El filo de la navaja (1946)


El director Edmund Goulding dirige este drama romántico adaptado de la obra del mismo título de William Somerset Maugham. El arranque es prometedor y me contagia de inmediato la ampulosidad que observo en una puesta en escena, aunque en la segunda mitad me aburro al percibir una reiteración narrativa planificada por una indulgencia superflua. Relata la historia de Larry Darrell, un veterano traumatizado por las experiencias adquiridas durante la guerra y que, desesperadamente, busca algún tipo sentido para su vida vacía. Larry se codea con la alta sociedad, en unas fiestas grandilocuentes que se rigen por la ley del dinero, donde se encuentra con su prometida socialité Isabel Bradley, el tío esnobista y prepotente de Isabel llamado Elliott Templeton, su amiga de infancia Sophie MacDonald y su colega W. Somerset Maugham. Como su carácter cosmopolita y solidario le impide vivir en ese mundo banal de gente rica, Larry se marcha hacia la India para añadir la experiencia trascendental que tanto anhela. A partir de ese momento Goulding exhibe a los personajes como simples resortes para establecer un comentario sobre la bondad, la compasión y los valores morales que se pierden para favorecer cosas como la envidia, los celos y la mezquindad; utilizando a Larry como el héroe moral del cuento, el ángel bondadoso, amable y comprensible al que no le pasa nada malo. Aunque la trama me resulta previsible en varias escenas describiendo el infortunio socioeconómico de los burgueses perversos y el metraje es excesivo para un argumento tan breve, encuentro placenteras las actuaciones de Tyrone Power, Gene Tierney, Anne Baxter y Clifton Webb. También la música empática de la partitura de Alfred Newman, los preciosos escenarios de la dirección de arte y los travellings delicados que ofrecen un sentido de desplazamiento a las acciones de los personajes. Solo le falta un poco de emotividad.

Calificación: 6/10

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