Crítica de 'Shoplifters': secretos de familia

En mi crítica de esta semana analizo la película Un asunto de familia de Hirokazu Koreeda.




En las tierras lejanas de Japón existe un cineasta que, a mi parecer, se ha convertido en el heredero  de Ozu y de Naruse retratando la cotidianidad y las contrariedades sociales presentes en la sociedad contemporánea japonesa. Mi primer contacto con su cine sucedió rápido y no me causó tanta emotividad, pero con el paso de los años he desarrollado cierta afinidad por el naturalismo de sus películas. Estimula mi inteligencia y mi sensibilidad al fotografiar a seres humanos que anhelan cosas tan simples como la confraternidad, el cariño originado por las relaciones humanas y la necesidad aparente de pertenecer a una familia, temas que habitualmente acomodan una porción de su filmografía en películas como Maborosi, la irregular De tal padre, tal hijo, Nuestra hermana pequeña, la delicada Después de la tormenta, la perturbadora El tercer asesinato y su obra cumbre Caminando. Se trata del director Hirokazu Koreeda, quien con su más reciente película, titulada (como era de esperarse) Un asunto de familia, logra conmoverme hasta el infinito con la unión de una familia nipona muy peculiar.

La película, con la que Koreeda resultó ganador de la Palma de Oro en el Festival Internacional de Cine de Cannes, encuadra las relaciones familiares de una manera muy singular a lo que el director ha venido exponiendo anteriormente, aunque siempre preserva los semblantes de su estética, distanciándose de cualquier propensión a lo convencional para que la sutileza acicale un argumento que avanza a un ritmo contemplativo con el cual me río, reflexiono y salgo sollozando al ser testigo de las vicisitudes de una familia japonesa situada en condiciones de pobreza. El material es escueto, prudente y muy sobrio. Me quedo impresionado en cámara lenta cuando captura la marginalidad con unas características que se funden en lo poético y en el realismo más crudo. Los personajes que observo en esa familia son, en la forma más procaz de la palabra, unos ladrones que para poder sobrevivir el día a día mantienen la práctica de hurgar los establecimientos de comestibles para robarse los productos sin pagar ni un solo centavo.

Osamu (Lily Franky) y Shota (Kairi Jō). Foto cortesía de Gaga Communications.

Desde el comienzo de la película se plantea ese problema cuando Osamu Shibata (Lily Franky) y el pequeño Shota Shibata (Kairi Jo) recorren los pasillos de un supermercado (imagino que sin cámaras de seguridad) comunicándose con señales para sustraer los alimentos que necesitan. Osamu le dice a Shota que está bien robar cosas que no han sido vendidas, ya que no pertenecen a nadie. Hace mucho frío, viven en Tokio y caminando por las calles se encuentran con una niña llamada Yuri (Miyu Sasaki) que parece abandonada en el balcón de un apartamento. La recogen sin avisarles a los padres y le ofrecen cobija en su casa durante la noche.

En el interior de la casa típicamente japonesa todo está roñoso y desordenado, los colchones y los trapos abundan por los tatamis, las paredes están teñidas de un color sepia que resalta el estado de suciedad, las montañas de artículos de segunda mano adornan cada rincón de la vivienda, como si padecieran disposofobia o estuvieran habituados a vivir orgullosamente en la inmundicia de un hogar marginal. Allí Osamu presenta la niña a los otros miembros de la familia, Nobuyo Shibata (Sakura Ando), Aki Shibata (Mayu Matsuoka) y la matriarca, Hatsue Shibata (Kirin Kiki), quienes la reciben con una cálida acogida y deciden quedarse con ella al notar signos de maltrato.

Hatsue (Kirin Kiki), Aki (Mayu Matsuoka), Osamu (Lily Franky) y Yuri (Miyu Sasaki). Foto cortesía de Gaga.

Estos personajes ilustrados por el guion de Kore-eda tienen un pasado escabroso y coexisten en un período de marginación que los ha obligado a recurrir al latrocinio para ganarse la vida porque sus ingresos son insuficientes para cubrir las necesidades básicas. Osamu es un trabajador de cuello azul en una constructora, Nobuyo trabaja de servicio en una lavandería industrial, Aki es una profesional del erotismo en un lujoso lupanar, Shota ni siquiera va a la escuela y la anciana Hatsue los ampara ofreciéndoles el hogar y el dinero de su pensión de viuda. El equilibrio correcto de la acción desarrolla sus conflictos con una coherencia que se mantiene encadenada a una labor rigurosa de montaje, en la que cada escena aporta elementos imprescindibles para escudriñar lo que piensan de la circunstancia que atraviesan. Componen una familia en el sentido tradicional, pero desviada de las normas sociales y de las fronteras consanguíneas, cuyo vínculo afectuoso crece a medida que progresa la trama y se muestran, a través de los diálogos, los secretos más profundos de los integrantes.

