Crítica de 'Pienso en el final': eterno resplandor de un hombre que recuerda

La nueva película de Charlie Kaufman, estrenada recientemente en Netflix, revisita su temas habituales sobre la mente humana, pero carece la fuerza necesaria para que las sorpresas me lleguen a emocionar.


Pienso en el final


Con el paso de los años, el cine de Charlie Kaufman me ha hecho pensar que pudo haber sido un gran psicólogo cognitivo o hasta un filósofo especializado en existencialismo. No sé en qué instante lo pensé, pero me da la impresión de que, en cada una de sus películas como guionista y director, le obsesiona la idea de desentrañar los misterios más intrínsecos de la mente humana, reflejado a través de unos personajes solitarios que habitan los espacios metafísicos y surrealistas de una realidad inconsistente que desplaza cualquier lógica, casi como si fueran prisioneros del laberinto de sus propios pensamientos. Es palpable, primero, en la soporífera Synecdoche, New York, que representa su debut como director, en la que presenta la crisis creativa de un director de teatro que lucha por crear la obra definitiva de su carrera. Luego en la irregular Anomalisa, en la que retrata las disyuntivas existenciales de un misántropo egocéntrico que ve a todo el mundo con su rostro. Aunque eso puede sonar atrayente, me temo que sus películas como director son un poco dúctiles. Y creo que solo le queda bien cuando él escribe y otro se encarga de dirigir, como en las fascinantes Cómo ser John Malkovich, Adaptación y Eterno resplandor de una mente sin recuerdo.

El último experimento de Kaufman se ha estrenado en la plataforma de streaming de Netflix y se titula “Pienso en el final”. Es una película en la que Kaufman vuelve a señalar cuestiones filosóficas sobre la soledad, las trampas de la memoria y los dilemas conyugales con cierta originalidad, pero por alguna razón, permanezco impasible ante su rompecabezas narrativo. Su tono es colorido y atmosférico. Muestra a unos personajes retraídos y algo depresivos que ocupan un orbe absurdo y desolado, en el que lidian con el temor de relacionarse y las falsas expectativas causadas por las ilusiones, en algunas escenas impredecibles que, por así decirlo, tienen ricos coloquios culturales, pero que carecen de brío a medida que se revelan sus inquietudes existenciales en la autovía de la incertidumbre. No me siento inmerso en los problemas que proyectan esos protagonistas de Jessie Buckley y Jesse Plemons, y pronto me fastidia verlos discutiendo dentro de los límites de una pesadilla kafkiana que los convierte en marionetas al servicio de la abstracción del juicio.

Jessie Buckley


La película comienza con la voz en off de una joven (Jessie Buckley) que describe lo que ella piensa de la relación que tiene con su prometido, Jake (Jesse Plemons), mientras rememora los interiores de una vivienda y lugares que parece haber visitado con anterioridad. Ella, vestida con un atuendo rojizo, espera en la calle a que Jake la recoja. Un hombre encuadrado en un plano medio de espaldas a la cámara la observa de lejos. La nieve cae suavemente sobre el escenario inhóspito, anunciando la llegada del invierno. Al montarse en el carro, ella contempla la eventualidad de terminar su vínculo con Jake, después estar juntos durante siete semanas, aprovechando que viajan por la autopista para conocer a los padres de Jake en la granja en que viven, aunque no manifiesta las intenciones, quizá para no herir sus sentimientos. Sus monólogos internos enfatizan, no solo su descontento frente al cónyuge inseguro, sino también interrogantes filosóficas que la colocan en un lapso profundo de reflexión sobre la existencia.

