Crítica de 'El juicio de los 7 de Chicago': ocho hombres en pugna

La segunda película dirigida por Aaron Sorkin, estrenada en Netflix, es un drama legal que revisa la historia de los ocho de Chicago para elaborar una crítica social demoledora.


El juicio de los 7 de Chicago


El caso de los ocho de Chicago es uno que siempre me ha llamado la atención por la manera tan injusta en que las autoridades gubernamentales de los Estados Unidos trataron de censurar políticamente a unos activistas sociales de diversas procedencias ideológicas que protestaban en contra de la guerra de Vietnam en la ciudad de Illinois, Chicago. Pasó en el convulso año de 1968. Varias personas de la contracultura se reunieron pacíficamente durante la Convención Nacional Demócrata oponiéndose a la beligerancia innecesaria, llevando los símbolos representativos del movimiento con camisetas, carteles, panfletos y en conciertos musicales para exigir sus derechos civiles. Pero desafortunadamente la causa terminó en un enfrentamiento entre los manifestantes indefensos y unos policías que empleaban la fuerza bruta para ejercer la ley de la porra y el gas lacrimógeno. Tras el contratiempo, un gran jurado acusó a ocho cabecillas del grupo por cargos de conspiración e incitación de disturbios. El asunto causó tanta indignación que se han escrito multitudes de libros, se han filmado documentales y hasta unas cuantas películas de ficción.

Aaron Sorkin es el encargado de dirigir una nueva película sobre el incidente, la cual se ha estrenado recientemente en la plataforma de streaming de Netflix bajo el título de El juicio de los 7 de Chicago y que he podido ver gracias a la generosidad de la Internet. Se supone que se iba a distribuir por Paramount Pictures en las salas de cine, pero debido a la grave crisis desatada por la pandemia los derechos de distribución fueron vendidos a Netflix. A decir verdad, si la hubiese visto en el cine mi valoración sería la misma. Me parece una película cautivadora, un drama judicial de relevancia histórica que dramatiza, desde distintos puntos de vista, la manera tan fascinante en que unos activistas luchan a puertas cerradas contra las injusticias sociales, las contrariedades del sistema judicial y los abusos del poder político, incluyendo el racismo sistemático y la brutalidad policial que maltrata los derechos civiles en tiempos en que todo el mundo observa una revolución social. Hay escenas bien sólidas, un montaje eficaz, diálogos sutiles y personajes interesantes. Y no hay ni un solo momento en que no me vea conmovido ni indignado por las acciones de esos héroes que se enfrenta a una especie de caza de brujas del gobierno.

Sacha Baron Cohen y Jeremy Strong. Imagen de Netflix.


Como preámbulo, la película comienza presentando un collage de sucesos históricos que marcaron a la sociedad estadounidense en la segunda mitad del siglo XX, como el anuncio del presidente Lyndon B. Johnson sobre el aumento de tropas en la guerra de Vietnam, la alocución de Martin Luther King antes de su muerte y hasta el último discurso y posterior asesinato de Robert Kennedy. Eso se vincula inmediatamente a unos individuos que se oponen a la prolongación de las hostilidades. Los primeros son Reenie Davis (Alex Sharp) y Tom Hayden (Eddie Redmayne), los líderes de los Estudiantes por una Sociedad Democrática que viajan a Chicago a protestar para reflejar su enojo sobre el conflicto. Separadamente se suman también el carismático Abbie Hoffman (Sacha Baron Cohen) y el reservado Jerry Rubin (Jeremy Strong), los líderes del Partido Internacional de la Juventud, cuyos partidarios eran conocidos como "yippies"; John Froines (Daniel Flaherty) y Lee Weiner (Noah Robbins), dos agitadores sociales; David Dellinger (John Carroll Lynch), el líder pacifista del Comité Nacional de Movilización para Poner Fin a la Guerra de Vietnam. Asimismo se une Bobby Seale (Yahya Abdul-Mateen II), el presidente nacional del Partido Pantera Negra.

Todos esos personajes, a pesar de vivir en diferentes Estados, van a Chicago con el propósito de cubrir un dietario social y político. Sus acciones provocan un altercado con los policías locales. Pero cinco meses después de la fatídica convención, los ocho insurrectos son acusados por el gobierno federal de atentar contra la seguridad nacional. La administración de Nixon contrata a dos fiscales generales, Richard Schultz (Joseph Gordon-Levitt) y Richa Tom Foran (J. C. MacKenzie), para que se encarguen de demoler moralmente a los imputados en el juicio. Los abogados defensores son Leonard Weinglass (Ben Shenkman) y el honesto William Kunstler (Mark Rylance), quien es un abogado radical que reyerta por los derechos cívicos y por lo que es correcto. El reputado juez Julius Hoffman (Frank Langella) da por iniciada la sesión.


Jeremy Strong y Gabrielle Perrea. Foto de Netflix.


Como en muchas de las otras películas escritas por Sorkin como ‘Cuestión de Honor’, se evidencia los mecanismos genéricos del drama legal, pero se distancia en el sentido de que, con algunas excepciones notables en exteriores paralelos como la oficina de Kunstler, casi todas las escenas transcurren en los interiores de la corte y se enriquecen a lo largo de metraje de dos horas con extensas conversaciones entre los ocho denunciados, los fiscales, los abogados de la defensa y el incompetente juez que muestra rasgos severos de intolerancia y de prejuicios raciales. Son diálogos sorkinianos propensos a la ironía y a un humor provocador que, en ocasiones, me produce mucha risa cuando, a modo de raccords, se establece una continuidad en la que el diálogo de un personaje en particular es concluido por otro, como si todo lo que ellos piensan de alguna manera está ideológicamente encadenado.

