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Pienso que el género western de las últimas décadas está atravesando una especie de terreno espinoso que le imposibilita avanzar para contar ficciones que sean diferentes. Con el paso de los años son pocos los estudios que se arriesgan a disfrazar a un actor de jinete para que monte a caballo y desenfunde su pistola frente a una cámara. Ninguna productora en su sano juicio se aventura a realizar un producto semejante en una época en la que la tribu de consumidores de cine practica el onanismo mental más salvaje con las películas de superhéroes. Dudo mucho que recupere el esplendor que tuvo con esos westerns tan fenomenales en los que participaban John Wayne o Clint Eastwood, íconos inolvidables del género. Simplemente ya no es tan rentable. La popularidad ha decrecido. El tiempo de los hombres sin nombre y de los forajidos que luchan contra indios se ha terminado. Es muy raro ver el estreno de una o varias películas del oeste en estos días. Casi ninguna llega a las salas de cine. No obstante, he visto una que me parece interesante. La dirige el francés Jacques Audiard (Read My Lips, Un Prophete, Dheepan) y ha sido rodado en Europa. Se trata de The Sisters Brothers. Y es un western atípico que aprovecha su fábula del lejano oeste de una manera muy distinta a lo que he visto en años recientes.

Audiard, en su primera película de habla inglesa, regenta un western que se destaca, casi siempre, empleando los parámetros del género con mesura. En las secuencias de tiroteos pone a los enemigos mayormente fuera de campo, a oscuras, de lejos, para que solo los diálogos de los personajes, los sonidos y las chispas de la pólvora impriman poesía visual a la brutalidad que eso refleja. Su violencia es poética. Me pasea por la mayoría de los escenarios que se ven este tipo de películas: pueblecitos hechos a base de madera, cantinas repleta de borrachos y buscapleitos, caravanas dirigidas por diligencias, pistoleros que cabalgan por las praderas, escenas de descanso frente a la tranquila iluminación de las fogatas mientras los vaqueros dialogan y los jamelgos descansan. Su mirada del viejo oeste por momentos me impresiona con sus hermosos paisajes y la historia de los malhechores hermanos Sisters que habitan un mundo violento, durante la fiebre del oro, en el que todo se negocia a tiro limpio por la ley del revólver. Y no me queda de otra que disfrutar el viaje.

La película se sitúa en el año 1850 en el oeste de los Estados Unidos. Allí soy testigo de las acciones de los hermanos Eli (John C. Reilly) y Charlie Sisters (Joaquin Phoenix), bandoleros que trabajan haciendo encargos para un adinerado señor llamado Commodore (Rutger Hauer). A lo largo de los años han creado una reputación al haber matado a muchísimos bandidos y al cobrar la recompensa detrás sus víctimas. Son temidos en todos los pueblos por los que pasan, capaces de matar a sangre fría a cualquiera que se interponga entre sus pencos y ellos. Un día su jefe, Commodore, les ordena que se dirijan a California para asesinar a un químico llamado Hermann Kermit Warm (Riz Ahmed), que ha descubierto un método para encontrar oro en los ríos con mucha facilidad. En el camino de esos protagonistas hay ímpetu, hostilidad, lealtad, avaricia que destruye vidas y un discreto retrato sobre la hermandad que impone su poder frente a la independencia.

Los hermanos Sisters son personajes de personalidades muy disímiles y están estupendamente interpretados por los correctos Joaquin Phoenix y John C. Reilly. Uno es extrovertido, está atormentado y goza de la impulsividad. El otro es taciturno, algo tonto, pero esconde un corazón gentil detrás de la frialdad. Y me creo lo que hacen. Phoenix como Charlie Sisters es el hermano menor que asume el liderazgo y actúa como una figura patriarcal con su hermano mayor, Eli. Es cínico, soberbio y posee una predilección para los problemas. Cuando no está matando rufianes, se va de parranda a buscar mujeres y a emborracharse en la cantina más cercana, siempre acompañado de su hermano. No obstante, Reilly como Eli Sisters es la antítesis de Charlie. Se muestra como un hombre indeciso que ha sido siniestrado por el pasado, desolado por la culpa de no haber podido ejecutar a su abusivo padre para salvar a su familia, pero, también, desea abandonar la vida de matón. Le añade un componente cómico a la aventura de ambos, como en la escena en la que con una cara de despistado aprende a utilizar el cepillo de dientes o cuando intenta acostarse con una prostituta.

Estos protagonistas, Charlie y Eli, son los estereotipos habituales del vaquero norteamericano más salvaje que sabe utilizar la pistola, pero que es vulnerable como cualquier persona a cosas tan terribles como el abuso patriarcal, el dolor desatado por la traición, la mordedura de una araña (alegoría del sufrimiento y la vulnerabilidad), la imposibilidad de adaptarse a la modernidad, la amputación de un brazo y los servicios funerales que simbolizan que el western, como género, está muriendo. Esos significados se complementan con las acciones que toman al reunirse con el cordial cazarrecompensas John Morris (Jake Gyllenhaal) y con el hombre que buscan, Hermann Kermit (Riz Ahmed). Cuando se reúnen con John Morris y con Hermann Kermit visualizan una posibilidad de escapar de la miseria y negocian con ellos para buscar oro. Pero, como era de esperarse, la codicia los arruina y los deshumaniza. Los cuatro personajes representan las dicotomías de dos clases sociales que colisionan por un bien común.

Audiard, guiado por un sentido estético insondable, encuadra a los hermanos Sisters regularmente en planos de dos para deconstruir la mitología estructural del western y, a la vez, elaborar una poderosa metáfora textual sobre los claroscuros ideológicos presentes en una sociedad norteamericana que se desmorona desde el interior cuando sus habitantes se matan por las riquezas para construir sus sueños utópicos (metaforizado en la secuencia de la búsqueda de oro en el río). Imprime sobriedad al viejo oeste. Percibo autenticidad en su construcción del período. Coloca la cámara en espacios grandilocuentes que ofrecen un sentido de desplazamiento. Su depuración narrativa crea giros que rompe con los estándares del género, como la climática visita de Charlie y Eli para acabar con Commodore y sus secuaces y se sorprenden al saber que él ya está muerto. Pone a sus personajes a contemplar la redención en una sociedad que los aguijonea abruptamente hacia la fatalidad, la mezquindad y la incertidumbre. En medio de la oscuridad que eso supone, está el otro lado del visor, la luz que resalta el humanismo más pacificador de una familia unida que es la única salvación posible. Su western me ha gustado. Muy pocas veces he visto algo así en este género.


Ficha técnica
Año: 2018
Título originalLes frères Sisters
Duración: 2 hr 02 min
País: Francia, Estados Unidos
Director: Jacques Audiard
Guion: Jacques Audiard, Thomas Bidegain
Música: Alexandre Desplat
Fotografía: Benoit Debie
Reparto: Joaquin Phoenix, John C. Reilly, Jake Gyllenhaal, Riz Ahmed
Calificación: 7/10





Sinopsis: En el año 1850, Charlie y Eli Sisters viven en un mundo salvaje y hostil, en plena fiebre del oro. Tienen las manos manchadas de sangre: la sangre tanto de criminales como de personas inocentes. No tienen escrúpulos a la hora de matar. Es su trabajo. Charlie (Joaquin Phoenix), el hermano pequeño, nació para matar. Eli (John C. Reilly), sin embargo, sueña con llevar una vida normal. Ambos son contratados por el Comodoro para encontrar y matar a Hermann Kermit Warm (Riz Ahmed), un buscador de oro. De Oregón a California arranca una caza despiadada, un viaje iniciático que pondrá a prueba el demencial vínculo entre los dos hermanos.


Admito que fui a ver la película Shazam! con cierto escepticismo. Entré a la sala de cine pensando en que se trataba de otra de esas películas aburridas que a veces salen de la mente creativa de la gente de DC Films, de las que solo me ha gustado, por supuesto, la infravalorada Man of Steel. Al ver que había muy poca gente me sentí aliviado. Pero la proyección tardaba en iniciarse y comencé a impacientarme. Tuve que aguantar los chirridos de una manada de niños acompañados de sus padres y los usuales treinta minutos de anuncios comerciales. Pensaba que todo eso que sucedía era una especie de premonición. Por suerte la cosa se calmó cuando comenzó la película. En un principio, casi no me emocionaba lo que veía. No obstante, al salir de allí, dos horas después, mi escepticismo había desaparecido y fue sustituido por una sonrisa de satisfacción. Me hizo sentir como un niño que abre regalos en una noche de navidad cualquiera. Es una buena película de superhéroes. Y supone el preámbulo de uno de los héroes más poderosos y divertidos del catálogo de DC. 

