Crítica de 'Una vida oculta': el calvario de un hombre honesto

En mi crítica de esta semana comento 'Una vida oculta', la nueva película de Terrence Malick.



Desde hace unos años el cine de Terrence Malick atraviesa una transformación en todas sus películas que acentúa las sensaciones humanas más intrínsecas a través de imágenes bellísimas que suscitan poesía visual. Ya es su marca registrada. Le sirve para comunicar cuestiones profundas sobre el propósito del hombre en la tierra. En ocasiones esa estética experimental no le queda tan bien y me olvido de inmediato de lo que me cuenta, en películas como El nuevo mundo, Deberás amar y Destinos. Pero en otras me impacta hasta dejarme en un estado meditabundo, como en De canción en canción, Viaje del tiempo: el viaje de la vida, La delgada línea roja y su obra maestra, El árbol de la vida, aquel retrato magistral sobre los recuerdos, la familia y la existencia humana. Yo no lo veo solo como un director de cine, sino, más bien, como un filósofo en la piel de un cineasta. Un humanista que imprime los valores más bellos y trágicos del ser humano. No por nada se graduó de filosofía. Imagino que no todos lo ven así, pero las películas que ha dirigido en todo este siglo son irremediablemente filosóficas.

Sigo pensando lo mismo cuando asisto a ver su película más reciente, Una vida oculta, con la que caigo rendido ante el humanismo conceptual que aborda en la historia que narra basada en hechos reales. Tengo entendido que duró cerca de tres años trabajando en el montaje de la cinta. Se nota porque es una película con una estructura narrativa lineal. Nada luce inconexo. Aunque el metraje de tres horas me puede parecer excesivo para una historia tan simple, me conmueve cuando narra el calvario de un objetor de conciencia que se opone a la guerra y al régimen nazi durante la Segunda Guerra Mundial. El ritmo no decae nunca. Hay mucha filosofía kierkegaardiana. Con ese granjero que emplea el silencio como acto de rebelión, establece un alegato filosófico de cosas como el amor, el afecto familiar, el sufrimiento, la moralidad y la fe, en un mundo intolerante que aparentemente se derrumba como la estatua de un tirano.

Posee también imágenes que aprovechan la luz natural del lente de Jörg Widmer (antiguo operador de cámara del director) para retratar los preciosos paisajes austriacos, una banda sonora muy empática de James Newton Howard que toma prestada algunas composiciones de música clásica (Händel, Bach, Dvorak, Pärt) y la típica voz en off que resalta los monólogos internos de los protagonistas cuando comparten los instantes minúsculos de la tranquilidad del campo.

CriticaDeLaPeliculaUnaVidaOculta2019
Valerie Pachner como Fani y August Diehl como Franz Jägerstätter. Foto de Fox Searchlight.

La película, firmada por un guion de Malick, se ambienta en una región montañosa de Austria en el año 1939. Describe la vida del campesino Franz Jägerstätter (August Diehl) cuando vive en paz junto a su esposa Franziska “Fani” (Valerie Pachner) y sus tres hijas en el pequeño pueblo de St. Radegund. Es un hombre reservado que evidencia un cariño intachable a su familia y a la comunidad rural. Muchas escenas lo muestran realizando tareas agrarias, cultivando la tierra, cortando y recolectando el heno para depositarlo en el establo, sonando el campanario de la iglesia de la villa, jugando con sus hijas en medio de las bellas praderas, mostrándose solidario con los vecinos de la aldea, amando a su esposa hasta el fin de los días en los verdes escenarios que rodean el condado. Todo lo que le pasa pinta ser calmado y jovial. Pero todo eso se viene abajo cuando los nazis comienzan a reclutar a la gente del poblado para que mueran por la patria en el frente de guerra, llamando de paso a Jägerstätter, el cual se niega a participar en la conflagración y rechaza las ideas del nacionalismo, incluyendo la lealtad hacia la figura de Adolf Hitler.

August Diehl y Valerie Pachner. Imagen cortesía de Fox Searchlight Pictures.

La película no presenta a Franz como un héroe idealista que desea liberar a un vecindario con su jornada de protesta pacífica. Por el contrario, es tratado como un individuo de carne y hueso cuyos principios morales son inflexibles, apegados a la dignidad que no se negocia. La honestidad y su amplio compromiso con la ética le impiden manchar su nombre con la sangre de otras personas. Se rehúsa a matar o a que lo maten por los asuntos irracionales de las políticas que deshumanizan al hombre. Se debe principalmente a su pasado (su padre murió en la Primera Guerra Mundial, dejando viuda a su madre), a la racionalidad que agobia su psicología y a la fuerte fe cristiana que se manifiesta simbólicamente con la presencia de los crucifijos que predominan en las paredes de su casa y de la iglesia a la que va para ayudar al cura a pintar los murales de íconos religiosos. Lo único que le interesa es vivir una vida tranquila al lado de los suyos y de la familia que tanto ama. Y sabe muy bien que su decisión podría costarle la vida.

