Crítica de 'Hater': sociopatía en redes sociales

La nueva película del director de 'Corpus Christi' estrenada en Netflix ofrece una mirada perturbadora de los costados más oscuros de las redes sociales.


Hater (2020)



Hace unos meses atrás, cuando escribía mi comentario de la película polaca Corpus Christi, mencionaba que su director, Jan Komasa, se podría considerar como una de las nuevas caras del cine polaco contemporáneo. Creo que no me equivocaba al decirlo. A mi parecer es un director que tiene una manera bastante peculiar de contar historias, con una estética fascinante, en unas películas que retratan la hipocresía y la degradación sociopolítica de la actualidad de Polonia. Para él, no hay santos en la sociedad, todos son culpables y falsos profetas. Sus personajes a menudo son unos jóvenes derrotistas, manipuladores e inadaptados sociales que buscan desesperadamente una identidad para encajar en un círculo social determinado, motivados por una exclusión que modifica lo que ellos conocen como moralidad y que los somete a un aparato calculado de brutalidad. Con solo cuatro largometrajes de ficción en su corta filmografía no solo ha recibido un éxito considerable en las salas de cine polaca y en los distintos festivales internacionales de cine, sino que también ha sido colocado en el centro de la polémica por el carácter social y político de sus películas.

Hater, la nueva película de Komasa me obliga a ratificar su destreza como director de cine y también la capacidad que tiene para abordar temas polémicos de la contemporaneidad sin apartarse en ningún momento de ese estilismo provocativo ni de la incorrección política que logra que el alegato se amplifique con intensidad. Previamente ganó el premio a mejor narrativa internacional en el Festival de Cine de Tribeca que se celebró este año. Actualmente se exhibe en la plataforma de streaming de Netflix. No tenía la intención de escribir un texto prolongado sobre ella, pero la impresión que me ha causado me ha obligado a hacerlo. Se trata, a mi juicio, de uno de los thrillers dramáticos más provocadores del año. Lo que proyecta, con ese ingenioso guion de Mateusz Pacewicz, me deja pensando durante varias horas cuando recurre a la figura de un sociópata manipulador para presentar una observación social bien afilada sobre la identidad digital, los efectos corrosivos de las fake news como armas de propaganda política y la sociopatía en redes sociales que promueve el discurso de odio. El asunto que examina es tan actual que fácilmente encaja en cualquier país del mundo donde las redes sociales sean el núcleo de la discusión pública.

Maciej Musiałowski como Tomasz


Esto lo observo de inmediato cuando veo al protagonista, Tomasz Giemza (Maciej Musiałowski), un joven que es expulsado de la Facultad de Derecho de la universidad de Varsovia tras plagiar un ensayo por Internet. Es un chico elegante, ambicioso, proveniente de una familia campesina disfuncional, con una desenvoltura verbal voluble y artificiosa y un rostro que lo acerca más bien al de un vampiro desilusionado. Para olvidar el incidente, visita a la familia burguesa encabezada por Robert (Jacek Koman) y Zofia Krasucki (Danuta Stenka), de quienes recibe una ayuda estudiantil mensual y también espía anónimamente para saberlo todo acerca de su hija Gabi (Vanessa Aleksander), la muchacha que le gusta y que aparentemente lo ignora hasta el punto en que ni le responde a una solicitud de amistad enviada hace siete años. Además del incentivo que recibe de los Krasucki, busca un empleo para pagar la renta, saldar su deuda con los Krasucki y ampliar su adicción a las redes sociales, visible en varias ocasiones que revisa obsesivamente los perfiles de las chicas que conoce para escudriñar sus actividades y sus hábitos. Su única motivación es relacionarse con Gabi. El problema es que la interacción en las redes sociales lo ha vuelto insensible, incapaz de manifestar sus emociones. Hace el intento de seguir sus rastros en las discotecas de música electrónica y otros lugares fingiendo que es una coincidencia, pero a pesar de un coqueteo breve ella rechaza sus avances.


Vanessa Aleksander, Jacek Koman, Danuta Stenka, Maciej Musialowski. Foto de Netflix.


La historia de Tomasz da un giro inesperado cuando obtiene un trabajo de redes sociales en la agencia de relaciones públicas Best Buzz de Beata Santorska (Agata Kulesza). Pero la empresa de redes sociales no es lo que aparenta. Una vez allí, se involucra en el turbio mundo del desprestigio por las redes sociales. Como moderador, su ocupación consiste en dañar la imagen de los influencers a través de campañas sucias, comentarios tóxicos y agresiones organizadas, desarrolladas en una granja de trolls donde solo se cosecha el odio con un ejército de perfiles fraudulentos. La ambición de Tomasz tarda un tiempo manifestarse, pero el entusiasmo se despierta cuando le ordenan que revise el perfil de Paweł Rudnicki (Maciej Stuhr), un candidato liberal que se postula para alcalde y que tiene una buena relación con los Krasucki. Mientras se acostumbra a destruir perfiles de gente famosa por las redes sociales con una pericia significativa, incluyendo una campaña difamatoria en contra de los productos de una gurú de ejercicios, no solo se gana la confianza de la jefa por la labor ejecutada, sino que descubre el poder de la manipulación para arruinar la reputación de cualquier persona, convirtiéndose en un influencer del caos al servicio de movimientos políticos. De ese modo, usa sus habilidades recién adquiridas para acechar, acosar y finalmente controlar a los Krasuckis.


Maciej Musiałowski y Vanessa Aleksander. Imagen de Netflix.