La película, que marca la primera aparición de Shazam en la gran pantalla desde la cinta serial de 1941 "Adventures of Captain Marvel" (período en el que era conocido como Captain Marvel), adquiere un vendaval de ligereza al no tomarse nada en serio. Cuando escucho la palabra mágica se vuelve entretenida, siempre encadenada de los artificios del género para satirizar, prácticamente, todos los componentes de los cómics de superhéroes. Y lo que veo es genial. La historia de Billy Batson es interesante y cobra mayor ímpetu con la presencia de Zachary Levi. En su núcleo encuentro un moderado comentario sobre la amistad, la honestidad y el valor de los lazos familiares. La trama tiene algunas sorpresas. Las secuencias de acción me emocionan cuando Billy pone a prueba sus superpoderes. Las referencias a otros superhéroes son sutiles. Los diálogos me producen mucha risa. Posee el vigor que tanto necesitaba el universo extendido de DC. 

En la película seguimos a un muchacho de 14 años que se llama Billy Batson (Asher Angel) y que se ha quedado huérfano desde que se separó de su madre, hecho que lo ha marcado profundamente. Vive en Filadelfia. Es un chico travieso, a veces malhumorado y rebelde, que hace las cosas a su manera. Lo único que le interesa es encontrar a su madre. Su actitud lo ha llevado a abandonar todas las casas de los padres que lo adoptan. Pronto es adoptado por Víctor (Cooper Andrews) y Rosa Vásquez (Marta Milans), donde tiene que compartir con sus nuevos hermanos adoptivos, Mary Bromfield (Grace Fulton), Pedro (Jovan Armand), Eugene Choi (Ian Chen), Darla (Faithe Herman) y Freddy Freeman (Jack Dylan Grazer). 

En un principio a Billy le cuesta adaptarse a problemas de la adolescencia como la vergüenza, el consentimiento de los demás y la convivencia familiar con sus nuevos hermanos, pero poco a poco lo supera cuando, por su corazón noble, es elegido por un anciano moribundo, Shazam (Djimon Hounsou), como su sucesor, otorgándole una serie de superpoderes que se activan diciendo la palabra “¡Shazam!” y que lo convierten en un hombre musculoso vestido de rojo y con capa blanca.

La magia de la película reside en la forma tan descabellada en que su narrativa emplea la fórmula superheroica cada vez que el protagonista grita la señal fantástica y expone sus poderes. Está consciente de sus artimañas genéricas y casi siempre deja entrever con una sencillez infantil que se trata de un mundo habitado por chavales que juegan a ser encapotados y que idolatran a otros tan populares como Batman o Superman. Nos pasea con Billy Batson por situaciones que pueden ser un tanto absurdas, pero que divierten un montón cuando lo ponen a pasar trabajo para modelar su identidad como Shazam, haciendo travesuras que solo haría un chico de esa edad en dicha circunstancia: causar destrozos, intentar comprar bebidas alcohólicas, prenderse fuego, dispararse con armas, entrar a lugares frecuentados por adultos, saltar por los edificios, desear volar por los cielos, formar exhibiciones públicas a cambio de dinero, subir el contenido a YouTube, en fin, vanagloriarse con sus habilidades recién adquiridas. 

Pero por otra parte, muestra las consecuencias de esos actos y hace que Billy se responsabilice por sus acciones como todo adolescente ordinario, enfrentándose al típico antagonista sin mucho desarrollo, Doctor Sivana, (Mark Strong) para comprender, junto a sus hermanos, que la unión hace la fuerza. El tono, no obstante, es el de una comedia de mayoría de edad que marcha para aligerar la acción de algunas de las secuencias y la seriedad que refleja la metáfora sobre el poder de la familia unida alejada de cualquier rastro de egoísmo.

Considerando la cantidad de películas que se estrenan cada año del género de encapuchados, esta película del director David F. Sandberg ("Lights Out") supone un soplo de aire fresco al contar los orígenes de uno de los personajes más longevos de los cómics norteamericanos. Me ha entretenido mucho. Los efectos visuales son muy adecuados para su presupuesto. El ritmo es invariable. El humor, que me recuerda aquella comedia ochentera "Big", es constante y funciona en los momentos menos esperados. La química existente entre el carismático Billy Batson de Zachary Levi y la familia de huérfanos es muy agradable. Es una película de superhéroes disfrutable, sencilla, algo trivial, pero desviada de pretensiones y empapada de una gracia con la que he pasado un buen rato observando las ocurrencias de este peculiar superhéroe que, durante mucho tiempo, fue el verdadero Capitán Maravilla.


Ficha técnica
Año: 2019
Duración: 2 hr 12 min
País: Estados Unidos
Director: David F. Sandberg
Guion: Henry Gayden, C.C. Beck, Bill Parker
Música: Benjamin Wallfisch
Fotografía: Maxime Alexandre
Reparto: Zachary Levi, Mark Strong, Jack Dylan Grazer
Calificación: 7/10





Sinopsis: Cuando Billy Batson (Angel), un chaval de acogida de 14 años que ha crecido en las calles, grita la palabra 'SHAZAM!', se convierte en el Superhéroe adulto Shazam (Levi), por cortesía de un antiguo mago.



Sospecho que al director Jordan Peele ha llegado a un estatus en el que puede hacer lo que le dé la gana en Hollywood. Las dos películas que ha dirigido (en el momento en que escribo estas líneas) no solo han revitalizado el decadente género del terror haciendo que muchísima gente se interese por ellas, sino que, también, han recaudado una millonada tal en la taquilla que, imagino que tiene muy contentos a los ejecutivos de la Universal para que él haga lo que desee. Una de ellas es Get Out, la ópera prima de bajo presupuesto con la que debutó en 2017 y con la que me propició muchos sustos cuando atestiguaba su tesis de terror social sobre los prejuicios raciales. El éxito garantizado de Get Out le hizo dirigir la otra película. Se trata de Us. Y es otra propuesta de terror con un comentario social, pero ahora apuesta por el clásico argumento del doppelgänger para crear algo insólito y visceral. 

Con esta película, Peele experimenta nuevamente con el terror psicológico y los subterfugios del subgénero de home invasion, pero con la intención de utilizar el tema del doble malvado para concebir una poderosa parábola sociopolítica sobre una desigualdad que está presente en todos los estratos de la sociedad estadounidense. Su narrativa es ligera, retorcida, inquietante. Casi no siento los sustos, pero el suspenso me atrapa. Los giros de la trama me sorprenden. La musicalización es correcta. Combina el ritmo con una porción mesurada de violencia, humor y una atmósfera tan apocalíptica como ilusoria. Cuando vislumbro esas lecturas, el miedo cobra sentido y me creo tan despavorido como la familia afroamericana que intenta sobrevivir a la catástrofe. Observo asimismo una estupenda actuación de la camaleónica Lupita Nyong’o. Su presencia eleva la narración que por intervalos es previsible. Es un ejercicio de género que, además de entretener con su horror fantástico, me invita a reflexionar.  

La historia de la película nos pasea por las vicisitudes de una familia afroamericana, desde la óptica de la matriarca, Adelaide Wilson (Lupita Nyong’o); una mujer que en la infancia, visitando un parque de diversiones con sus padres en la playa de Santa Cruz, sufrió un trauma psicológico al entrar en una casa maldita llena de espejos, descubriendo a una muchachita idéntica a ella. Superada la herida en la adultez, Adelaide vive con su esposo, Gabe (Winston Duke), y sus dos hijos, Zora (Shahadi Wright Joseph) y Jason (Evan Alex), en una residencia en California. Son una familia pudiente. Aprovechando el verano, deciden irse de vacaciones a una casa de veraneo situada en un bosque en los alrededores de un lago y muy cercana a la playa donde transcurrió el incidente de Adelaide. Todo sigue su curso normal. No obstante, una noche la familia recibe la visita inesperada de cuatro seres siniestros vestidos de rojo,  todos cogidos de la mano como si estuviesen simbolizando una unión. Se ponen en pie delante de la vivienda. Uno de ellos sostiene una tijera larguísima en sus manos. Adelaide y su familia se sienten amenazados. Y pronto descubren que los individuos fantasmales son los dobles de ellos mismos. 

Peele, con guion firmado por él mismo, evade los regodeos narrativos y las explicaciones innecesarias para ir directo al grano: a poner a la familia Wilson a sufrir en circunstancias aberrantes para que, en medio de la noche más aterradora y del amanecer de los muertos, se mantengan unidos ante la adversidad. El terror automatizado que atraviesan desnuda el lado más oscuro de la condición humana y logra que ellos puedan conocerse a sí mismos, mientras resisten a la invasión de gemelos anómalos con voces guturales. En el camino de ellos hay pugnas a tijerazos, niños incendiados como mártires, cadenas humanas a prueba de muros marca Trump y referencias bíblicas que reflejan el pandemónium. Peleando con su propia sombra, cada miembro de la familia Wilson aprende a superar sus temores internos, a remodelar lo que conocían como moralidad, a reflexionar sobre las cosas que deshumanizan y dividen al hombre. La más afectada es la protagonista, Adelaide, quien combatiendo a su doppelgänger, Red, conoce los males laminados en la realidad cotidiana como el hambre, la pobreza, la inequidad. Pero, también, aprende a ser una mujer robustecida que reconoce el significado verdadero de ser madre. 