August Diehl y Bruno Ganz. Imagen de Fox Searchlight. 

El conflicto intrínseco de Franz se divide en tres grandes actos repartidos entre el principio y el final de la guerra. Las escenas retrospectivas ayudan a comprender su pasado. El primero comienza describiendo su cotidianidad, cuando se enamora de su esposa y disfruta del día a día en comunión con la flora, y luego los años siguientes al nacimiento de sus tres hijas, donde se le ve criándolas junto a su adorada esposa Fani. El segundo fragmento lo coloca en una disputa con los aldeanos al soslayar ser reclutado por el ejército nazi, recibiendo la presión del alcalde y la hostilidad de los moradores con los que antes se solidarizaba, obligando a su familia a vivir en un ostracismo que amenaza con dejarlos en la miseria. Su motivación se fortalece por el apoyo y el amor incondicional que recibe de su esposa Fani. Y en el tercero lucha duramente contra el castigo que le imponen las autoridades fascistas, los cuales lo llevan a una prisión, donde es torturado continuamente en lo que espera su sentencia. Es declarado culpable y condenado a muerte, irónicamente, por negarse a luchar por una causa.

Reiner Bajo y Valerie Pachner. Imagen de Fox Searchlight Pictures.

Me parece muy sutil que Malick elija el color azul para simbolizar la tragedia de Franz y de Fani. En casi todas las escenas visten de azul. Dentro de los significados del color, el azul tiene una simbología vinculada a la tolerancia, la voluntad y la armonía. Y esto es algo que Franz demuestra con su accionar en casi todas las escenas cuando se le ve calmado, meditando frente a una naturaleza pintada de un verde esperanzador y razonando sobre los claroscuros de su realidad. Tiene una gran estabilidad emocional. Es un sujeto verdaderamente generoso. Prefiere la razón antes que la fe, aunque ambas son igual de relevantes.

Es por ese hecho que Malick examina el comportamiento de Franz como el de un hombre racional, alejando un poco el carácter religioso de su relato. El verdadero Franz Jägerstätters fue declarado mártir y beatificado por la iglesia católica. Aunque en la película se añaden diminutas capas de significado religioso, como en las escenas en que acude a la iglesia y, sobre todo, en la que Franz es finalmente guillotinado por el Tercer Reich (en una clara referencia a la crucifixión de Cristo), aquí se profundiza más en sus acciones para elaborar un discurso filosófico sobre la libertad del individuo, la injusticias terrenales laminadas por la angustia existencial y el pacifismo que recurre al silencio para combatir la inmoralidad de una institución. La negación que se produce en su interior es dolorosa, a pesar de que no lo manifiesta. Su desasosiego desaparece cuando acepta su verdadera naturaleza. Para él, el significado de la fe es el compromiso que tiene en sí mismo para actuar libre de los pecados del mundo, en lugar de ser otro para encajar en una realidad que se antepone a su espíritu. El estudio ontológico del personaje remite a un aspecto de la filosofía de Søren Kierkegaard que Malick ha explorado en sus otras películas.

August Diehl como Franz Jägerstätter. Foto de Fox Searchlight Pictures.

Esta película supone un regreso estilístico para el director de Malas tierras y Días de gloria. Humedece mis ojos y consigue hacerme reflexionar con el argumento del objetor de conciencia que se enfrenta a las ideologías del odio. Lo logra encuadrando la existencia de ese señor con una cámara, casi en el suelo, que se sostiene de planos meticulosos que me permiten acercarme a la subjetividad, a lo que él piensa de su entorno. Encuentro catártico el uso del gran plano general para capturar las panorámicas de las montañas austriacas y transmitir los sentimientos de los personajes. Y también las secuencias de momentos históricos del siglo XX. Además tiene actuaciones muy creíbles y de gran valor gestual de August Diehl y Valerie Pachner y de secundarios como Michael Nyqvist, Franz Rogowski y Bruno Ganz. Es parsimoniosa, solemne, bucólica. Me parece relevante en estos tiempos donde la intolerancia se disfraza de causas nobles por cobardía y por conveniencia. Bendito seas, Malick. Tu película es profundamente humana. 


Ficha técnica
Título original: A Hidden Life
Año: 2019
Duración: 2 hr 54 min
País: Estados Unidos
Director: Terrence Malick
Guion: Terrence Malick
Música: James Newton Howard
Fotografía: Jörg Widmer
Montaje: Rehman Nizar Ali Joe Gleason Sebastian Jones
Reparto: August Diehl, Matthias Schoenaerts, Valerie Pachner, Michael Nyqvist, Franz Rogowski, Bruno Ganz,
Calificación: 7/10


Tráiler de la película

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