A través de las conversaciones que sostienen Jake y Lucy (uno de los tantos nombres que ella tiene) en la cabina del automóvil, me doy cuenta de una aparente falta de conexión que se refleja, supongo, por la incompatibilidad de caracteres que demuestran en las materias que discuten. La mayoría de los temas que comentan tratan sobre asuntos mundanos, como el análisis de Jake del poema Ode: Intimations of Immortality de William Wordsworth, el artículo “Perro de hueso” de Lucia que puntualiza el amargo aislamiento y la presión barométrica de estar anclada a la rutina de un nexo conyugal, los trenes del destino, el peligro de las sensaciones que crecen en el cerebro como un virus, la simbólica escena de las ovejas acorraladas, la anécdota de los gusanos que se comen a los cerdos vivientes en el granero de los progenitores de Jake, las nubes y el frígido clima, el falso optimismo conciliado por el invento de la esperanza. Durante el viaje, así como en ciertos pasajes de la película, la narrativa paralelamente intercala las acciones de ellos con las imágenes de un conserje misterioso que trabaja en una escuela secundaria, aparentemente conectado a la existencia de ambos. Aunque al llegar a la lóbrega casa de los padres, un ligero detonante amplifica la dimensión lyncheana del relato cuando las pláticas se transforman lentamente en un absurdismo que desafía los marcos de su irrealidad, aunque ellos en un principio lo desconocen.

Jessie Buckley y Jesse Plemons


En ese punto, la estructura narrativa de la película atraviesa un territorio reduccionista que desemboca en un minimalismo que tiene la única intención de revelar la enigmática y retorcida existencia de los personajes, bajo una atemporalidad que modifica constantemente el escenario y las acciones extrañas de los secundarios que aparecen cuando Jake y Louisa visitan al padre (David Thewlis) y la madre (Toni Collette). Los anacronismos arrojan las pistas. La atmósfera claustrofóbica es visible cuando ingresan en la residencia, donde se perciben significados diversos en la puerta rasguñada del sótano, las fotografías antiguas que adquieren la imagen de la muchacha, la llamada misteriosa de una voz masculina que busca “responder una pregunta”, y coincidencialmente el uniforme de un conserje en un sótano repleto de paisajes impresionistas firmados por Jake. Todo luce anómalo, ensortijado, pesadillesco. En la mesa, se narran contradicciones cuando Louisa detalla su polimatía. Para Jake es normal; para Ames también, aunque como protagonista, examina los rastros y sospecha que algo no anda bien en la fantasmagórica mansión una vez que, durante de la cena, los papas de Jake envejecen y rejuvenecen asiduamente, en una especie de metamorfosis temporal en la que pasan de ser unos adultos vigorosos a ser unos ancianos decrépitos, como si fuese la normalidad de la regla.

Jesse Plemons, Jessie Buckley, Toni Collette y David Thewlis.

Esta inconsistencia narratológica le permite a Kaufman examinar metáforas etéreas sobre los enigmas de la identidad, las dicotomías de las relaciones de pareja y la culpa que se gesta en los rincones más subrepticios de la mente. Primero se evidencia palpablemente en la escena que el conserje mira una película sobre una pareja, la cual funde a negro con unos falsos créditos que señalan a Robert Zemeckis como director (una clara referencia metaficcional). Pero se ensancha en la segunda mitad, cuando Lucy (Ames, Louisa, Lucia, o como sea que se llame) está tenazmente narrando el pasado y reflexionando sobre el presente para tratar de comprender su propia naturaleza, pero lo desconoce hasta que su compromiso con Jake empieza a intensificarse como la tormenta de nieve que los acecha en medio de la noche más oscura. La discusión que tienen sobre Una mujer bajo la influencia de Cassavetes (en la que coincido totalmente con ella) es la punta del iceberg que se conecta inmediatamente a la fase emocional del noviazgo: ella está harta de soportar la tolerancia del novio pasivo y sutilmente se lo deja saber una y otra vez a lo largo de la tertulia. 


David Thewlis, Toni Collette, Jessie Buckley y Jesse Plemons


Kaufman fragmenta la personalidad de Lucy al cambiar el punto de vista en la climática y larga escena de la escuela que pone a Jake como el verdadero protagonista. Es el giro que, en mi opinión, la otorga coherencia contextual a todo el entramado. Los protagonistas están atrapados en un círculo vicioso. La verdad es que, el extraño conserje es en realidad Jake, quien imagina todo lo que estamos viendo durante el extenso metraje y es víctima de un arrepentimiento que lo mantiene atado a rememorar sus trágicas experiencias intrínsecas sobre Lucy. Todo sucede en los campos de la mente de Jake. Lucy, como protagonista, es una proyección, una quimera, un producto de la imaginación de Jake, por lo que toda su identidad se sustenta en la percepción de que ella es una figura del pensamiento que cobra conciencia de sí misma y de su no existencia en un espacio metafísico, aunque solo conoce esto cuando interactúa con el viejo conserje en el corredor del instituto.

