloriquea fuertemente. Aquella bebita es la hija de Monte y se llama Willow (Scarlette Lindsey como bebé Willow; Jessie Ross como Willow adolescente). Están encerrados en una nave gigantesca, en la que sobran los pasillos iluminados de luces de neón y salas repletas de computadoras y botones. Tienen un pequeño jardín, de los que Monte obtiene los alimentos que necesita para alimentar a Willow. Ellos aparentemente se encuentran en dirección a un agujero negro y son los únicos supervivientes de la cuadrilla. Poco se sabe del equipo hasta que, mediante flashbacks, Monte empieza a recordar el pasado que revela su historial criminal, junto con los otros pasajeros a bordo. Son un grupo de condenados a muerte que han sido utilizados por el gobierno como conejillos de india para formar parte de un experimento científico que tiene la exclusiva labor de lanzarlos hacia un agujero negro cercano al sistema solar para investigar cómo funcionan.

Boyse (Mia Goth) en un fotograma de la película. Imagen cortesía de A24.

Denis encuadra a los personajes como seres atrapados en una cárcel: la nave (que lleva el número siete de la suerte). La nave en este caso metaforiza el planeta Tierra. Y todos ellos, quienes están vestidos de un rojo que evoca maldad, conforman una agrupación multicultural (rasgo usual en el cine de la cineasta), representan a los humanos que la habitan y que se autodestruyen lentamente cuando enloquecen y se dejan seducir por las necesidades más primitivas. Logra escenas perturbadoras de gente que, poco a poco, se pierde en la desesperación, en la soledad, en el insoportable vacío, donde no faltan los experimentos bizarros sobre la sexualidad humana, la preservación de la especie, la importancia de los ecosistemas que permiten la subsistencia, los cuerpos de los astronautas que se pierden en la oscuridad del espacio. Suceden cosas insólitas, como el hecho de que la nave está equipada con The Fuckbox (la caja de follar), un extraño dispositivo utilizado obsesivamente por la tripulación para practicar el onanismo porque el sexo se ha prohibido (la escena de Binoche montada en la máquina es sensual y muy poética). Toman un líquido que parece extraído de las muestras de orina que toma la peligrosa doctora Dibs (Juliette Binoche), quien también utiliza el semen de los hombres para llevar a cabo un procedimiento de inseminación artificial en las mujeres mientras todos duermen. Aunque al final todos mueren brutalmente por el angustioso efecto de reclusión, Monte es el único con las cualidades genéticas necesarias para subsistir. 

Dibs (Juliette Binoche) y Monte (Robert Pattinson). Imagen cortesía de A24.

Pattinson, en su primera colaboración con Denis (ya se hallan preparando la siguiente película), consigue una interpretación verdaderamente cautivadora cuando se pone en la piel del astronauta que debe lidiar con un pasado maldito y las responsabilidades de ser un padre en un clima tan inhóspito como el del espacio exterior. Se siente muy genuino cuando se ríe, cuando reflexiona o cuando estalla de ira por situaciones escabrosas. Preserva una mirada extraña que resulta muy hipnótica cuando Denis lo encuadra en un primer plano, trasmitiendo sensaciones que transitan por la serenidad, lo imperturbable y lo introspectivo (la película se narra desde su punto de vista). Convierte a Monte en un personaje que funciona como una balanza moral, alguien que junto con su hija representa la redención y la esperanza de toda la humanidad porque se niegan a perder la suya. Es una de sus mejores actuaciones como actor. 

Willow (Jessie Ross) y Monte (Robert Pattinson) acercándose al agujero negro. Imagen cortesía de A24.

La película supone la primera incursión de la realizadora francesa al género de la ciencia ficción minimalista, algo que le da un giro de 360 grados a una filmografía que incluye títulos como Viernes noche, 35 tragos de ron y Un bello sol interior. Pero sin renunciar a los ademanes de identidad que componen su estilismo y los significados que están al servicio de la abstracción vocacional, donde la deshumanización y los fluidos líquidos como el esperma y la sangre esmaltan los pasadizos de una nave espacial muy oscura. Está estructurada con planos muy interesantes que comunican emociones diversas, una secuencia asombrosa que pone mi imaginación a volar al presenciar la espaguetificación de una astronauta que es devorada por un agujero negro y un clímax muy metafórico en el que la singularidad de un agujero negro simboliza el futuro incierto de la humanidad. Se destaca también una banda sonora que aporta estridencia a la atmósfera opresiva que se presenta en las entrañas de la nave. Aunque me sé de memoria algunos de los mecanismos del género que emplea Denis, no deja de resultarme provocativa. Es un viaje sensorial de ciencia-ficción, uno que es existencial, lúbrico y muy estimulante.

Ficha técnica
Año: 2018
Duración: 1 hr 53 min
País:  Francia
Director: Claire Denis
Guion: Claire Denis, Jean-Pol Fargeau, Geoff Cox
Música: Stuart Staples, Tindersticks
Fotografía: Yorick Le Saux, Tomasz Naumiuk
Reparto: Robert Pattinson,  Juliette Binoche,  Mia Goth,  André Benjamin,
Calificación: 7/10





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