Crítica de 'The Laundromat': relatos salvajes del capitalismo

En mi crítica de esta semana comento 'La lavandería', película de Netflix dirigida por Steven Soderbergh.




Hay algo que me causa cierta impresión en la nueva película de Steven Soderbergh estrenada en la plataforma de Netflix titulada The Laundromat. Comienza como un falso documental. Dos hombres bien vestidos rompen la cuarta pared y le hablan a la cámara. Uno es de procedencia alemana con un acento inglés, el otro es latino. Lo que tienen en común es que son abogados que narran, con mucho cinismo, los problemas del engranaje del sistema financiero. Yo observo cuidadosamente lo que dicen y me doy cuenta de que, a pesar de que se burlan del asunto, resulta que es una de las cosas más serias que siempre he pensado: los negocios escabrosos, la avaricia desmedida propiciada por el poder y el dinero sucio del lavado de activos están incrustados en la genética del homo sapiens desde tiempos inmemoriales. Ahora solo vemos las secuelas. Son los supuestos lobos que escalan la estratósfera de la competitividad capitalista caminando sobre las ovejas mansas que toleran la corrupción en todos los niveles de la sociedad.

Basada en hechos reales, concretamente con el escándalo de los famosos Papeles de Panamá,  La lavandería, como se titula la película en español, recurre ese dúo de legistas engañosos llamados Jürgen Mossack y Ramón Fonseca para concebir una antología de cuentos que tiene como propósito único destapar un comentario sobre la podredumbre socioeconómica de los órganos financieros y de las personas corrientes que sufren los efectos colaterales, abordando entre la ironía y la crítica social la descompostura con la que las figuras adineradas se valen de la artimañas financieras para escapar de las compromisos fiscales y burlarse de las vulnerabilidades de la estructura hacendística. Se narra repartiendo momentos entre la comedia y el drama biográfico, con un amplio collage de personajes, con diálogos locuaces, preservando el estilo particular de Soderbergh que he atestiguado en películas como Erin Brockovich, Traffic o Contagion, aunque llega a perder el ritmo en algunas anécdotas inconsistentes.

Meryl Streep en un fotograma de la película. Foto cortesía de Netflix.

El guion de la película está firmado por Scott Z. Burns (usual colaborador de Soderbergh) y describe, bajo una narrativa episódica, una serie de ocurrencias de personajes que están ligados a los fraudes de seguros. El primero es el de Ellen Martin (Meryl Streep), una viuda que pierde a su esposo Joe (James Cromwell) en el súbito naufragio de un bote en las cercanías del lago George en Nueva York y que, con mucha impotencia, intenta investigar la compañía de seguros dirigida por un tal Malchus Boncamper (Jeffrey Wright) que le niega la compensación porque, aparentemente, está siendo investigada por fraude. En el segundo un multimillonario africano soborna a su hija con la adquisición de una empresa tras descubrirse el romance extramarital que tiene con su amiga. El tercero dramatiza parte del incidente de Wang Lijun en China, donde un ejecutivo de negocios que lava dinero en el extranjero para unos chinos adinerados que laboran en el gobierno, es envenenado en una habitación del hotel de Chongqing, luego de exigir un precio bastante elevado por el blanqueo de dinero a través de una de las compañías imaginarias de Mossack.

Meryl Streep como Ellen Martin y Jeffrey Wright como Malchus Boncamper. Imagen de Netflix.

El extenso mosaico de personajes me parece adecuado para lo que delinea el argumento de coral y me coloca en estado de gracia cuando veo a la vulnerable Ellen Martin de la siempre fenomenal Meryl Streep enfrentarse a los zorros de saco y corbata que se han robado el derecho que le pertenece para proteger intereses oscuros. También la dupla interpretada por Gary Oldman y Antonio Banderas, quienes interpretan a los carismáticos Jürgen Mossack y Ramón Fonseca con una gallardía que se sale de la pantalla cuando elaboran los monólogos enriquecedores rompiendo la cuarta pared, defendiendo su posición amoral frente a sus víctimas y declarando, con un sentido de ironía sin precedentes, las precariedades del sistema económico asumida por la gente rica que conoce las reglas del juego de los impuestos y que usa el dinero como un producto en abundancia sin fecha de caducidad para su propio beneficio. La intervención de ambos es intermitente y muy necesaria. Sin embargo, cuando Mossack y Fonseca desaparecen fuera de campo para seguir administrando sus empresas fantasmas, me aburro al instante viendo chacharear a unos personajes secundarios que son innecesarios y que llegan a causarme una ligera distracción con los relatos salvajes del capitalismo narrados por los protagonistas.

Gary Oldman como Jürgen Mossack y Antonio Banderas como Ramón Fonseca. Imagen cortesía de Netflix.

Soderbergh, apoyado de la pluma de Burns y del libro de Jake Bernstein, entreteje la urdimbre del enredo financiero conectando la narración de todos esos personajes para formar un círculo de prontitudes fraudulentas, como si los vicios del dinero impúdico fuera una especie de broma infinita que se repite a escala internacional en cualquier país del mundo. Es el dinero que hace que el poseedor se vuelva loco y se olvide de esa palabra tan delicada que llaman moral. La sátira evocada por su discurso político puede lucir algo divertida (el crimen se glorifica de alguna manera), pero los delitos que relata me ponen a reflexionar seriamente porque le puede pasar a cualquiera, a los pobres infelices que se ganan el dinero honradamente sentados en una oficina y son manipulados vilmente hasta el día en que mueran por profesionales del engaño bancario. En el peor de los escenarios, dictamina que el dinero es el culpable de controlar nuestras vidas y de amplificar gran parte de los dilemas económicos existentes en la sociedad contemporánea.

Mi problema con esta película que se rodó en tan solo trece días no está de ninguna forma vinculado al texto político que, admito, es muy ecuánime retratando la crónica periodística de una farsa legal, sino por la falta de brío que percibo con la multitud de subtramas poco satisfactorias que solo buscan ampliar el panorama turístico cosmopolita sobre los actos ilícitos con personajes de relleno. La demasía de exposición luce trivial. Tengo la sensación de que la diatriba extravagante que veo ya me la han contado anteriormente. El mismo Soderbergh es un experto en relatar acciones escandalosas y estafas maestras, pero aquí la ligereza y la comicidad absurda apunta para otro lado cuando su dispersión metaficcional termina diciéndome que solo los individuos más íntegros tienen la capacidad de preservar la democracia ante los sucesos más impunes, cosa que noto de inmediato al ver un meticuloso plano secuencia que encuadra a Streep desplazándose hasta el plató para transformarse, simbólicamente, en la Estatua de la Libertad. Quizá la idea que comunica en su colección de historias de lavandería no está muy lejos de la realidad. Al final el encanto se esfuma.


Ficha técnica
Título original: The Laundromat
Año: 2019
Duración: 1 hr 35 min
País: Estados Unidos
Director: Steven Soderbergh
Guion: Scott Z. Burns
Música: David Holmes
Fotografía: Steven Soderbergh
Reparto: Meryl Streep, Gary Oldman, Antonio Banderas, Jeffrey Wright,
Calificación: 6/10


Tráiler de la película 



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