En un principio algunos de los acusados se muestran despreocupados, pero la capa de pasividad de casi todos se va agotando a medida que las discusiones se vuelven acaloradas y constantemente comenten desacatos que resquebrajan el orden del juicio, rebelándose contra la autoridad conservadora de una forma sutil, como los cuestionamientos sobre la ética procesal expresados por Tom Hayden, los chistes irreverentes de Abbie Hoffman, la integridad de Kunstler para desenmascarar el carácter politizado del proceso y, especialmente, Bobby Seale, quien al no contar con asistencia legal por ser afroamericano (espera un abogado que nunca llega) mantiene su dignidad y exige sus derechos constitucionales como ciudadano tenazmente frente al testarudo juez Hoffman, contestándole sin temor con fuertes ataques verbales y exponiendo la naturaleza arbitraria en el juzgado. 


Sacha Baron Cohen, Danny Flaherty, Jeremy Strong, Eddie Redmayne y Mark Rylance

Estructuralmente, el ejercicio de estilo de Sorkin también despliega herramientas estéticas que le añaden profundidad a la dramatización de la revuelta de Chicago. Emplea la elipsis para señalar la amplitud del juicio con el paso de los días y el plano de inserto con el material encontrado de los actos verídicos que le imprime un tono documental al relato. El montaje edifica paralelismos que en ningún segundo permiten que la narrativa pierda el engranaje del ritmo ni de las situaciones espacio-temporales que detallan varios eventos simultáneos. Prevalece, asimismo, un riguroso uso de la analepsis y de la prolepsis para construir secuencias estupendas que retratan los corolarios del suceso desde distintas perspectivas. Una música in crescendo amplifica la tensión de la secuencia de la protesta. 


Esto es notable, primero, cuando los testigos de la policía suben al estrado para rememorar su versión de los hechos en el instante en que interactuaron con los procesados, catalogando los actos de ellos como un sinónimo de rebeldía cuando marchan exigiendo la excarcelación de Tom Hayden, quien es apresado por desinflar el neumático de la patrulla de un oficial. Y segundo, cuando Hoffman hace de comediante stand-up vestido con la camisa de una bandera norteamericana y narra los acontecimientos de una tarde violenta en la que los efectivos de la policía con cascos azules de Chicago arremeten contra los manifestantes a macanazos limpios y gases lacrimógenos, hiriendo a una docena de ellos para mantener el orden público.


Kelvin Harrison Jr., Yahya Abdul-Mateen II y Mark Rylance. Fotograma de Netflix.

A pesar de una ligera exposición, los personajes de Sorkin son densos y se presentan con una espontaneidad que me resulta contagiosa. Hay una buena química del reparto. Pero admito que algunos de los actores tienen mayor repercusión expresiva que otros. Particularmente me parecen muy creíbles las actuaciones de Eddie Redmayne como el intelectual que utiliza el activismo social como arma de liberación, Sacha Baron Cohen como el bromista yippie contracultural que se burla de los medios de una estructura política, Jeremy Strong como el parsimonioso compañero, Yahya Abdul-Mateen II como el furioso líder de las Panteras Negras que demanda una pizca de igualdad para que sus derechos sean reconocidos y Frank Langella como el insufrible juez conservador que atropella la moral de los inculpados con todos los poderes que le facilita el régimen legislativo. Son interpretaciones atrayentes. Cada vez que uno de ellos expresa su furor o entabla una acción específica, consigo reírme y reflexionar con lo que veo.


Sacha Baron Cohen como Abbie Hoffman


Con la narrativa de esos personajes, Sorkin revisa cuidadosamente los episodios que condujeron a los disturbios de Chicago de 1968 con la finalidad, supongo, de que funcione como testimonio sobre el racismo, las trampas de la justicia, la violencia policial y los vicios del poder político de burócratas perversos que conspiran contra los ciudadanos censurando la libertad civil, en una sociedad norteamericana que, aparentemente, está condenada a repetir en el presente los mismos errores del pasado. Lo que observo ahí, es solamente un espejo de lo que pasa hoy en día. La parábola es visible, no solo en la climática secuencia de los altercados en las afueras del hotel Hilton provocada por Tom Hayden, sino por la poderosa escena en la que Bobby Seale se revela ante la ilegalidad del juez y este último ordena que lo golpeen, lo esposen en una silla y lo amordacen durante resto del juicio, con una venda blanca sobre su boca que simboliza palpablemente la barbarie ejercida por el hombre blanco sobre el afroamericano injustamente discriminado, cuyos derechos son negados por cuestiones raciales y políticas.

 

Si bien la película de Sorkin evita a toda costa caer en terrenos maniqueos planteando su tesis, a veces abarca más de lo necesario, pero a pesar de todo siempre me parece convincente y muy entretenida al mostrar los dilemas de ocho hombres en pugna que se esfuerzan trabajosamente por que sus ideas progresistas le hagan frente a un establishment que los oprime para seguir una agenda política. Su crítica sociopolítica es tan relevante que encaja fácilmente en la sociedad contemporánea. Pocas cosas se salen de lugar. Creo que es la versión más acogedora sobre el hecho histórico. Tenía mucho tiempo sin ver un drama judicial de semejante factura.



Ficha técnica
Título original: The Trial of the Chicago 7
Año: 2020
Duración: 2 hr 10 min
País: Estados Unidos
Director: Aaron Sorkin
Guion: Aaron Sorkin
Música: Daniel Pemberton
Fotografía: Phedon Papamichael
Reparto: Eddie Redmayne, Sacha Baron Cohen, Mark Rylance, Frank Langella, Joseph Gordon-Levitt, Jeremy Strong, John Carroll Lynch, Alex Sharp, Yahya Abdul-Mateen II, Michael Keaton,
Calificación: 7/10

Tráiler de la película



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