Crítica de 'Duna': espectáculo seco y arenoso

En esta primera parte de la adaptación de la novela "Dune", Villeneuve ofrece un espectáculo visual que se seca lentamente en la arena. Este es mi análisis breve de la película. 


Duna


En el año 2018, tras largos períodos de conversaciones y la adquisición de unos derechos de parte de Legendary Entertainment, el director canadiense Denis Villeneuve puso en marcha la producción de Dune, con el objetivo de adaptar la novela de ciencia–ficción de Frank Herbert en películas de dos partes y de alguna manera incorporar los tópicos del siglo XXI para actualizar algunos de los conceptos detrás de la visión general de Herbert. En diversas entrevistas, el director afirmaba que dirigir una adaptación de Duna era su sueño incumplido. También dijo que su osadía de no adaptarla en una sola película se debía a que el libro de Herbert era "demasiado complejo" y estaba rebosado de detalles que era difícil compactar en una narración cinematográfica de dos horas, aunque quizá lo hizo para no caer en el pecado cometido por Lynch en su fracasada versión de Duna de 1984, en la que perdió el control del corte final y fue mutilada en la sala de montaje hasta reducir su duración de cerca de cuatro horas a dos horas. Tras haberla rodado en formato IMAX y terminado en posproducción, su película de Dune estaba pautada para estrenarse a finales de 2020, pero se pospuso en varias ocasiones por causa de la peste.

Particularmente esa idea de Villeneuve de dividir Duna en dos partes me tomó por sorpresa, pero de alguna manera no tenía muchas expectativas porque sospechaba que podría atravesar algunos terrenos conocidos. Y ahora, tras aprovechar su estreno en las salas de cine y en la plataforma de streaming de HBO Max, se confirman todas mis dudas. Como es de esperar, Villeneuve construye su epopeya desértica de ciencia-ficción con un estilo visual y sonoro meticuloso, pero me temo que nada remotamente emocionante o asombroso sucede en su espectáculo de arenas movedizas, y recibo a sus personajes de cortes shakesperianos como una botella de agua vacía en el desierto. Se agradece, por supuesto, su matiz serio y oscuro, sin embargo, en más de dos horas y media de metraje tengo la sensación de que la narrativa que veo es efectista y previsible cuando los personajes dan muchas vueltas para dialogar sobre la lucha por el poder del colonialismo, las profecías religiosas y los monopolios naturales, a pesar de que me quedo con cierta indiferencia hasta el final para conocer la odisea del joven héroe predestinado a ser un dios de los desiertos y liderar a un pueblo de gente oprimida.


Timothée Chalamet como Paul. Fotograma de HBO Max.



La película se ambienta en el año 10191, en un futuro donde la humanidad ha progresado hasta eliminar por completo la tecnología de la inteligencia artificial y el universo conocido es gobernado por el misterioso emperador Shaddam IV de la Casa Corrino y otras dos familias aristocráticas muy poderosas: la Casa Atreides del planeta Caladan y la Casa Harkonnen del planeta Giede Prime. La trama arranca cuando el duque Leto Atreides (Oscar Isaac) es elegido por el emperador para reemplazar a la Casa Harkonnen de su primo, el barón Vladimir Harkonnen (Stellan Skarsgård), como el gobernante del planeta Arrakis, un territorio desértico en el que se produce una sustancia muy codiciada por el imperio conocida como “especia”, la cual extiende la vida humana y es una pieza importante para los viajes interestelares. Este valioso componente es la llave que abre la puerta de los conflictos, sobre todo porque su trabajo de extracción es frecuentemente obstruido por los Fremen, los nativos que habitan las regiones más hostiles y remotas del planeta Arrakis. Al aceptar la orden de administrar los recursos del planeta Arrakis, Leto reúne a sus legiones más leales y parte hacia su destino junto a su esposa Jessica (Rebecca Ferguson) y su hijo Paul (Timothee Chalamet), aunque en un principio desconoce los complots políticos que se maquinan en su contra.


