Crítica de '1917': heroísmo en movimiento

En mi crítica de esta semana comento '1917', la nueva película bélica de Sam Mendes.




Me da la impresión de que en este lado del mundo el cine sobre la Primera Guerra Mundial se encuentra varado en un terreno estático. Los titanes de Hollywood no tienen la mínima intención de seguir contando historias ambientadas en ese período particular. Para ellos el género se halla tan vacío como la cantimplora sin agua de un soldado, exceptuando, por supuesto, unos cuantos documentales distribuidos para celebrar los 100 años desde el final de la contienda. Es más recurrente ver ese tipo de cine bélico en el panorama internacional, como en Francia y Reino Unido (no creo que los Alemanes se animen a contar su versión). Las últimas que recuerdo haber disfrutado fueron Largo domingo de noviazgo, de Jeunet, y la trágica Caballo de guerra, de Spielberg. Aparte de esas dos películas, casi nada me agrada de lo que he visto rodado en los últimos años sobre la Gran Guerra. Ni me atrevo a mencionar las que son fatigosas. Pero me intriga el cuento de los héroes de las trincheras del Frente Occidental, hasta el punto en que me veo en la necesidad de ir a mi biblioteca de clásicos para refugiarme viendo películas excelentes del género como Alas, Senderos de gloria, y la obra maestra Sin novedad en el frente. Se me hace imposible olvidarlas por el realismo intenso que retrata las experiencias de los oficiales horrorizados por la conflagración. 

Recientemente, una nueva película sobre la Primera Guerra Mundial ha logrado conmoverme y se suma a mi catálogo personal. La dirige Sam Mendes (Belleza americana, Camino a la perdición, Skyfall) y se titula 1917. Es un drama bélico que me coloca en vivo y en directo en los horrores de la guerra cuando relata la historia de dos jóvenes militares que tienen la misión, casi suicida, de abandonar las trincheras para transferir un mensaje a sus aliados cerca de territorio enemigo, con el fin de evitar que caigan en la trampa de los alemanes que fingen la retirada para atacarlos. Puede que me moleste un poco el discurso patriótico, pero me absorbe de inmediato el virtuosismo técnico, de una poderosa lente de Roger Deakins que encuadra el desasosiego de los protagonistas cuando transitan por los sórdidos paisajes atestados de cadáveres, con unos planos secuencia impresionantes que evocan la sensación de que todo sucede en una sola toma continua. Ni percibo los cortes gracias al minucioso trabajo de montaje de Lee Smith. El ritmo es puntual. Su ejercicio de estilo también estimula mis sentidos con el diseño de producción que añade una autenticidad intachable a la época capturada, los estruendosos efectos de sonido, el vestuario de los reclutas y la música empática del metódico Thomas Newman. 

Blake (Dean-Charles Chapman) y Schofield (George MacKay). Imagen cortesía de Universal.

Basado parcialmente en una anécdota contada por el abuelo paterno de Mendes, Alfred Mendes, el argumento de la película narra la travesía de dos combatientes británicos, Schofield (George MacKay) y Blake (Dean-Charles Chapman), el día 6 de abril de 1917. Están en pleno apogeo de la Primera Guerra Mundial en el norte de Francia. Un plano detalle de unas flores amarillas que simbolizan la amistad hace un moderado zoom hacia atrás, reencuadrando a un plano medio que pasa a ser un plano de dos. Ambos son encuadrados disfrutando de un efímero momento de descanso. La profundidad de campo enuncia que Schofield es el protagonista. Están uniformados y esperando las órdenes que un superior les hace llegar cuando los despierta. 

Caminando por el campo, Schofield y Blake hablan de las cartas recibidas por sus seres queridos y los alimentos. Un travelling los sigue fluidamente mientras se adentra en las enlodadas zanjas congestionadas de individuos heridos y otros que esperan pacientemente en la fila de la defunción. Llegan a los interiores de la sala del general Erinmore (Colin Firth), quien les asigna la tarea de entregar un aviso en mano al 2. º Batallón del Regimiento de Devonshire. Con ese objetivo proyectan detener el ataque planeado contra las fuerzas alemanas, las cuales preparan una estrategia, fingiendo retirarse a la línea Hindenburg para emboscar a ese batallón británico de 1600 hombres, entre los que se ubica el hermano de Blake. No tienen idea de lo que le espera. Como el oponente ha cortado el cableado de telegrama tienen que ir contrarreloj para eludir a toda costa la embestida mortífera.

George MacKay. Imagen cortesía de Universal.