Poco me importa que la trama elaborada por Peele no indague en la supuesta naturaleza de los dobles o en algunas situaciones arregladas a favor de la familia afroamericana, que bien podría salirse de los componentes del género. La hipérbole está justificada. Lo que me interesa es la manera tan lúcida en que son presentados los paralelismos alegóricos entre clases sociales. Entre los pobres y los ricos. Entre los negros y los blancos. Los claroscuros de cualquier colectividad capitalista. Las entelequias vestidas de carmesí encarnan las minorías de personas que viven oscurecidas en la miseria absoluta, que han sido evisceradas por la exclusión, que no tienen techo para vivir, que recogen el menú del basurero para encontrar algo de comida cuando tienen hambre, que visten de un rojo ensangrentado que evoca sacrificio para exigir un trato más humano, que manejan las tijeras para romper las cadenas de esa esclavitud. Se esconden tras las sombras de una mayoría de individuos que han sido iluminados con el bienestar social (simbolizado con conejos). La familia Wilson y la familia de vecinos caucásicos, Josh (Tim Heidecker), Kitty Tyler (Elisabeth Moss) y sus dos hijas, forman parte de esa división étnica y social que refleja, a modo de metáfora, la disconformidad engendrada por el mercantilismo más feroz en el mundo del consumo. 

Con estos textos sobre la pantalla, Peele edifica una película de terror novedosa que, a pesar de la aparente predictibilidad en la que sé con antelación que la familia negra va a subsistir por la fuerza, me ha mantenido enganchado del asiento durante dos horas que pasan volando. La estética de su mundo es pesadillesca, me resulta muy atrayente. El leitmotiv de Luniz, I Got 5 on It, me trae recuerdos. La actuación doble de Lupita Nyong’o me transmite espantos muy marcados. Lo más irónico, sin embargo, me pasó al salir del cine luego de verla. Caminaba por la acera en medio de la oscuridad. Era de noche. Llovía mucho. No tenía sombrilla. De repente, como la luz de un rayo en la tormenta más agitada, me iluminó un anuncio publicitario que decía: “todos somos iguales en dignidad y derechos.” Me detuve a pensar en medio de la lluvia. El anuncio me sacó una sonrisa de esas que son irónicas. Creo que a eso se refiere el “nosotros” de la película. Y su antítesis es el terror que todos ignoramos, ese que reside en nuestro interior que hace que nos fraccionemos.


Ficha técnica
Año: 2019
Duración: 1 hr 59 min
País: Estados Unidos
Director: Jordan Peele
Guion: Jordan Peele
Música: Michael Abels
Fotografía: Mike Gioulakis
Reparto: Lupita Nyong'o, Winston Duke, Elisabeth Moss, Tim Heidecker
Calificación: 7/10







Sinopsis: Adelaide Wilson es una mujer que vuelve al hogar de su infancia en la costa junto a su marido, Gabe, y sus dos hijos, para una idílica escapada veraniega. Después de un tenso día en la playa con sus amigos, Adelaide y su familia vuelven a la casa donde están pasando las vacaciones. Cuando cae la noche, los Wilson descubren la silueta de cuatro figuras cogidas de la mano y en pie delante de la vivienda.



Imagino que soy de los pocos cinéfilos que consideran a Suspiria, la película de terror giallo de Dario Argento, una cinta sin muchas luces. O mejor dicho mediocre. Cuando la vi, por primera y única vez, no sentí casi nada viendo a Jessica Harper arrinconada en un manicomio de brujas disfrazado de colegio de ballet. Notaba irregularidad en los artificios. La narrativa era frágil. Con frecuencia bostezaba. Pero reconocía al instante esa estética vistosa en la que los intensos colores y planos atrevidos adornaban el itinerario infernal de la protagonista. Hoy en día la he olvidado. Pero como la historia se repite, me ha tocado ver una nueva versión de Suspiria que dirige el director italiano Luca Guadagnino (I Am Love, A Bigger Splash, Call Me By Your Name). Este señor, que para algunos ha cometido una osadía al rehacer el clásico italiano (a mí me da igual), a mi modo de verlo, erige algo muy diferente al filme de Argento de 1977.

Guadagnino me muestra una película que se ve muy atmosférica cuando aprieta las teclas más oscuras del terror psicológico, con identidad estilística, muy alejada del ligero clásico de Argento. Ofrece un profundo discurso sobre los sacrificios de la maternidad y la emancipación de la mujer que va más allá de cualquier bifurcación ideológica. Posee un misterio que comienza a despertar mi morbo con el argumento de estas mujeres que danzan al ritmo de unas institutrices muy siniestras. Veo cosas espantosas como bailes que quebrantan los huesos de algunas bailarinas ingenuas, también deseos sexuales reprimidos, erotismo, frustraciones, manipulación y un elaborado culto de lo macabro en el que la sangre sobra para llenar un río en los tiempos de sequía. No obstante, me quedo con una cara de piedra cuando soy testigo ocular de su narración. Y permanezco impávido con las acciones de las protagonistas que son atormentadas por el horror, hasta que el clímax me suscita moderadas emociones.

La historia de la película nos traslada al Berlín Occidental en el año 1977 para conocer a una bailarina de nombre Susie Bannion (Dakota Johnson). Susie es una joven estadounidense que ha viajado a Alemania con el fin de cursar los estudios de danza en una escuela para chicas que es muy prestigiosa. Logra entrar, a pesar de no tener entrenamiento previo. Allí conoce a la institutriz principal, Madame Blanc (Tilda Swinton), una profesora que demanda lo mejor de las alumnas y que reconoce al instante el talento natural que tiene Susie. Pero Susie desconoce que se ha metido, lentamente, en el hoyo del diablo. El mismo día que ingresa a la academia una antigua estudiante, Patricia Hingle (Chloe Grace Moretz), es asesinada. El incidente despierta las dudas de algunas discípulas que sospechan que algo aterrador sucede en el recinto, incluyendo la posibilidad de aquelarres horrendos, matronas con poderes sobrenaturales que buscan imponer su autoridad ante cualquiera que desobedezca y brujas que por vanidad desean hechizar a las jóvenes para rejuvenecerse.

Observo que los motivos de las protagonistas, con los que se intenta concebir un hálito de intimismo, siempre son de una sola dimensión. Sus detonantes no constituyen para mi ninguna sorpresa. Susie es la protagonista a la que olvidas una vez que ruedan los créditos. Su personalidad, interpretada con flojedad por Dakota Johnson, carece de vigor y parece que solo es buena para coreografías de danza. Es la muchacha que funciona como subterfugio de la trama de las brujas, y todo luce fríamente premeditado a su favor. Personajes secundarios como Olga y Sara son explotadas como princesas del grito a merced de los ritos de las brujas, algo que anticipo fácilmente. Tampoco me resulta interesante el psicoterapeuta, Dr. Josef Klemperer (Tilda Swinton como Lutz Ebersdorf, adornada con un maquillaje artificioso), cuya función es la de ser un detective sin mucha presencia empeñado en saber la verdad sobre la brujería de la academia. Solo me convence la siempre estupenda Tilda Swinton como Madame Blanc, quien con su apariencia imponente y su rostro estoico me hipnotiza cuando transmite cosas tan necesarias como el estremecimiento, el miedo y la serenidad.

Guadagnino deja claro, desde el principio, que el universo de la película está habitado por mujeres. Relega el rol del hombre a un segundo plano para agudizar lecturas discursivas que tienen un carácter feminista. Empleando metáforas sobre las tres edades de la mujer (joven, adulta y anciana), revela que la mujer contemporánea se ha independizado de todas las artimañas de la política de género patriarcal y de los estereotipos más conservadores. El arte de la danza es el medio que la libera de esas ataduras políticas (representada por la división interna entre Madre Markos y Madame Blanc), de los tabúes de la sexualidad y de la compleja naturaleza del cuerpo femenino. Están encerradas en su propio mundo (la academia) que es, a la vez, un simbolismo muy articulado de la propia lucha interna de la mujer dentro de su organismo, lugar donde reside su máximo poder, que es el de engendrar la vida. De las entrañas de este “vientre” ensangrentado por el ritual de la danza del nacimiento, es engendrada la nueva Susie como la madre compasiva, que es, prácticamente, su destino: abandonar el estado embrionario de la juventud para madurar y asumir de nuevo las circunstancias del “matriarcado”. El color rojizo representa la sangre de su sacrificio. La catarsis es su liberación. El arte y el poder de la mujer se hallan en su vientre. Toda la travesía de Susie se convierte en una síntesis muy alegórica sobre el significado de la maternidad.