Uno pensaría que Tomasz, con ese conocimiento, causaría estragos de forma independiente para tomar ventaja de las cosas que sabe en su posición en línea. Pero suceden conflictos que agudizan su personalidad y que diametralmente lo sumergen en su diligencia de ciberterrorismo y de vigilancia para planificar su venganza. Komasa, lo muestra como un muchacho taciturno que, por todo el rechazo que ha absorbido al darse cuenta de que los Krasucki no desean que él esté cerca de su hija bipolar, pierde el sentido de ética y moralidad por estar tanto tiempo frente a la pantalla de un ordenador navegando por las redes sociales haciendo diabluras. Así comienza a llorar lágrimas de animadversión. Se vuelve adicto a la falta de empatía, la ansiedad, el insomnio. Y se convierte en un mentiroso compulsivo con una ausencia de remordimiento por sus acciones, además de que calcula fríamente cada paso que da. Su faena virtual descompone su conducta hasta transformarlo en una especie de sociópata que disfraza su rencor con un carisma superficial que le permite manipular a su antojo a todos los seres que lo rodean. Es un individuo que prueba el sabor de la amoralidad al realizar los encargos indecorosos para un cliente fascista, reflejando su catarsis destructiva en el instante en que manipula a un fanático xenófobo de la ultraderecha para ensuciar la campaña del político liberal Rudnicki con algunos escándalos, esconde su identidad en un videojuego MMORPG para las reuniones, esboza protestas masivas por las redes sociales y trabaja de espía doble para pulverizar a ambos espectros políticos (los ultranacionalistas y los progresistas) y satisfacer sus delirios personales. 


Maciej Musiałowski y Agata Kulesza.


A través del personaje principal, la película presenta una sociedad en la que casi todos dependen de la clandestinidad de las redes sociales para dominar, engañar y ejecutar acciones inicuas que se alejan de cualquier espectro ético y moral. Lo que visualizo es un espejo muy fidedigno de lo que pasa hoy en día, donde se modela palpablemente la dependencia de los usuarios que se vuelven adictos a grabarse frente a una cámara o a chatear trivialidades en una aplicación de mensajería instantánea como si fuera una droga.

El tratado le sirve a Komasa para elaborar una crítica social demoledora sobre el impacto de los medios digitales para despojar la identidad de los usuarios (en el ciberespacio asumen una personalidad opuesta a la que llevan en la realidad) y la influencia oscura que ejerce la difusión de noticias falsas de las redes sociales para desestabilizar corrientes políticas y manipular psicológicamente a los seguidores que navegan a través de un mar de opiniones sesgadas y de incitación de violencia; además de evidenciar también las consecuencias nefastas de la xenofobia, el racismo y la homofobia que propagan las ideologías de los radicales de ultraderecha en redes sociales como Facebook y la forma en que planean atentados terroristas en los servidores multijugador de los videojuegos. Su parábola llega a un punto culminante cuando, el protagonista, que se ha dejado insensibilizar por todo el material gráfico que ha consumido en las redes sociales, planea una masacre por medio de un tercero insano para obtener lo que quiere sin importar el número de víctimas: el prestigio que le permita ganarse la aceptación de los Krasucki, tener a su lado a la chica que ama, adueñarse de Best Buzz y escalar en la esfera social.


Maciej Stuhr, Wiktoria Filus y Maciej Musiałowski.


Supongo que nada de eso fuera posible sin la magnética actuación de Maciej Musiałowski como Tomasz. Su magnetismo me cautiva en cualquier escena. Ese joven actor, desconocido para mí, logra que el estudio del personaje sea esclarecedor cuando aprovecha la mirada fría, los gestos sosegados y la verborrea sofisticada para salirse con la suya. Captura la psicología de un sociópata muy perturbado que se enfrenta a la represión social y que revela sus conductas antisociales repetidamente a través del internet, como si fuese un monstruo indiferente apegado a la hostilidad, incapaz de mantener un comportamiento laboral coherente, propenso a incumplir con sus obligaciones para su propio beneficio. Es una interpretación meticulosa que, en efecto, se beneficia mucho del primer plano para que su aspecto inexpresivo refleje con mucha la credibilidad la apatía y el desprecio que exterioriza el personaje, así como también del plano subjetivo y de los intertítulos superpuestos de los chats para señalar sus inquietudes frente al monitor de la computadora. 


Maciej Musiałowski. Fotograma de Netflix.


La película de Komasa, que traza paralelismos notables con el asesinato del político polaco Paweł Adamowicz, me parece inquietante desde el principio hasta el insólito final en el que la antipatía se transforma en una fuente de falso heroísmo. Si bien, los tópicos que plantea son tratados con cierta ligereza, lo que hay por detrás es estremecedor cuando presenta los lados más recónditos de las redes sociales. Lo consigue con una puesta en escena sutil que se compensa con un estilo visual absorbente, la música diegética anempática y un antihéroe oportunista consumado totalmente por la crueldad. Hay una secuencia preciosísima en los interiores de una discoteca donde todos bailan a merced de la incomunicación, en la que se metaforiza, bajo una iluminación rojiza, un silencio diegético y los auriculares azules que portan los personajes, los graves corolarios del aislamiento que sufren los posmillennials por la tecnología. Conjunta la intriga con el drama de una manera escueta, y le da una resolución redonda con la que me quedo sorprendido. Creo que es una de las mejores películas que he visto de este audaz director polaco.

Ficha técnica
Título original: Sala samobójców. Hejter
Año: 2020
Duración: 2 hr 15 min
País: Polonia
Director: Jan Komasa
Guión: Mateusz Pacewicz
Música: Michal Jacaszek
Fotografía: Radosław Ładczuk
Reparto: Maciej Musialowski, Vanessa Aleksander, Danuta Stenka, Jacek Koman,
Calificación: 8/10


Tráiler de la película






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