Josh Brolin y Oscar Isaac. Imagen de Warner.



El protagonista de esta historia es Paul Atreides, el joven príncipe heredero de la aristocracia Atreides que, ocasionalmente, tiene premoniciones sobre su futuro en el planeta Arrakis y el vínculo que aparentemente desarrolla con una joven de ojos azules que lo conduce por las dunas del desierto, así como la destrucción de su propia casa junto con sus seres queridos en manos de los temibles Harkonnen. Paul es presentado como un muchacho serio, delgado, idealista y talentoso, dispuesto a luchar por las causas más nobles de su padre y la Casa Atreides en el planeta Arrakis. Su talento prodigioso para el combate con cuchillos y escudos corporales hace que sea entrenado por los soldados más cercanos a su padre, Gurney Halleck (Josh Brolin) y, sobre todo, Duncan Idaho (Jason Momoa), con quien tiene una fuerte amistad y lo considera su mentor. Su madre, que lo engendró rompiendo tabúes (estaba obligada a engendrar a una hembra, pero se negó), es una acólita de Bene Gesserit, una hermandad de monjas interestelares que actúan como un gobierno secreto detrás de todas las grandes casas y que tienen habilidades psíquicas, además de que vaticinan la venida del Kwisatz Haderach, una especie de superhombre. Y como tal le imparte algunas enseñanzas sobre las disciplinas de su religión para que aprenda a manipular la voluntad de sus adversarios a través de la voz y el control del inconsciente, técnica que simplemente se conoce como “La voz”.

Las alucinaciones que tiene Paul lo colocan en la cárcel del tormento y de las dudas que lo ponen a cuestionar en su interior el propósito de su realidad y la posibilidad de escapar a un futuro donde todo está predeterminado como una tragedia fatalista. Estas visiones consiguen que adquiera notoriedad en los círculos eclesiásticos de Bene Gesserit cuando la Reverenda Madre Gaius Helen Mohiam (Charlotte Rampling) lo visita personalmente para someterlo a una prueba mortal conocida como Gom Jabbar, en la que Paul coloca su mano dentro de una caja que causa dolor mientras una aguja venenosa que apunta a su cuello podría matarlo si llegase a sacar su mano a destiempo. La escena no solo señala su nivel de humanidad sino, además, la ausencia de miedo ante la muerte y el sufrimiento.


Josh Brolin y Timothée Chalamet. Imagen de Warner Bros.

 

A partir de la llegada de los aristócratas Atriedes a las tierras áridas de Arrakis, la narrativa toma, al menos para mí, una ruta predecible cuando el joven maestro Paul transita por los amplios espacios de la ciudad, mientras de paso Leto y su estratega militar Gurney, conscientes de que su posición actual es una trampa preparada por los Harkonnen, analizan la contingencia de establecer un tratado diplomático con los pobladores Fremen que viven dentro de un sistema de cavernas distribuidas por el desierto, con el fin de que se unan a sus filas como aliados. En la estadía planetaria hay un intento de asesinato, negociaciones fallidas y una inspección guiada a plena luz del día por la ecóloga Liet-Kynes (Sharon Duncan-Brewster) al sitio donde operan una de las máquinas recolectoras de especia. La secuencia en la que Paul y su grupo sobrevuelan el campo de cosecha y rescatan a la tripulación estancada antes de que se los trague la tierra posee una tensión moderada cuando introduce el peligro de los gusanos de arena gigantes que frecuentan las dunas de Arrakis y exhibe los delirios de Paul al interactuar con altas concentraciones de especia.