El desacierto de la película radica en la manera tan trillada en que Guadagnino presenta las marañas narrativas de las protagonistas y en una estética gótica que me aburre. Las secuencias de baile me dejan indiferente. No me sirve de nada su tesis sobre la compasión, la feminidad y la puericultura. Solo me emociona la secuencia climática en la que Susie, acompañada de su amada Madame Blanc y de muchas mujeres desnudas, se ofrece en carne y alma para destronar a la Madre Markos y dejar ver su verdadera identidad como Madre Suspiriorum, consolidando todo a su estado natural de ecuanimidad. La violencia es sumamente realista. Distingo cierta plasticidad en las imágenes, pero también poca sustancia y un metraje demasiado extenso. Por lo menos, la brillante banda sonora de Thom Yorke me ayuda a olvidar el resultado.


Ficha técnica
Año: 2018
Duración: 2 hr 32 min
País: Italia
Director: Luca Guadagnino
Guion: Dave Kajganich
Música: Thom Yorke
Fotografía: Sayombhu Mukdeeprom
Reparto: Dakota Johnson,  Tilda Swinton,  Chloë Grace Moretz,  Mia Goth,  Jessica Harper
Calificación: 6/10







Sinopsis: Susie Bannion (Dakota Johnson) es una joven estadounidense que viaja a Berlín para cursar sus estudios de danza en una de las escuelas más prestigiosas del mundo, dirigida por Madame Blanc (Tilda Swinton). El mismo día en el que ingresa en la escuela, una de las alumnas recientemente expulsada es asesinada. No se trata de un hecho aislado, lo que hace sospechar a la brillante estudiante sobre la implicación de la escuela en los homicidios. Su desconfianza aumenta cuando una compañera le cuenta que antes de que Pat muriera, ésta le confesó que conocía un terrorífico secreto.





Imagino que para el estudio de Kevin Feige la película Captain Marvel debe representar un hito sin precedentes en el catálogo de cintas taquilleras que han producido hasta ahora. Introduce, con una creatividad que se ha ido de vacaciones, a la primera superheroína que protagoniza un largometraje dentro de su universo cinematográfico, luego de que durante varios años sus personajes femeninos hayan sido relegados a roles secundarios, frente a la hegemonía de héroes masculinos. Se acabó la desventaja. Se llama Carol Danvers. Algunos la llaman Capitana Marvel. Y es una de las mujeres más poderosas concebidas por los cómics de Marvel. Me dicen también que es la respuesta directa a la Mujer Maravilla de DC, aunque no sea tan popular como ella. Para mí, no obstante, la película representa una pérdida de tiempo irreparable al tener un problema fundamental que maltrata la introducción de la famosa heroína.

La película de Anna Boden y Ryan Fleck no consigue emocionarme en ninguno de los escenarios que presenta. Tropieza, en ocasiones, con los componentes más deslucidos de una fórmula genérica que está al servicio de la tontería. El ritmo me deja frígido. Lo que pasa no me sorprende. Su estilo visual es muy blando cuando desata la pirotecnia espacial, o cuando evoca una nostalgia apática tocando las referencias culturales de los años noventa. Pienso que me está engañando cuando atestiguo unas decisiones narrativas mecánicas y muy previsibles engendrando la acción, comúnmente adornadas con unos villanos sin nada de enjundia que tienen el único propósito de servir de resorte para modelar la identidad de la amnésica Carol Danvers de Brie Larson, en cuya personalidad, alejada de estereotipos, por lo menos encuentro algo de magnetismo.

La historia de la película se sitúa en los años 90 y muestra a Carol Danvers (Brie Larson) atravesando diversas circunstancias, primero, para recuperar la memoria y conocer un pasado que le parece difuso y, segundo, con el objetivo de detener a toda costa una raza alienígena conocida como Skrulls, que tienen la capacidad de transformarse en cualquier individuo. Para que esto suceda, traslada a Danvers desde el planeta del imperio Kree, donde tiene como mentor a Yon-Rogg (Jude Law), hombre que le enseña a controlar sus poderes recién adquiridos y las emociones que moldean su carácter, hasta llegar al planeta Tierra para conocer a un agente de S.H.I.E.L.D, Nick Fury (un rejuvenecido Samuel L. Jackson con tecnología digital), que se unirá a su travesía junto a un gato muy peculiar. El resto es pastiche.

El argumento de la película me desanima cuando veo que la protagonista es perseguida por los supuestos enemigos liderados por un tal Talo (Ben Mendelsohn) y decide enfrentarse a ellos, una y otra vez, en persecuciones que no poseen nada de emoción. Me harto de la insistencia de los directores de meter unos guiños de los noventa que casi no se dejan sentir, de unas secuencias de acción en la que los golpes que asesta a los tipos malos lucen infantiles, de unas situaciones facilonas de las que ella sale airosa sin ningún tipo de inconveniente. Tampoco constituye para mí una sorpresa el giro que revela que el verdadero ruin a fin de cuenta es Yon-Rogg y que es el principal responsable de la muerte de la señora de los sueños de Danvers, la Dr. Wendy Lawnson (Annette Benning), quien era la jefa de Danvers en la Tierra, pero que en el mundo de los Kree era conocida como Mar-Vell, mujer de ciencia que ayudaba a los refugiados Skrull.

La película, encaramada en esas modas feministas que tanto veo en las redes sociales, ofrece una lectura discursiva sobre el empoderamiento femenino de una mujer autónoma que no depende del hombre para resolver las contrariedades laminadas en la realidad y cuya fuerza proviene del interior. Es la mujer que se ha liberado de las ataduras propiciadas por el dominio masculino. Supongo que es también la razón por la que los roles de Mar-Vell y de Yon-Rogg han sido invertidos. En la mayoría de las escenas coloca a los hombres con irrelevancia para que solo las mujeres puedan resolver los problemas, como los momentos en que la amiga afroamericana corrige la pérdida de recordación de la protagonista blanca, o, también, en la batalla de los sexos del tercer acto en la que la Capitana Marvel interrumpe de una trompada el discurso trivial del antagonista para demostrar su superioridad, pero que, aun así lo ayuda a levantarse para subsanar la metáfora de la equidad.

Esa autonomía femenina es aprovechada por Brie Larson para personificar a Carol Danvers con su estoicismo, su prepotencia y con un rostro ataráxico que le cuesta reírse, algo que, reconozco, me atrae mucho. La separa, asimismo, de todo estereotipo sexista, casi recurriendo a una imagen de autoridad, como una mujer dominante que toma la iniciativa por sí sola ante cualquier situación. Su estrella rubia con traje de látex rojo y azul y con el peculiar mohawk que adorna su cabeza cuando activa su máscara, es muy diferente a todas las que ha exhibido Marvel en el cine.

El desliz de la película reside, sin embargo, en la manera tan desaforada en que ilustra a unos personajes secundarios vacíos y la fabricación calculada de una trama que pone en el tapete, sin nada de entusiasmo, dificultades baladíes para que la heroína que casi no se ríe haga las usuales hazañas de espantar a los indecorosos que vienen de otro rincón de la galaxia. Lo peor del caso es que he ido al cine pensando en que se trataba de una maravilla. Cuánto me he lamentado al salir de allí. Es un fiasco. Un blockbuster mediocre que nunca termina de despegar para ser entretenido.

Ficha técnica
Año: 2019
Duración: 2 hr 03 min
País: Estados Unidos
Director: Anna Boden,  Ryan Fleck
Guion: Anna Boden, Ryan Fleck, Geneva Robertson-Dworet
Música: Pinar Toprak
Fotografía: Ben Davis
Reparto: Brie Larson,  Samuel L. Jackson,  Jude Law,  Ben Mendelsohn,  Gemma Chan
Calificación: 5/10







Sinopsis: La historia sigue a Carol Danvers mientras se convierte en uno de los héroes más poderosos del universo, cuando la Tierra se encuentra atrapada en medio de una guerra galáctica entre dos razas alienígenas.



El cine del director danés Lars von Trier siempre ha desatado polémica cuando presenta películas que resultan subversivas para los espectadores que actúan como los jueces de la moral, aunque eso no impide que casi todas sean maravillosas. Los temas edificados en sus películas hablan de la crueldad soterrada del mundo, de la angustia y el sacrificio de gente que es maltratada por una sociedad intolerante, de lo absurdo que puede ser la existencia ante el destino, de la sexualidad que desnuda los prejuicios del hombre y de la mujer, de la violencia que lleva la transgresión hasta los límites más insospechados de la censura, del arte que rompe con la estratósfera de la racionalidad. Está constituido de códigos abstractos y de una narrativa rigurosa que pueden partir de una provocación para suscitar una idea poética más elevada.

En su última película, The House That Jack Built, Von Trier hace justamente esto: provocar, pero regresando a la brillantez por la que se ha caracterizado su estilo, empleando el formalismo más rupturista para crear algo novedoso en el género del terror psicológico. Narra la historia de Jack, un homicida sofisticado, para elaborar una metáfora poderosísima sobre la función que tiene el arte como una forma de expresión humana alejada de cualquier rastro de moralidad; una que es universal y que, con insertos muy simbólicos, nos pasea por cosas tan preciosas como la música, la arquitectura, la escultura, la literatura, la poesía, la fotografía y la pintura. Sus diálogos tienen vocación por la filosofía más sobria, y la narración fluye como la barca de Dante en las aguas de la laguna Estigia.