Aunque un ligero desarrollo me impide obtener un poco de información sobre el trasfondo de los personajes (solo revelan su pasado a través de algunos diálogos), y momentáneamente son utilizados como títeres para sustentar un comentario político, me veo cautivado por los golpes de efecto de las heroicas escenas que recorren para repartir la orden, como en la que se presenta el estado de abandono y de decepción en las trincheras, la lóbrega tierra de nadie adornada de alambrados y de fosas de restos, los búnkeres desocupados donde acechan las “ratas alemanas” que han minado el suelo, un siniestro cementerio de municiones, el combate aéreo presenciado desde la granja que termina con un piloto alemán accidentado al que bondadosamente salvan de un avión en llamas y luego apuñala fatalmente a Blake, la arremetida de un francotirador en el pueblo bombardeado de Écoust-Saint-Mein en el que Schofield recibe un disparo, la huida nocturna en la ciudad de la muerte poblada de soldados alemanes ocultos entre las sombras, el acto de solidaridad de Schofield al ayudar a una mujer francesa y un bebé que se esconden, la llegada tardía al segundo batallón donde Schofield se arma de valentía para cruzar el campo de batalla desarmado para suministrar la correspondencia.  

Imagen cortesía de Universal Pictures.

Las actuaciones de George MacKay y de Dean-Charles Chapman me resultan creíbles en cualquier escena cuando se meten en la piel de esos soldados novatos que intentan sobrevivir a la hecatombe y que son víctimas de la inseguridad y del miedo. Mayormente son encuadrados en planos generales y planos medios. Entregan interpretaciones de un sólido valor gestual, de demanda física, moviéndose libremente al compás de una cámara que está en constante movimiento, algo que supone un reto para cualquier actor. Pero no están solos. Están acompañados por reparto secundario grandioso encabezado por brevemente por Mark Strong, Colin Firth y Benedict Cumberbatch. 

Schofield en la ciudad infernal. Foto de Universal Pictures. 

Mi único problema es el subtexto patriotero que acentúa el heroísmo y condena a los enemigos (llamados casi siempre ‘bastardos’ o representándolos como ratas), cosa reiteran banalmente para subrayar que su gente tiene la capacidad para paralizar la lucha, tal y como dice el coronel Mackenzie que interpreta Benedict Cumberbatch cerca del clímax: “la única forma de terminar la guerra es hasta que quede el último hombre de pie”. Dicha prédica tiene coherencia porque se comunica desde la óptica del pueblo británico, sin embargo, lo he analizado muchísimas veces y pienso que, en esta ocasión, es un alegato chauvinista que está sobrando. Cuando lo quito de la ecuación, una segunda lectura me parece más importante y añade cierta variación al género. Se trata de una soterrada metáfora antibelicista sobre el significado de la comunicación para solventar un conflicto, simbolizada de manera omnipresente por la carta que lleva Schofield, diciéndonos que la diplomacia y el tiempo son las armas más efectivas para frenar la beligerancia. En ese sentido, es una película que formula la importancia de impedir una guerra superflua. Envía mensajes de paz en tiempos de guerra a través de un sujeto que rehúye del enfrentamiento por una amplia lógica del deber y que las pocas veces que enfrenta al adversario es para asegurar su supervivencia.   

George MacKay como Schofield. Imagen cortesía de Universal.

El verdadero héroe de la película, a mi juicio, es la puesta en escena que crea Mendes acompañado del prodigioso estilismo visual de Deakins. Inventan una experiencia cinematográfica que sacude mis sensaciones para trasladarme al infierno de una guerra que está constantemente amenazada por la luz y la oscuridad. El tono es pesadillesco, caótico, hermosísimo. Algunas secuencias son tan asombrosas que atentan con luxar mis mandíbulas. Siento que ando atemorizado, bajo una tensión implacable, recorriendo las praderas grisáceas junto a esos cabos que marchan hacia la incertidumbre segura. Lo que observo es espectacular, sobrio, emocionante, dejándome inmerso en una refriega que me pone en primera fila en los crudos labrantíos de una batalla que es real durante dos horas que fluyen como el caudal de un río.  No creo que sea una de las mejores películas del año ni de la obra magna del director, pero la proeza formal es más que suficiente para sentirme satisfecho. Es, desde luego, una buena película de guerra. 


Ficha técnica
Título original: 1917
Año: 2019
Duración: 1 hr 58 min
País: Estados Unidos / Reino Unido
Director: Sam Mendes
Guion: Sam Mendes, Krysty Wilson-Cairns
Música: Thomas Newman
Fotografía: Roger Deakins
Reparto: George MacKay, Dean-Charles Chapman, Mark Strong, Richard Madden, Benedict Cumberbatch, Colin Firth,
Calificación: 7/10


Tráiler de la película 


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