La tragedia, presumo, es que Jake se siente culpable por el hecho de que, en algún punto de su verdadera existencia, tuvo una relación con Lucy que duró siete semanas, pero esta se terminó en el momento en que viajaban por la carretera antes de llegar al domicilio de los padres. Sospecho que, fuera de campo, tuvieron un accidente. Chocaron contra alguien que andaba en una furgoneta. Lucy murió por el descuido de no tener el cinturón de seguridad, tal y como estipula en su discurso cuando rompe la cuarta pared y dice: “todo lo que ves ahora, todo, es hueso”. Jake le responde: “es como si se tratara de mí”. Jake tampoco tenía el cinturón puesto, pero sobrevivió y se ha quedado atormentado por la decepción de ser el causante de la muerte de ella, inhabilitado de por vida por un evento traumático, condenado a trabajar como un conserje en un liceo mientras la vejez le pasa factura. Por eso siempre la evoca así. Fantasea lo que hubiese pasado si llegaran a su paradero final. Es el eterno resplandor de un hombre que recuerda lo que desearía haber tenido.

Jesse Plemons y Jessie Buckley. Fotograma de Netflix.


Kaufman emplea una estética que profundiza esos argumentos y complementa el mediano desarrollo de Jake y de Lucy, a pesar de que solo son títeres expositivos. Preserva el ritmo mediante escenas extensas en la que abundan los diálogos. El equilibrio compositivo encierra muchísimos significados sobre los personajes. Pero quizás el rasgo más notable es la manera en que despliega el color.

El color rojo define la audacia y la agresividad de Louisa, pero también la amenaza que le espera. El color azul, abundante en el tramo final, no solo subraya la armonía y la tranquilidad de Jake, sino más bien, la fantasía, el anhelo de soñar con la mujer que siempre quiso (Lucy vestida de azul) para que escapar de su miserable y solitaria existencia como un conserje fracasado, cristalizado en la onírica secuencia de musical en la que se imagina bailando ballet en los pasillos de la escuela junto a la muchacha que ama, pero luego termina abruptamente cuando el bailarín anciano apuñala al danzador joven con un cuchillo en un acto de celos (lanzado pañuelos rojos que simbolizan su sangre), culpándose a sí mismo por haber dejado ir a la mujer que siempre quiso. Asimismo pasa en la escena alucinatoria en la que Jake recibe un premio Nobel como dramaturgo por la obra teatral de esa situación y canta frente a una audiencia enorme, en la que se halla una anciana Lucy. Incluso un fundido a azul apertura el epílogo con el gran plano general de la camioneta del conserje cubierta de nieve en el estacionamiento de la escuela, haciéndonos creer que se suicidó para congelar su desilusión, aunque al final de los créditos se escucha el ruido del motor girando, ofreciendo la posibilidad de que está vivo. Por lo tanto, todo lo que vimos es el racconto de un prolongado sueño. 

Guy Boyd


Desafortunadamente, me asombra el hecho de que una premisa tan inteligible me deje en un completo estado de indiferencia. El aspecto discursivo de la película me parece aceptable, pero las constantes perífrasis acaban en una situacionalidad demasiado baladí que, con excepciones, me producen cierta dejadez cuando acentúan paradigmas retóricos que no van a ninguna parte y que de alguna forma solo funcionan como nimios recursos textuales para que Kaufman revele el telón de la diacronía que se desenrolla en la mente del protagonista. Tanta pretensión me impide simpatizar por los personajes que veo en pantalla. Para mi gusto, es otra película regular y poco sorpresiva del director neoyorquino.

 
Ficha técnica
Título original: I'm Thinking of Ending Things
Año: 2020
Duración: 2 hr 14 min
País: Estados Unidos
Director: Charlie Kaufman
Guion: Charlie Kaufman
Música: Jay Wadley
Fotografía: Lukasz Zal
Reparto: Jessie Buckley, Jesse Plemons, Toni Collette, David Thewlis,
Calificación: 6/10

Tráiler de la película



0 comentarios:

Publicar un comentario