Crítica de 'El irlandés': el crepúsculo de los gánsteres

En mi crítica de esta semana comento 'El irlandés', la nueva película de gánsteres dirigida por Martin Scorsese.




Mi interés por ver el The Irishman comenzó hace unos doce años. En ese entonces todavía se encontraba en el infierno del desarrollo. Me enteré de su anécdota leyendo artículos sobre gánsteres y escudriñando posibles adaptaciones de libros similares. Inmediatamente quedé sorprendido al saber que uno de mis directores favoritos, Martin Scorsese, quería llevar al cine una adaptación de I Heard You Paint Houses, escrita por Charles Brandt. El libro detalla el expediente de Frank Sheeran, un presunto asesino a sueldo de la mafia que confiesa los crímenes que cometió trabajando para la familia Bufalino, incluyendo los homicidios de Joe Gallo y el sindicalista Jimmy Hoffa. Cuando leí la noticia que se produciría semejante película de gánsteres dirigida por Scorsese y protagonizada por Robert De Niro, el retirado Joe Pesci y Al Pacino no podía creerlo. Al ser abandonada por la Paramount por exceder el presupuesto deseado de 100 millones, perdí la esperanza de verla, aunque ella regresó a mí el día en que Netflix asumió el proyecto y puso la financiación en marcha. Hoy en noviembre de 2019, mi deseo se cumplió.

Después de esperar todos esos años, finalmente vi El irlandés, estrenada recientemente en la plataforma de Netflix. La vi en las profundidades de mi sala oscura. Y estoy tratando de disimular el impacto que me ha causado. Es una obra monumental sobre la postrimería del gánster norteamericano, la consagración culminante del tríptico de Scorsese iniciado por Buenos muchachos y continuado por Casino, pero ligeramente diferente en la ejecución. Está ejecutada con un estilismo imponente en el que todo parece afinadamente sincronizado con la narrativa prodigiosa del guion de Steven Zaillian, la meticulosa reconstrucción del período, las actuaciones formidables de tres actores legendarios, el rítmico montaje de Thelma Schoonmaker, la belleza fotográfica de Rodrigo Prieto y los increíbles efectos visuales de rejuvenecimiento. Me divierte, me entristece y me deja desolado cuando describe la naturaleza del poder a través de textos como el perdón, la alevosía y la lealtad. En sus tres horas y media de metraje nunca me siento cansado y la crónica de Frank Sheeran me intriga bastante, porque no solo delinea la carrera de un matón en el ocaso que recuerda los tiempos en que pintaba casas, sino también la moralidad corrompida de una nación que olvida el pasado con facilidad.

Robert De Niro como Frank Sheeran. Imagen cortesía de Netflix.

La película comienza con el sutil plano secuencia de una cámara inquieta que recorre los pasillos de un asilo de ancianos, con el que se encuadra a un envejecido Frank Sheeran (Robert De Niro) postrado en silla de ruedas. Le habla a la cámara casi rompiendo la cuarta pared, como si se tratara de una confesión entre él y el espectador. Allí, recurriendo a prolongadas escenas retrospectivas, narra su historia cubriendo varias décadas, desde que era un soldado entrenado en el arte de matar hasta los tiempos en que, de caminero de poca monta de Pennsylvania, pasa a convertirse en un asesino a sangre fría contratado por una familia mafiosa liderada por el temido y prudente Russell Bufalino (Joe Pesci), con quien desarrolla una fuerte confraternidad que lo pone a prueba cuando, irónicamente, revela también una afanosa simpatía por el líder sindicalista Jimmy Hoffa (Al Pacino). A pesar de que lo que cuenta es estremecedor, cuando no se encuentra “pintando casas” (término codificado con el que los mafiosos designan la muerte de un hombre) para los gánsteres enviciados, es un señor que cuida de su familia, aunque le preocupa la lejanía de su hija Peggy.

Joe Pesci como Russell Bufalino y Robert De Niro como Frank Sheeran. Imagen de Netflix.