La historia de la película, dividida en cinco incidentes sin orden cronológico específico, describe la vida de Jack (Matt Dillon), el asesino en serie que tiene el pasatiempo de ser misántropo, en el transcurso de 12 años durante la década de los setenta y los ochenta en el estado de Washington. En ese tiempo, manejando una peculiar camioneta roja, se dedica a buscar mujeres para asesinarlas brutalmente y almacenar sus cadáveres en un congelador industrial, donde las conserva cuidadosamente disecadas, pero lo hace con un propósito mayor. Como Jack ha fracasado como ingeniero, recurre a la arquitectura [del asesinato] para ser un artista, pues su sueño es construir una residencia gigante con los materiales adecuados [restos] para poder vivir. Para Jack, ultimar personas es una especie de arte. A lo largo del film, no obstante, por medio de una voz en off sostiene conversaciones con Verge (Bruno Ganz), un personaje misterioso que se halla fuera de campo, relatando a detalle los sucesos, algunas de las cuales incluyen el arte, la filosofía, la ética, la cultura y la mirada amoral que Jack tiene sobre el mundo.

El argumento de la película propone que el Señor Sofisticación (como la prensa apoda a Jack), con su gélida y compulsiva personalidad, visualiza una obra de arte en cada uno de los crímenes que ejecuta. Y el pensamiento de concebir una nueva obra le puede llegar a Jack en cualquier momento o calculando meticulosamente sus acciones, como en la escena en la que se encuentra a una mujer (Uma Thurman) estacionada en la carretera porque necesita ayuda y, luego de ayudarla, la mata golpeándola en la cara con un gato por hablar demasiado. También al presentarse en la vivienda de una señora fingiendo ser policía y un agente de seguros que, garantizándole un aumento de pensión, termina ahorcándola con sus propias manos cuando lo deja entrar. O la chocante escena en la que se va de picnic y de cacería por el bosque con una mujer y sus dos hijos y les dispara a sangre fría con un rifle de alto calibre, todo para componer un lienzo en la tierra con los cuerpos de los tres y varios cuervos muertos. 

El acto transgresivo, representado por "el homicidio", es la catarsis que libera al artista (Jack) de las cadenas de la crisis creativa, tal y como Jack le dice a Verge: “no mires los actos, mira las obras”.

La estética impecable de la cinta resalta la agitada subjetividad de Jack recurriendo a los medios usuales acomodados por Von Trier: una cámara en mano que sigue a Jack constantemente y que, a través de un montaje muy rítmico, intensifica su mirada con primeros planos agobiantes y con planos de inserto colmados de imágenes históricas que se yuxtaponen, paralelamente, a las contravenciones que realiza. La música extradiegética, que va desde Bowie hasta Bach, también sirve para precisar el estado de ánimo de Jack y para dimensionar su nivel de satisfacción tras una labor ejecutada. Asimismo, los instrumentos de trabajo con los que Jack compone las obras están pintados de un color rojo que simboliza, tanto las emociones que Jack siente al cometer el crimen, como la consecuente violencia y el peligro al que se exponen sus víctimas. Son recursos estéticos que fortalecen la naturaleza episódica del relato y la figura del protagonista.

Con esta fábula al servicio de la perversidad y del humor negro más consecuente, Von Trier esculpe nuevamente una película que es tan cautivadora como provocativa, con una actuación sumamente metódica de un soberbio Matt Dillon. Ilustra (con claras referencias a Blake, Alighieri, Delacroix, Goethe y el mismo cine del realizador) los claroscuros interminables de los mitos del artista, diciéndonos que este crea, destruye y está condenado a incinerarse en las profundidades de un infierno cuando abandona su arte, como le sucede a Jack, en una de las secuencias más magníficas y oníricas de toda la película, al ser interrumpido por la muerte (el Virgilio de la Divina Comedia) cuando intenta erigir su obra maestra alineando a cinco hombres amarrados de distintas etnias para dispararle a corta distancia con una sola bala, pero que, irónicamente, termina haciendo otra obra: su anhelada casa; acto que es una alegoría extraordinaria del potencial que tiene el arte para unificar a la humanidad y para condenar de manera maldita al poseedor del ingenio. Es una película fascinante.


Ficha técnica
Año: 2018
Duración: 2 hr 32 min
País: Dinamarca
Director: Lars von Trier
Guion: Lars von Trier
Música: 
Fotografía: Manuel Alberto Claro
Reparto: Matt Dillon,  Bruno Ganz,  Uma Thurman,  Riley Keough,  Sofie Gråbøl,
Calificación: 8/10







Sinopsis: Estados Unidos, década de 1970. Seguimos al brillante Jack durante un período de 12 años, descubriendo los asesinatos que marcarán su evolución como asesino en serie. La historia se vive desde el punto de vista de Jack, quien considera que cada uno de sus asesinatos es una obra de arte en sí misma.


Vice es una película biográfica que pone en el tapete un tema que nunca pasa de moda: el poder, esa sustancia adictiva que corrompe la moralidad del ser humano y que lo destruye cuando se deja invadir por una cosa tan irremediable como la ambición. Apartada de los convencionalismos del género, narra la trayectoria de Dick Cheney, personaje siniestro de la política contemporánea estadounidense que durante los dos gobiernos de George W. Bush utilizaba todo su poderío para tomar decisiones (incluso por encima del presidente) que afectarían al mundo entero. Y el retrato es interesante. A través de la figura de Cheney, catalogado como el vicepresidente más poderoso de la historia de los Estados Unidos, se muestra a puertas cerradas la vida de un burócrata discreto que, desprovisto de todo escrúpulo moral, se burla de la democracia para conseguir intereses personales.

La película, dirigida por Adam Mckay (director de la parodia financiera The Big Short), adquiere un ritmo vigoroso al cristalizar la historia del vicepresidente maligno, repartiendo los mejores momentos entre el drama biográfico, la comedia negra y la crítica sociopolítica más explícita. Hay cinismo, hipocresía, amoralidad y falacias en la crónica, adornada, casi siempre, como una afilada sátira sobre los vicios del poder y la manipulación burocrática que se pasea por los pasillos de las altas esferas políticas. Siempre conserva su naturaleza bufonesca y metaficcional, principalmente cuando los personajes rompen la cuartad pared para hablarle a la cámara. Su trabajo de maquillaje es riguroso, y el montaje logra conferir un estilo de falso documental (cercano al cine de Stone) que salta en el tiempo contando varias facetas de la carrera política de Cheney, interpretado magníficamente por un Christian Bale que está irreconocible.

Para dar a conocer a Cheney, la película recurre a Kurt (Jesse Plemons), un narrador intruso que ha sido testigo ocular y víctima de las resoluciones del funcionario por haber participado en la guerra contra Irak. Este narrador, como si fuera una especie de biógrafo no autorizado, nos cuenta los orígenes de Cheney desde que, en los años sesenta, es un donnadie a favor del alcohol que abandonó sus estudios en la universidad de Yale y un trabajador que cuelga cables para ganarse la vida en Wyoming, hasta los días en que es un vicepresidente que ejecuta órdenes drásticas en la Casa Blanca durante los atentados terroristas del 11 de septiembre; y, asimismo, de cómo la esposa de Cheney, Lynne Cheney (Amy Adams) lo influencia para que cambie su modus vivendi metiéndose a la política, comenzando a trabajar como republicano en el gobierno de Nixon y fijando su interés en el cargo diminuto que ostenta su jefe Donald Rumsfeld (Steve Carrell), dignatario carismático que Cheney idolatra y que, por cosas del destino, termina trabajando para él en el gobierno de George W. Bush (Sam Rockwell).

El argumento de la película, no obstante, representa a Cheney con la imagen de un déspota que se ha embriagado de poder para tomar ventajas políticas diseminadas en las estrategias polémicas a medida que asciende en el escalafón de los gobiernos republicanos de Gerald Ford, George H. W. Bush y George W. Bush (Sam Rockwell), en los que ostenta cargos tan prestigiosos como jefe de Gabinete de la Casa Blanca, o al servicio de la hostilidad como Secretario de Defensa durante la guerra del Golfo, o como el vicepresidente que juega a las marionetas con un futuro presidente que es algo ingenuo e inepto, aprovechando la oportunidad, casi siempre, para construir sus planes maquiavélicos detrás de la sombra de los que anhelan una nueva guerra subsidiaria, usualmente bajo el pretexto de combatir el terrorismo. Para Cheney, cuando la preponderancia crece, la ética decrece. A pesar de todo, es un padre de familia que ama a los suyos y que, cuando se halla fuera del gobierno, también disfruta con ellos, pero con un final feliz a mitad de créditos que simboliza una felicidad falsificada, pues en ese momento es el CEO de una corporación petrolera embarrada de negocios oscuros; la dicotomía ideal que comunica que tanto en la vida pública como en la privada tiene un control incalculable.