En esos instantes la película me permite ver escenas memorables y muy intimistas, como las conversaciones cotidianas que sostienen en la mesa, la hermandad surgida entre Shota y Juri (muy similar a la de los niños paupérrimos de Nadie lo sabe), la fuerte inclinación paternofilial que despliega Osamu sobre Shota al jugar con este en los estacionamientos, el abrazo matriarcal de Nobuyo hacia la pequeña Juri mientras incinera sus ropas viejas frente a un fuego simbólico y comparten el sentimiento con las cicatrices de un pasado colmado de maltratos, la plática íntima de Aki con un cliente mudo llamado Sr. Four, una escena de intimidad sexual entre Osamu y Nobuyo en un día lluvioso, la visita a la playa en la que todos participan en familia y la señora Hatsue presagia una muerte solitaria cuando de lejos mira tranquilamente a la familia feliz que ha formado.

Shota (Kairi Jō), Nobuyo (Sakura Ando) y Yuri (Miyu Sasaki). Foto cortesía de Gaga.

Partiendo de la dimensión ética y moral del relato, la exposición de la familia le sirve a Kore-eda para elaborar una observación social muy agridulce sobre el significado de la institución familiar en la sociedad contemporánea, los lazos afectivos que la construyen y la condición socioeconómica de gente que vive en una situación de miseria producida por la recesión económica, además de resaltar los dilemas morales que abrazan a los individuos ordinarios provenientes de hogares disfuncionales. A pesar de que el núcleo familiar está compuesto por “desconocidos” como se revela en la segunda mitad, alcanzan una etapa de felicidad efímera que los unifica y que ayuda a disipar cualquier rastro de culpa laminada por la dirección antisocial que han tomado: el negocio turbio que la abuela organiza en secreto con el hijo de su esposo fenecido, el rapto suplantado por la adopción inconsecuente de Juri, la explotación infantil de Shota cuando se le enseña a robar en lugar de acudir a la escuela y la prostitución Aki. No son presentados como víctimas de un sistema, sino, más bien, como parte de una solución que pasa desapercibida por las autoridades como la empatía y la solidaridad.

Kore-eda retiene un control formal que se prolonga a lo largo de una sólida puesta en escena en la que nunca sobran los elementos. Se vale del sobreencuadre, el punto de vista, el plano subjetivo, el campo-contracampo, el plano general, la elipsis simbólica (las naranjas de la culpabilidad sostenida por Shota) y delicados travellings para manifestar las inquietudes de los personajes que aceptan el castigo por los crímenes que han cometido una vez iniciada la hecatombe sentenciada, en primer lugar, cuando Shota cuestiona el código de robo de Osamu y, en segundo, por el sacrificio de este para impedir que atrapen a Juri con las manos en la masa. En el climático desenlace otorga un estilo policial a la trama mientras los personajes, encuadrados a modo de confesión en un plano medio (subjetivo desde el punto de vista de las autoridades), son interrogados por la policía que se halla fuera de campo y revelan la raíz de sus acciones.

Sakura Ando, Mayu Matsuoka, Miyu Sasaki, Kairi Jō y Lily Franky. Foto cortesía de Gaga.

La película supone otra pieza magistral en la filmografía del director japonés, cargada de emociones periódicas y momentos dramáticos de gran intensidad de los que salgo conmovido hasta las vísceras cuando soy testigo de una familia “deshonesta” que jamás se separa de lo verdaderamente humano. Las actuaciones —especialmente las de los recurrentes del director Lily Franky, Sakura Ando y Kirin Kiki en su última interpretación— son ciertamente magníficas, de tres dimensiones. Los paradigmas discursivos abrazan inteligentemente textos como la compasión, el afecto y la responsabilidad, armonizados a la perfección con los sentimientos preponderantes de los personajes que se yuxtaponen poéticamente a las estaciones del año. También destaco la cautelosa música de Hosono Haruomi que perfora mis tímpanos luego del final desgarrador. Me despido de ella impactado, asaltado por lágrimas que circulan mis mejillas, estremecido por la incertidumbre que espera a esa familia que, como la vida misma, goza de una felicidad que no durará para siempre.


Ficha técnica
Título original: Shoplifters (Manbiki kazoku)
Año: 2018
Duración: 2 hr 01 min
País: Japón
Director: Hirokazu Koreeda
Guion: Hirokazu Koreeda
Música: Haruomi Hosono
Fotografía: Ryûto Kondô
Reparto: Kirin Kiki, Lily Franky,  Moemi Katayama,  Sakura Ando, Mayu Matsuoka
Calificación: 8/10

Tráiler de la película 




¿Qué piensas de esta película? ¿te ha gustado?

0 comentarios:

Publicar un comentario