En su actividad delictiva, Sheeran comete violentos crímenes disparando casi siempre en la cabeza a las víctimas encargadas por Bufalino. En un principio se muestra como un sujeto sin escrúpulos que ha abandonado la sensibilidad, distanciado del remordimiento, teledirigido por un código conductual que le impone seguir órdenes para ser recompensado por sus acciones. No es un tipo de grandes aspiraciones dentro de la asociación criminal. Es más bien un peón utilizado para ejecutar el trabajo sucio de los jefes. Sabe que ni es italiano para llegar lejos, aunque el deber y la eficiencia que exhibe al despachar a los enemigos señalados Bufalino facilita que escale rápidamente en las filas de la mafia, ganándose el respeto de otras figuras poderosas del hampa como Angelo Bruno (Harvey Keitel), Felix "Skinny Razor" DiTullio (Bobby Canavale) y Anthony "Tony Pro" Provenzano (Stephen Graham), un cabecilla gremial ligado al crimen organizado que se opone a las políticas megalómanas de Hoffa luego de una riña con este en prisión. Ese mismo ideario se propone conseguir al entablar amistad con Hoffa, haciendo de guardaespaldas (que usualmente incluye asesinatos a punta de pistola a los miembros de la unión sindical) a cambio de la condecoración inesperada de obtener su propio sindicato. Al igual que Bufalino, Hoffa es muy cercano a Sheeran y su familia. Pero en el largo plazo, la distinción de pintar las paredes con sangre a las órdenes de esos señores se transforma en una tragedia.

Al Pacino como Jimmy Hoffa y Robert De Niro como Frank Sheeran. Imagen de Netflix. 

Con triángulo formado por Sheeran, Bufalino y Hoffa, Scorsese traza un estudio ingenioso de la corrupción y los límites de la autoridad desde la óptica casi subjetiva de un individuo brutal que, insólitamente, se halla en una encrucijada ética, pendiendo de un hilo muy delgado entre la lealtad y la traición. En primera parte de la película especifica el ascenso de Sheeran bajo el amparo de Bufalino, y en la segunda mitad se trata de su relación con Hoffa y el poderío que ejerce en el gremio de los transportistas, cosa que se tambalea de la noche a la mañana por la impulsividad de Hoffa, quien al salir de la cárcel, intenta recuperar el control de la Hermandad internacional de camioneros gobernada por Frank “Fitz” Fitzsimmons (Gary Basaraba) y administrada secretamente por la mafia de Bufalino. Sheeran asegura el éxito trabajando en ambos costados, pero las resoluciones tomadas obligan a Sheeran a elegir entre una de las dos facciones de sus mentores y en su rostro, por primera vez, se visualiza la incertidumbre cuando Bufalino le ordena que pueda persuadir a Hoffa para que renuncie a su cacería por el dominio sindical.

Stephen Graham como Tony Pro, Joe Pesci como Russell Bufalino y Domenick Lombardozzi como Fat Tony.

El relato de Sheeran le permite a Scorsese, asimismo, edificar en segundo plano trasfondos que examinan los acontecimientos más oscuros de la política norteamericana del siglo XX y los posibles arquitectos de la mafia que se involucraron en incidentes relacionados a la victoria electoral de John F. Kennedy en las elecciones de 1960, la distribución de armas de la CIA para los paramilitares anticastristas comandados por David Ferrie para la invasión de Bahía de Cochinos, la crisis de los misiles en Cuba, el proceso judicial contra Jimmy Hoffa al ser acusado de soborno, las luchas internas entre el crimen organizado y los sindicatos de choferes, las confidencias de Hoffa que garantizan su “protección” frente al inconveniente con el irreverente Tony Pro, el asesinato de Jimmy Hoffa en manos de Sheeran en la entrada de una casa solitaria, luego de una de las secuencias más tensas de toda la película. 