A diferencia de la película atropellada de Lynch, en la que todo se desarrolla de forma apresurada y errática, la visión singular de Villeneuve estructura el viaje del héroe Paul con un ritmo que avanza de una manera parsimoniosa y muy cohesiva a la hora de relatar los episodios de los Atreides y, paralelamente, los planes malvados de los Harkonnen. No hay subtramas inconexas o planos que estén sobrando con personajes intrusivos, el ensamblaje está montado con cierta sutileza. Y ejecuta con destreza la prolepsis para evocar los espejismos de Paul que anticipan ciertos eventos que suceden en la trama más adelante. No se apresura y se toma su tiempo para narrar las rivalidades políticas de esos personajes, cubriendo con cierta autenticidad la primera mitad de la obra de Herbert. Pero lejos de la secuencia del rescate en la arena y posteriormente la invasión que origina la caída de los Atreides, no me parece que lo que cuenta tenga suficiente impulso emocional. Los golpes de efecto escasean como un oasis con agua bendita. Y abusa de los diálogos explicativos para describir algunos de los términos relacionados a la religión, la flora, el vestuario y la cultura. En sus tres actos, se habla mucho y se hace poco. Las acciones de los personajes se reducen a diálogos sobre nomenclatura religiosa, maniobras políticas y caminatas sobre la arena.


Stellan Skarsgård. Imagen de Warner Bros.



No hay mucha profundidad en los personajes porque solo cumplen con los estereotipos habituales de la ciencia-ficción baja. Paul es el característico héroe inexperto y accidental destinado a la grandeza que poco a poco descubre su fuerza recóndita como consecuencia del proceso lento y doloroso de las visiones y de la pérdida de los seres queridos, y es obligado a exiliarse para recuperar el honor familiar manchado de sangre por un golpe de estado y auxiliar a los pueblos esclavizados por la dictadura del mal. Leto representa el monarca noble y correcto que busca la diplomacia para remediar las diferencias étnicas originadas por las trampas políticas, pero cuyas ideas éticas lo posicionan en la mira de los enemigos que desean su muerte. Jessica es la madre fuerte e independiente que funge como sacerdotisa guerrera y guía espiritual de su hijo en el camino luminoso que le espera. Y el barón Harkonnen es el típico villano megalómano y corrupto que emplea todo su poder desde su tenebroso palacio para aniquilar a los hombres buenos y apropiarse de sus fortunas materiales por medio de la guerra. El resto de los secundarios apenas se destacan.


Jason Momoa como Duncan. Imagen de Warner Bros.

 

Por una parte, Villeneuve muestra, a través de una lectura geopolítica del capitalismo neoliberal, la manera en que la contienda por el poder de las potencias se concentra en el control de los recursos naturales de una región específica, pero, además, ilustra cómo la fe y las creencias religiosas nublan el juicio de las personas. La idea del monopolio natural la evidencia a través de la fabricación de especia que es, por así decirlo, una alegoría del petróleo. La especia es usada como combustible para que las naves espaciales viajen a distancias interestelares. El emperador y el barón Harkonnen controlan la industria de especia con la mano de obra fremen y, a la vez, oprimen a una parte de la población para lograr sus objetivos políticos y ampliar el margen de ingresos por el universo conocido. No se revela el motivo por el cual el emperador que teje los hilos desde las sombras conspira junto con el barón Harkonnen para sacar del juego a los Atreides, pero es posible que este vea como una amenaza la influencia y la magnanimidad del liderazgo de Leto y, por lo tanto, teme que su autoridad se expanda más allá de los confines de Arrakis, pero también porque la bruja anciana profetiza que Paul se puede convertir en el elegido de una antigua profecía religiosa, por lo que se dispone a enviar a sus cuerpos imperiales para atacarlos desprevenidos en la noche más oscura.



 

Duna es, por lo tanto, una película que subraya el papel que desempeñan las religiones en las idiosincrasias de los pueblos oprimidos y en el espectro político más convencional, pero también refleja el impacto ecológico de los recursos naturales que son explotados para fines macroeconómicos. Esta dicotomía es ilustrada por el hecho de que los Fremen (parábola de los islamitas) ven a la especia como un químico con cualidades alucinógenas y medicinales, mientras que los Harkonnen y los Atreides solo la ven como una fuente de riquezas para el comercio. Curiosamente, luego de la emboscada en el que un moribundo Leto envenena a la corte del barón con un gas como represalia por eviscerar a su ejército, el malherido barón entrega el mando de Arrakis a su sobrino Rabban (Dave Batista) le ordena, no solo masacrar a todos los fremen, sino también vender las reservas de especias y reiniciar la elaboración para retribuir el coste del atentado.