La chispa de la película radica en las actuaciones de Christian Bale, Amy Adams, Steve Carell y Sam Rockwell cuando crean personajes que energizan una puesta en escena trepidante. Bale, nuevamente alterando su físico para enriquecer la descripción del rol, logra una interpretación muy metódica como Cheney, robándose los gestos, la forma de hablar y hasta el lenguaje corporal del burócrata cuando habla moviendo la boca y la cabeza de un lado para otro, como si fuera una copia recién sacada de la máquina del original. Adams está muy bien interpretando a Lynne Cheney como una mujer reservada y muy inteligente, que funciona como el catalizador para algunas de las pericias más importantes del político, la esposa que está siempre al lado de su marido, pero que también es independiente. Carell y Rockwell son eficaces, pero solo son secundarios que aportan cierto grado de comicidad que se yuxtapone a la hermética personalidad del protagonista.

Con esta película, McKay no pretende santificar ni crucificar la silueta de Cheney, sino más bien, criticar la manera tan nefasta en que se maneja el poder tras las cortinas negras que imposibilita que la gente sepa la verdad. Y lo hace con un lúdico sentido del humor que apacigua la gravedad del asunto, recurriendo a metáforas (como la secuencia del pez mordiendo el anzuelo) y a planos de insertos que le otorgan a la narración una esencia de documental sobre los hechos históricos de trascendencia, con componentes subtextuales que aducen moralmente, tanto lo que hace el protagonista (con el monólogo de Bale rompiendo la cuarta pared para justificar las acciones de Cheney) como la sustancia ideológica de la cinta, la cual a modo de metaficción y con un tono muy cínico, termina en una autoparodia al final de los créditos con la discusión sostenida entre un conservador vestido de rojo y un liberal vestido de azul, revelando la ceguera de la sociedad estadounidense ante los esquemas políticos más relevantes. Su película es cautivadora y muy entretenida mostrando la caricatura de un gobernante maquiavélico.


Ficha técnica
Año: 2018
Duración: 2 hr 12 min
País: Estados Unidos
Director: Adam McKay
Guion: Adam McKay
Música: Nicholas Britell
Fotografía: Greig Fraser
Reparto: Christian Bale,  Amy Adams,  Steve Carell,  Sam Rockwell,  Jesse Plemons,
Calificación: 7/10





Sinopsis: Explora la historia real sobre cómo Dick Cheney (Christian Bale), un callado burócrata de Washington, acabó convirtiéndose en el hombre más poderoso del mundo como vicepresidente de los Estados Unidos durante el mandato de George W. Bush (Sam Rockwell), con consecuencias en su país y el resto del mundo que aún se dejan sentir hoy en día.

El cine de Yorgos Lanthimos es uno que, en los últimos años, se ha convertido en la panacea de los festivales internacionales de cine, ganándose una manada de seguidores que ya lo consideran como el nuevo profeta de la vanguardia cinematográfica. Se caracteriza por estampar, con temas perversos y un humor negro, la posición actual del hombre en una sociedad posmoderna que le ha arrebatado la naturaleza. Suele estar habitado por personajes raros e inexpresivos que solo tienen tiempo para lo retorcido, lo rupturista, lo deshumanizante, en películas que poseen cierta originalidad, pero que también son cuantiosamente plúmbeos por la abundancia de exposición calculada. Y me importa muy poco. Casi nunca me identificaba con su estilo. Encuentro terriblemente soporíferas películas como Kynodontas, Alpeis, The Lobster, The Killing of a Sacred Deer, hasta al punto de que había perdido el interés por su excéntrico universo.

No obstante, la cosa ha cambiado con The Favourite, la más reciente película de este director que me ha devuelto la esperanza por su cine, trabajo que marca la tercera vez que atraviesa los terrenos de producción anglosajones. El guion lo ha escrito Deborah Davis y Tony McNamara, quienes reemplazan al coguionista habitual de Lanthimos, Efthymis Filippou. Y el resultado es grandioso. Tiene un arranque prometedor que siempre conserva el ritmo. Me ha dejado anonadado con el barroquismo visual que atestiguo en su puesta en escena y en unas actuaciones magistrales de Rachel Weisz, Emma Stone y, muy especialmente, Olivia Colman como la reina Ana. Hay celos, traición, intimismo. Las situaciones de las protagonistas son provocativas, el juego de obsesión y poder es retorcido, el retrato de las tres edades de la mujer es sofisticado cuando recurre al humor más absurdo para dibujar las idiosincrasias de unos aristócratas que han olvidado su condición humana.

La película está ambientada en Inglaterra en el siglo XVIII y relata la historia de la reina Ana (Olivia Colman) y una mujer que es como su mano derecha, Lady Sarah (Rachel Weisz), la duquesa de Marlborough. O sea, la favorita. Y para la reina Ana es un momento difícil. A pesar de su estado de salud delicado, Ana debe lidiar con los asuntos políticos para liderar a su país en medio de la guerra contra Francia. Pero la realidad es que Ana no hace nada. Las decisiones estatales las toma Lady Marlborough, quien aprovecha el carácter inestable de la monarca y su estrecha relación con ella para hacer lo que se le antoje. Las circunstancias se complican cuando llega al palacio la nueva sirvienta y prima de Lady Marlborough, Abigaíl (Emma Stone), que trata de desestabilizar el vínculo íntimo entre Lady Marlborough y la reina Ana para convertirse en la nueva favorita y así lograr salir de la miseria.

Estas tres mujeres simbolizan la inconformidad, la manipulación y la venganza, amplificado por el choque de personalidades que prevalece entre la reina y sus cortesanas. La reina Ana, interpretada por una brillante Olivia Colman, representa la efigie de una mujer insegura, ciclotímica y petulante que siente una necesidad de afecto para cubrir las pérdidas del pasado (sus hijos son figurados como conejos) y escapar de las presiones políticas del presente, refugio que consigue al mantener una relación sexual y de amistad con la posesiva Lady Marlborough y que, asimismo, sirve para ocultar las garras de una autoridad invisible que la mantiene al tanto de todo. Igual sucede con la dominante Lady Marlborough (una inmensa Rachel Weisz) cuando descarga su verborrea manipulativa con la reina, o cuando manifiesta envidia y una rabia soterrada hacia su rival Abigail en un declive emocional que agrieta su frialdad y su desesperación. La habilidosa Abigail, que pasa de ser una vulnerable sirvienta a una villana de tiempo completo, es la malcriada que utiliza el engaño para salvarse de una marginación segura, desequilibrar la unión entre la reina Ana y Lady Marlborough y garantizar su regreso a la aristocracia, aunque se da cuenta, casi en el clímax, de que su influencia pertenece a un círculo de sumisión del que no puede desertar.

Lanthimos encuadra la vida cotidiana desde la perspectiva de unas damas que emplean el patetismo para disputarse por las diversas variantes del poder. Y su discurso me cautiva. En su diatriba moral sobre la feminidad y la codicia, cincela a los hombres como unos inútiles para robustecer a tres mujeres fuertes que pueden afrontar las decisiones laminadas en la política de un país sanguinolento. Ilustra que Ana, Sarah y Abigail, al igual que muchas mujeres poderosas a lo largo de la historia (también en la contemporaneidad), son tan crueles, avariciosas y esperpénticas como los hombres y no necesitan de la presencia masculina para emanciparse de las etiquetas sociales, de un sacrificio ocasionado por las contrariedades de las esferas sociales más elevadas y de una vorágine pasional que va más allá de las libertades sexuales y el objeto del deseo. Detrás de la crueldad satirizada también se hallan mujeres atormentadas por la pérdida de los hijos y la vacuidad desatada por las banalidades palaciegas, las que venden la dignidad para evadir el fango y la pobreza, las que compiten a toda costa por un interés desmedido y estatus social, tal y como hacen Sarah y Abigail para encajar en el círculo más cercano de la reina. 

La película construye un mosaico majestuoso que honra la cotidianidad de la realeza en un período particular de la historia británica, rodado con un precioso estilo barroco que enamora mis retinas y me produce una sensación de catarsis cuando Lanthimos, con el primer plano, el contrapicado y la recurrencia del gran plano general, a veces encuadrados con las lentes ojos de pez, destaca la atmósfera claustrofóbica que describe las intensas emociones de las protagonistas. Me pasea por aposentos enormes en los que los personajes visten del vestuario sublime de Sandy Powell (casi siempre blanco y negro) para adornar los claroscuros de lo que piensan, iluminados de día por una luz natural que entra por las ventanas y de noche a merced de unos candelabros que crean una intimidad cercana a los lienzos de De La Tour o a la belleza de Barry Lyndon (1975), de Kubrick. La música también suscita clasicismo para mis oídos. Es un drama de época de prodigiosa envergadura formal, la cinta más imponente de la filmografía del director griego.