En la puesta en escena de la película, Scorsese despliega todo su arsenal estético para concebir una especie de revisión al género gansteril que tanto le gusta, pero que se abstiene a la glorificación. Su estilo adquiere un sentido depuración sumamente controlado, alejado del frenesí que lo caracteriza, valiéndose de la narración invertida distribuida durante varias décadas, la voz en off muy recurrente de Sheeran que sirven de guía para clarificar sus pensamientos, la música extradiegética de clásicos que cruzan de una escena a otra, el concienzudo uso de la elipsis para representar los delitos a través de símbolos, el plano general que casi siempre encuadra a Sheeran en los momentos que dispara con su revólver, el ralentí de las escenas, los planos congelados, la colorización absorbente de la fotografía de Prieto que altera la tonalidad para corroborar el estado de ánimo de los personajes con el paso de los años, los movimientos de cámara sutiles producidos por travellings maravillosos, el color rojo omnipresente que enuncia el peligro y la violencia que se aproxima (en los vehículos o en el vestuario). El rasgo más notable son los efectos visuales de rejuvenecimiento digital aplicado sobre los actores para que se vean más jóvenes con el paso del tiempo.

Robert De Niro y Al Pacino.

Uno de los puntos fuertes de la película son las interpretaciones magistrales de Al Pacino (colaborando por primera vez con Scorsese), Joe Pesci (se dice que rechazo la oferta de actuar unas cincuenta veces) y Robert De Niro. Logran un registro dramático camaleónico. Pacino consigue una actuación magistral metiéndose en la piel de Hoffa, interpretándolo como un sindicalista impulsivo, terco, megalómano y con una predilección sinigual para provocar a sus enemigos al abrir la boca, quizá porque el vicio del poder le ha nublado el juicio; aunque también demuestra ser compasivo y honrado hacia los suyos, especialmente con Sheeran y su hija Peggy, por la cual siente un afecto especial. Pesci regresa al cine renunciando al estereotipo del mafioso psicopático para ponerse en los zapatos de un don sosegado y calculador que, con la mirada y con el gesto más mínimo de expresión, me transmite una sensación de turbación con su presencia amenazadora. De Niro, por otra parte, no le falta nada personificando al irlandés alto de ojos azules que durante su juventud no se arrepiente por sus actos, pero que con el paso de los años debe lidiar con la irreversible secuela de una ancianidad, que evocan una y otra vez, el dolor intrínseco que impide que la culpa se manifieste.

Robert De Niro en un fotograma. Imagen cortesía de Netflix.

Me despido de la película bajo una profunda reflexión, convencido de que he visto uno de los eventos cinematográficos más extraordinarios del siglo XXI. Salgo conmovido con las memorias de ese irlandés avejentado sometido al desliz de la soledad al final de su vida, incapaz de aguantar la carga emocional, avergonzado por las oportunidades perdidas y por traicionar a un gran amigo, agobiado por perder a su familia y por la hija que lo ha rechazado manteniendo el silencio como arma de protesta, esperando a que la muerte toque la puerta de su habitación para redimirse y desatenderse de los castigos impuestos por guardar secretos delicados. Es casi una obra maestra sobre la vejez, el significado del olvido y la mortalidad de los individuos. Está cargada de diálogos ingeniosos, de personajes memorables y de un ritmo muy consistente. Presenta las consecuencias del crimen organizado de forma compleja, épica y parsimoniosa. Me pone a pensar en que las decisiones que tomamos siempre estarán sujetas a los intereses personales de gente que ostenta la supremacía a toda costa. No me cabe la menor duda de que es una de las mejores películas de la historia del cine. 


Ficha técnica
Título original: The Irishman
Año: 2019
Duración: 3 hr 29 min
País: Estados Unidos
Director: Martin Scorsese
Guion: Steven Zaillian
Música: Robbie Robertson
Fotografía: Rodrigo Prieto
Reparto: Robert De Niro, Al Pacino, Joe Pesci, Stephen Graham, Harvey Keitel, Bobby Cannavale, Anna Paquin, Ray Romano,
Calificación: 9/10

Tráiler de la película 



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