La estética de Villeneuve edifica, con gran fidelidad y atención al detalle, la cosmogonía de Dune amparándose en tremendos efectos visuales y sonoros que satisfacen mis retinas por un buen rato. El vasto océano de arena es capturado, mayormente, a través de unas panorámicas que magnifican el paisaje arenoso al lado de naves gigantescas y diluyen a los personajes hasta convertirlos en pequeños puntos negros, usualmente con una colorización que preserva el lado cálido de la imagen con tonalidades marrones en las escenas diurnas. Y crea un tono atmosférico y sombrío en los interiores construidos en escenarios enormes. El sonido diegético también desempeña un rol fundamental para examinar los estados emocionales de los personajes, los monólogos intrínsecos y los ruidos de las naves y las armas. Y es bastante acertada la decisión de Villeneuve de ilustrar con subtítulos las barreras lingüísticas que separan a los alienígenas, por un lado, mostrando las voces guturales de algunos de los Harkonnen y, por el otro, el lenguaje de señas con el que se comunican en silencio Paul y Jessica.



Timothée Chalamet y Rebecca Ferguson. Fotograma de Warner Bros.



No dudo para nada de la grandilocuencia visual de esta propuesta de Villeneuve ni de la banda sonora de Hans Zimmer que mis oídos escuchan en todo momento con solemnidad, pero esa preocupación estilística me parece casi una distracción que no me ayuda a olvidar la vacuidad de un argumento poblado habitualmente de gente que corre por el desierto, gusanos de arena colosales, significados esotéricos, duelos con cuchillos, idiomas raros, hombres poderosos, tropas militares, broncas familiares, guerras de superpotencias por el dominio de los ecosistemas y un maquiavélico gordinflón calvo que vuela. No consigo asombrarme ni con el hundimiento de la familia Atreides ni con el prolongado exilio de Paul y su madre embarazada por las dunas de Arrakis que los traslada hasta la comunidad de los fremen que necesitan desesperadamente de una figura mesiánica. Su épica artúrica de mayoría de edad con rasgos de ciencia-ficción blanda no me quita la abulia en ninguna de sus casi tres horas, y me tiene sin cuidado los dilemas morales del protagonista blando de Chalamet. Quizá el resultado fuera otro si condensara todo el material de la novela en una sola película. Pero esa es otra historia.


Ficha técnica
Título original: Dune: Part One
Año: 2021
Duración: 2 hr 35 min
País: Estados Unidos
Director: Denis Villeneuve
Guión: Eric Roth, Denis Villeneuve, Jon Spaihts
Música: Hans Zimmer
Fotografía: Greig Fraser
Reparto: Timothée Chalamet, Rebecca Ferguson, Oscar Isaac, Josh Brolin, Jason Momoa, Stellan Skarsgård, Zendaya, Javier Bardem
Calificación: 6/10




Crítica de la película 'Duna', dirigida por Denis Villeneuve y protagonizada por Timothée Chalamet y Rebecca Ferguson.

2 comentarios:

  1. Dune tiene 3 problemas fatales
    1.- aquellos que no hayan leido la novela no entenderan la historia completamente
    2.- aquellos que sean fans de la novela notaran la ausencia de muchas escenas (el rodaje dura 5 horas que han sido reducidas a la mitad)
    3.- Los temas de la novela como la Ecología, la Política, la religión, el colonialismo, etc. Son retratados solo superficialmente.

    Dune hubiera sido mejor como serie a lo Game of Trones que como película, pero la buena noticia es que Villenueve tiene imagenes hermosas, si les gusta Arrival o Blade Runner 2049 AMARAN DUNE

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    1. Además hay un 4º problema: el espantoso Javier Bardem.
      Por otro lado, Balde Runner 2049 es...es...es un sacrilegio.

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