Ficha técnica
Año: 2018
Duración: 1 hr 59 min
País: Reino Unido
Director: Yorgos Lanthimos
Guion: Deborah Davis, Tony McNamara
Fotografía: Robbie Ryan
Reparto: Olivia Colman,  Emma Stone,  Rachel Weisz,  Nicholas Hoult,  Joe Alwyn,
Calificación: 8/10






Sinopsis: A principios del siglo XVIII, Inglaterra está en guerra contra Francia. Una reina debilitada, Anne (Olivia Colman), ocupa el trono, mientras que su amiga Lady Sarah (Rachel Weisz) gobierna en la práctica el país en su lugar, debido al precario estado de salud y al carácter inestable de la monarca. Cuando una nueva sirvienta, Abigail (Emma Stone), aparece en palacio, su encanto seduce a Sarah. Esta ayuda a Abigail, la cual ve una oportunidad para regresar a sus raíces aristocráticas. Como la política ocupa gran parte del tiempo de Sarah, Abigail empieza a acompañar con más frecuencia a la reina.


Queen es una banda de rock británica que se ha consolidado como una de las más populares de todos los tiempos, alcanzando, en la cima de su éxito, ventas de álbumes como muy pocas agrupaciones musicales. Se ha hecho célebre con canciones tan notorias como We Are the Champions, Bohemian Rhapsody y We Will Rock You, sencillos que se han convertido en himnos que la gente canta como si estuvieran reunidas en una especie de ritual. Sus funciones eran espectáculos provocativos que transmitían una energía inagotable, sobre todo por el carisma de su vocalista Freddie Mercury, que hizo que llegaran a un pico durante la década de los setenta y a principios de los ochenta. Sobre la banda se han escrito libros, se han realizado documentales, se han hecho homenajes. Y en la actualidad es el centro de atención de una película biográfica que, irónicamente, pierde toda la esencia y ese vigor que caracterizaba al conjunto. 

La película se titula Bohemian Rhapsody y la ha dirigido Bryan Singer, director que por razones personales fue despedido por la 20th Century Fox en medio de un rodaje caótico y reemplazado por Dexter Fletcher. Lo mismo se refleja en la película. Hay una dicotomía autoral que maltrata la narración, es brutalmente larga, se precipita por contar la agitada vida de Freddie Mercury con decisiones creativas muy torpes y una mecánica convencional que logra que el recorrido sea apresurado, insustancial y con poco tiempo para la cohesión. Me canso de ver a los personajes dar vueltas en sus giras, en unos conciertos y situaciones en los que no empatizo ni con la música ni con los personajes. De nada sirve que tenga una actuación decente de Rami Malek como Freddie Mercury quien, lentamente, se transforma en una figura de arcilla a favor de la artesanía. 

La cinta comienza con la subida de Freddie Mercury (Rami Malek) al escenario durante la presentación que tiene la orquesta en el Live Aid en 1985, concierto legendario con el que también se concluye la historia. Pero antes de estos eventos, narra los inicios de Mercury (de nombre Farrokh Bulsara) cuando es un estudiante británico de origen parsi que trabaja cargando equipajes en un aeropuerto y demuestra el talento que tiene para componer canciones y cantar frente al guitarrista Brian May (Gwilym Lee), el baterista Roger Taylor (Ben Hardy) y el bajista John Deacon (Joseph Mazzello), cuarteto que más tarde conforma a Queen. Y luego llega el estrellato que es indetenible y trae consigo una serie de circunstancias que carecen de fuerza dramática: la indecisión que le provoca confesar su bisexualidad, el miedo de revelar a la prensa que ha contraído el sida, los excesos producidos por su estilo de vida descontrolado que lo mantiene nadando entre el alcohol, las drogas y las orgías festivas.

El argumento parece un disco de vinilo rayado que se repite con las idiosincrasias de Freddie Mercury y de Queen. Resulta muy fácil cuando adquieren un estatus de gloria que se ilustra como una campaña de mercadeo al servicio de un álbum de grandes éxitos, donde todo le sale bien a un grupo que recorre estadios para tocar ante multitudes generadas por ordenador una música que casi no se deja sentir. Hay clichés por todas partes, como los romances efímeros de Mercury con mujeres y hombres, la producción de canciones memorables convertidas en demostraciones sin nada de atractivo y la presencia de un villano homosexual, Paul Prenter (Allen Leech), retratado como un manipulador de facto que es el responsable del declive de Mercury y que aprovecha el romance con él para entorpecer las acciones de los otros miembros de la cuadrilla. 

La actuación de Rami Malek se mete en la piel de Mercury cuando recrea el lenguaje corporal, los gestos y la forma de expresarse del cantante, normalmente adornado de un vestuario exuberante y de una dentadura prostética que transforma su cara. Interpreta a un rockstar elocuente, arrogante y megalómano que es seducido por los demonios de la fama y que abusa de sí mismo para alimentar sus placeres y desafiar los estereotipos de la época, cosa que se disipa cuando contrae el sida. Por momentos es auténtico con lo que describe la historia, pero como no hay mucha sustancia, la carencia de profundidad psicológica se evidencia, quedándose a medio camino entre lo superficial y lo ridículo y reduciendo la efigie de Freddie Mercury al tamaño de esas figuras de plástico que son bonitas por fuera, pero vacías por dentro. 

La película utiliza el famoso concierto Live Aid como una parábola moral de la redención del artista que, al ser castigado por la extravagancia, remedia la pesadumbre con una reconciliación muy cutre y con una música que lo libera de sus cadenas. O sea, que la música es la catarsis, el remedio casero para los problemas de la vida privada del protagonista. Y aunque la recreación de la época posee cierta autenticidad, los intérpretes en tarima solo consiguen que bostece con la lista de reproducción. La marca estilística de Singer, Dexter, o quien sea que la ha dirigido, es patética sintetizando la hoja de vida de Freddie Mercury, con un homenaje que suaviza verdades, perezosamente, recurriendo a una ingenuidad que deja la emoción detrás del escenario. Qué felicidad he sentido cuando rodaron los créditos.


Ficha técnica
Año: 2018
Duración: 2 hr 14 min
País: Reino Unido, Estados Unidos
Director: Bryan Singer, Dexter Fletcher
Guion: Anthony McCarten
Música: John Ottman
Fotografía: Newton Thomas Sigel
Reparto: Rami Malek,  Joseph Mazzello,  Ben Hardy,  Gwilym Lee,  Lucy Boynton,
Calificación: 4/10







Sinopsis: La historia de la legendaria banda de rock Queen y el cantante Freddie Mercury, que culminaron su famosa actuación en Live Aid (1985).

A principios de los años sesenta, la lucha por los derechos civiles en la sociedad estadounidense estaba llegando a un punto culminante contra la segregación racial, etapa en la que la intolerancia, la discriminación y el racismo afectaban la vida cotidiana de distintos grupos étnicos, en su mayoría afroamericanos. Una persona de color no tenía permitido ir a lugares frecuentados por personas de tez blanca; no podían acudir a cenar a los restaurantes, no podían ver películas en el cine, no podían orinar en los baños, no podían ser tratados en los hospitales si caían enfermos, los jóvenes no podían estudiar en las escuelas. Lugares como estos estaban segmentados solo para gente de su propia etnia y nadie podría cruzar la barrera. Y el que la cruzaba sabía lo que le esperaba. Era un momento difícil, de mucha tensión social y política, en el que el racismo trazaba una delgada línea que dividía el país. Esta separación, no obstante, toleraba la cercanía en circunstancias de subordinación, con el fin de que una persona de una raza determinada pueda trabajar como lacayo para una de otra raza.

Estos temas, que todavía hoy en día son de gran relevancia, se conjuntan de forma elegante en Green Book, una película inspirada en hechos reales que edifica un estudio de personajes muy acogedor con la crónica del chófer italoamericano que, irónicamente, trabaja para un pianista afroamericano, quienes, a la vez, funcionan como una parábola soterrada de la tolerancia y de la equidad racial en una sociedad segregada por unos prejuicios raciales que, mayormente, se hallan fuera de campo. La dirige Peter Farrelly, director de comedias que ahora se inclina por el drama más serio, aunque nunca abandona la ligereza cómica. Y me agrada lo que concibe. La recreación del período, el sentido del humor, la buena música, el ritmo que nunca decrece y, sobre todo, las magníficas actuaciones de Mahershala Ali y Viggo Mortensen, añaden algo de sustancia a una narración tan simple. Es una película de carretera en la que el relato de los protagonistas, Frank "Tony Lip" Vallelonga y "Doc" Don Shirley, va cobrando fuerza con cada kilómetro que recorren por el sur profundo de los Estados Unidos, donde nos pasean por los caminos de la infamia y el racismo.

