Crítica de 'Lazos de familia': la esclavitud de un repartidor

En mi crítica de esta semana comento 'Lazos de familia', la nueva película de Ken Loach.




Tengo varios años disfrutando el cine de Ken Loach. El realizador logra conmoverme a la hora de capturar la pesadumbre de la clase trabajadora a través del realismo social más sólido. Su estilo es irremediablemente político. Es un director comprometido con sacar a la luz las vicisitudes de los pobres del Reino Unido que se mueren de hambre, que buscan empleo para sustentar a su familia, individuos vulnerables que exigen sus derechos y están dispuestos a defender una causa proletaria aunque sea rebelándose en contra de los opresores y de las normas establecidas por el gobierno que los ignora. Sus personajes usualmente son sujetos de abajo. Lo viene realizando desde los años sesenta y ha rodado diversos documentales sobre el asunto, aunque es más conocido por los largometrajes de ficción en conjunto con su guionista de cabecera, Paul Laverty. A veces lo que filma me impacta en películas como Kes, Felices dieciséis y su obra maestra El viento que acaricia el prado, con la cual ganó la Palma de Oro en Cannes; hazaña que luego repetiría con la trágica Yo, Daniel Blake. Pero reconozco que en otras ocasiones me aburro con facilidad cuando apela al facilismo. Me pasó una vez con La cuadrilla. Y ahora lo vuelvo a experimentar viendo su más reciente película, Lazos de familia

La película de Loach tiene intenciones nobles retratando las contrariedades de una familia golpeada por las consecuencias de la crisis económica, pero por desgracia es demasiado reiterativa subrayando su discurso y abusando de una indulgencia calculada que lastra el argumento hasta dejarlo en la superficie. Todo luce mecánico y me temo, previsible, cuando el sentimentalismo pone a los protagonistas en la silla de las víctimas sin ninguna intención de ampliar los horizontes dramáticos ni el perfil psicológico de sus descripciones. Sé que sufren mucho, pero me muestro indiferente ante su angustia. En muy pocas escenas siento empatía por lo que sucede, a pesar de que en el clímax observo algunos golpes de efectos que minúsculamente intensifican la narración. No obstante, las actuaciones son aceptables. El ritmo es adecuado distribuyendo la cohesión interna de las escenas, y el uso de la elipsis es consistente para resaltar los episodios más relevantes de cada uno de los miembros de la familia que se enfrenta a la desigualdad institucional que está presente en el sector de servicios de entrega.  

Kris Hitchen como Rick. Imagen cortesía de Entertainment One.

El protagonista es Rick (Kris Hitchen), un hombre que junto a su familia lleva un tiempo luchando contra los corolarios del colapso financiero de 2008. Está endeudado hasta el tope y apenas ha trabajado en empleos pequeños. Le preocupa que solo su esposa Abbie (Debbie Honeywood) soporta económicamente a la familia trabajando como enfermera de atención domiciliaria al cuidado de ancianos y enfermos. También la rebeldía de su hijo Seb (Rhys Stone), el cual falta al colegio para andar por las calles haciendo grafiti junto con sus colegas. La única hija que no le da problemas es la pequeña Liza (Katie Proctor). Una oportunidad toca su vida cuando es contratado por una franquicia como conductor de reparto independiente bajo la supervisión de un rígido encargado llamado Maloney (Ross Brewster), quien no tolera ningún tipo de violación a la ética laboral. Como no puede pagar la camioneta para empezar a trabajar, persuade a Abbie para que venda el carro que usa para laborar y así pueda garantizar el pago del vehículo nuevo. Demuestra un desempeño óptimo para las entregas que hace en la furgoneta, sin dejarse afectar por el estrés de entregar los paquetes a tiempo, pero su vínculo familiar se desestabiliza con cada kilómetro que recorre. 

Kris Hitchen, Debbie Honeywood, Katie Proctor y Rhys Stone. Imagen cortesía de Entertainment One.

Mi problema con el infortunio de Rick y su familia radica en el hecho de que sus acciones, deduzco, solo son utilizadas por Loach para imponer por la fuerza un alegato sobre la condición socioeconómica de la clase obrera que es magullada por la inequidad que se encuentra incrustada en el capitalismo y la industria del comercio de transporte. La metáfora denuncia las políticas de explotación de las empresas de envío de mercancías (mejor conocidas como courier) y la manera en que son abusados los mensajeros que cargan con las cajas felices. Pero la crítica es algo blanda. No propone una solución para las circunstancias que se plantean. Se queda en el señalamiento, en el maniqueísmo burdo. Los exhibe como seres honestos que son invisibles para la sociedad y que están condenados a la desdicha interminable. Y casi nada de lo que pasa supone una sorpresa para mí al revelar que los buenos son los ciudadanos del proletariado y los malos son los empleadores tiránicos al servicio del neoliberalismo más despótico. 

De ese modo, Ricky es presentado como el explotado que es engañado por los cuentos de empoderamiento del jefe Maloney cuando, a cambio de un salario, vende su esfuerzo para recibir una ilusión de autonomía en su travesía como repartidor de productos, viviendo en carne propia el cansancio propiciado por una jornada exigente de más de 14 horas y un trato inhumano que lentamente amenaza con debilitar su núcleo familiar y de paso lacerar sus sueños de saldar las deudas. La mayoría de las escenas muestra las preocupaciones que afectan su rendimiento, hasta el punto perder la paciencia con los destinatarios del envío. Paralelamente a eso, la bondadosa Abbie también es maltratada por la fatiga, ya que como no puede desplazarse con libertad por tener un automóvil, comienza a incumplir con su agenda habitual para cuidar a los pacientes. Ambos soportan la humillación y las injusticias del sistema capitalista. Y aceptan el resultado sin muchas quejas. Su ausencia en el hogar resquebraja la relación que tienen con sus hijos, especialmente con el adolescente Seb, que poco a poco abandona la escuela y rechaza la autoridad parental con una indisciplina que lo coloca en el abismo del vandalismo. O sea, que la ocupación de recadero es la culpable de la calamidad de la familia.  

Debbie Honeywood, Katie Proctor, Rhys Stone y Kris Hitchen. Foto de Entertainment One.

Aunque Loach no se toma tantos riesgos narrando la esclavitud del transportista que se sacrifica para distribuir los artículos, prefiriendo encuadrar parte del relato con el plano general, algunos elementos de la puesta en escena me resultan indispensables para acentuar el calvario, principalmente la grisácea ambientación de la casa de la familia, donde huele a miseria en cada rincón, así como los típicos fundidos a negros que clausuran las escenas más desesperanzadoras como las bombillas que se apagan a merced de la noche. El realismo es escueto estampando la ruina de la familia. Pero los actores que usa casi no le aportan pujanza a las situaciones mostradas, parecen algo tímidos. Noto una inercia muy aparente en su lenguaje corporal. Las pocas escenas interesantes las tiene Ricky dialogando con su supervisor. Por momentos la fórmula le funciona cerca del tercer acto, pero a mi juicio eso no impide que sea una película mediana del cineasta británico. 


Ficha técnica
Título original: Sorry We Missed You
Año: 2019
Duración: 1 hr 43 min
País: Reino Unido
Director: Ken Loach
Guion: Paul Laverty
Música: George Fenton
Fotografía: Robbie Ryan
Montaje: Jonathan Morris
Reparto: Kris Hitchen, Debbie Honeywood, Rhys Stone, Katie Proctor,
Calificación: 6/10


Tráiler de la película

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