La historia comienza en los años sesenta cuando Frank Vallelonga (Viggo Mortensen), apodado Tony Lip por sus colegas italoamericanos, es despedido del club Copacabana luego de un intercambio de trompadas con un cliente. Tony es un tipo fuerte, de temperamento violento y de una capacidad inimaginable para convencer a los otros con los cuentos y las mentiras. Como padre de familia, Tony hace lo que puede para mantener a su familia, pero la situación socioeconómica empeora. Sin embargo, su suerte cambia cuando es contratado como chófer por el virtuoso pianista negro Don Shirley (Mahershala Ali) para que lo acompañe y lo proteja durante una gira de conciertos por el sur.

Tony y Doc son una metáfora preciosa sobre una igualdad utópica entre los individuos de una misma raza. Y no tienen nada en común. Uno es un italoamericano que lleva en las venas un racismo latente hacia los afroamericanos, pero que respeta sus costumbres y su cultura; el otro, es un afroamericano refinado que, por haber tenido una educación de personas blancas pertenecientes a la burguesía, ha olvidado sus raíces identitarias. Son el negro y el blanco, literalmente. Sus personalidades son muy opuestas, pero, precisamente, sirven para reforzar una amistad que rompe la barrera segregadora en la época en la que viven cuando, confiando en el “Libro Verde”, una guía de los establecimientos para el hospedaje de afroamericanos, se dan cuenta (Tony, principalmente) de cómo el racismo y los prejuicios que rodean las zonas sureñas degradan la condición humana. En su viaje hay inconvenientes raciales, momentos de hilaridad, escenas sentimentales que terminan en una especie de catarsis redentora para ambos, una lección moral que reforma lo que piensan de los estereotipos que habitan su país.

Es en las interpretaciones de Viggo Mortensen y de Mahershala Ali donde reside la magia de la película, el trabajo actoral que elaboran es magistral, con unos diálogos placenteros y cargados de ironía que suscitan una reflexión profunda. Mortensen crea uno de los personajes más entretenidos de su carrera, interpretando, con una gran facilidad para el acento y los gestos, al estereotipo de un italoamericano que parece haber sido sacado de las películas clásicas de mafiosos, el hombre rudo que no se tuerce por nada pero que se mantiene firme en unas acciones que son serias, divertidas y muy sinceras. Ali, consigue una actuación muy orgánica como el artista afroamericano que trabaja al servicio de la hipocresía para desnudar las arbitrariedades raciales en tiempos de segregación, un personaje muy natural que utiliza la música como sinónimo de protesta y sacrifica su identidad para que veamos la verdad universal del racismo institucional y hasta de la homofobia. La química de ambos engalana y dosifica muy bien la empatía, la comicidad y el halo dramático de los personajes.

El director Farrelly, en su primera película en solitario, opta por una película que resulta encantadora con la pareja de protagonistas y con la distribución de géneros que termina nivelando el drama biográfico y la comedia con un ritmo muy acertado. Expone las vicisitudes del racismo, la estereotipificación de los inmigrantes, fortalece el interculturalismo con grandiosas actuaciones de Mahershala Ali y de Viggo Mortensen y, aunque la simplicidad del argumento puede caer en algunos instantes convencionales, nunca descuida la honestidad con la que es contada. Es como si fuera una versión retorcida de Driving Miss Daisy, pero una agradable y muy entretenida.


Ficha técnica
Año: 2018
Duración: 2 hr 10 min
País: Estados Unidos
Director: Peter Farrelly
Guion: Brian Hayes Currie, Peter Farrelly, Nick Vallelonga
Música: Kris Bowers
Fotografía: Sean Porter
Reparto: Viggo Mortensen,  Mahershala Ali,  Iqbal Theba,  Linda Cardellini,  Ricky Muse,
Calificación: 7/10






Sinopsis: Un gorila italiano-americano de clase trabajadora se convierte en el conductor de un pianista clásico afroamericano en una gira de lugares por el sur estadounidense de los años sesenta.







Parece una costumbre que, en el cine de superhéroes de las películas del Universo Extendido de DC, exceptuando, por supuesto, a la asombrosa Man Of Steel, se produzca una fórmula muy genérica que, con cada estreno, sentarme a verlas con su metraje excesivo es una especie de tortura medieval para mis retinas. Voy al cine entusiasmado y salgo aburrido. Me resulta difícil entretenerme con ellas. Se vuelven planas, trilladas, previsibles. Están inundadas de una holgazanería narrativa en la que la trama es un resorte para la insustancialidad y la falta de cohesión, de personajes muy icónicos convertidos en figuras de acción de masilla que solo quieren ser héroes al servicio de la ingenuidad, de una fatigante pirotecnia en la que uno no sabe ni qué está pasando entre tanto caos. De su línea en solitario ya han estropeado a la Mujer Maravilla y ahora, recientemente, también al icónico Aquaman, la última película en su catálogo de productos de segunda mano. 

 Aquaman la dirige James Wan, director acostumbrado al género del terror que, por primera vez, incursiona en el género fantástico, con una fantasía submarina que me produce una sensación que solo encuentro cuando veo a los peces en la pecera o en el acuario, donde no pasa nada relevante durante dos horas y media eternamente largas y los peces se transforman en personajes (incluyendo al héroe de la portada) de plástico desechable. Sus efectos visuales son decentes, pero la trama luce reciclada de otras películas que no valen la pena mencionar. El génesis de Aquaman se hunde en las aguas más profundas del hastío con la historia de Arthur Curry/Aquaman (Jason Momoa), el héroe de plástico en un mar de basura que tiene la difícil tarea de unificar a unos reinos acuáticos que, para su mala suerte, son parte de una sociedad sofisticada, intolerante y autoritaria que está en medio de una guerra subacuática.  

La historia de la película, narrada por el mismo Arthur, comienza contando un romance muy precipitado entre sus padres, Atlanna (Nicole Kidman), Reina de la nación subacuática de Atlantis y, Tom Curry (Temuera Morrison), el guardián de un faro, y lo que ellos hacen para protegerlo. Un par de años después en la adultez, Arthur, que es mitad humano y mitad atlante, regresa a visitar a su padre luego de un viaje largo en el que pelea con piratas submarinos y algunos tipos malos. Y allí inician unos problemas que me importan muy poco cuando conoce a la Princesa Mera (Amber Heard) y ella acuda en su ayuda para buscar un tridente legendario por el globo e impedir que el rey de Atlantis declare la guerra al mundo terrestre que tanto ha contaminado los mares, algo que el mismo póster de la película revela.

Todas las secuencias de la película están fabricadas para que el héroe, Aquaman, recurra a los subterfugios más artificiosos y pueda salir triunfante con el tridente en la mano derecha y con la muchacha [Mera] que es su interés romántico en la mano izquierda, en una aventura ininteligible que los pasea por tierra, mar y aire con el fin de consumir la interminable duración de la forma más fácil posible: dando vueltas. Las pistas que siguen a Arthur y Mera (con una química muy pobre entre Jason Momoa y Amber Heard) se colocan para que se agudicen las contrariedades causadas por villanos como David Kane/Black Manta (Yahya Abdul-Mateen II) o como el hermano de Aquaman, Orm Marius/Ocean Master (Patrick Wilson), enemigos con motivaciones muy cuestionables e innecesarias. 

Momoa le inyecta un carisma calculado a Aquaman, interpretándolo como alguien burlesco, arrogante, inexpresivo, con una mala reputación que logra motivarlo para encontrar un verdadero propósito más allá de su lado público como un superhéroe de la Liga de la Justicia. Sin embargo, sus líneas de diálogo son pésimas y el humor que proyecta es desabrido y muy automatizado. Su presencia casi no se siente porque no hay ninguna escena memorable que tatúe su personalidad. Es solo el héroe de rutina que tiene la labor de salvar a los suyos para descubrir su identidad.  

Con esta película, Wan comunica ideas soterradas que son interesantes como la protección del medio ambiente, el cuidado de los océanos que los humanos han destruido y la metáfora de la tolerancia en la diversidad étnica, pero que son enterradas bajo el agua para favorecer un espectáculo visual muy pomposo y trivial saturado de criaturas generadas por ordenador y enfrentamientos debajo del mar con unos personajes que parecen marionetas tendiendo de un arrecife de coral. Su película es aburrida, estrepitosa, novelesca, con un tercer acto agotador en el que casi me ahogo de tanto bostezar. 

Ficha técnica
Año: 2018
Duración: 2 hr 23 min
País: Estados Unidos
Director: James Wan
Guion: David Johnson, Will Beall
Música: Rupert Gregson-Williams
Fotografía: Don Burgess
Reparto: Jason Momoa,  Amber Heard,  Patrick Wilson,  Willem Dafoe,  Nicole Kidman,
Calificación: 4/10





Sinopsis: Cuando Arthur Curry (Jason Momoa) descubre que es mitad humano y mitad atlante, emprenderá el viaje de su vida en esta aventura que no sólo le obligará a enfrentarse a quién es en realidad, sino también a descubrir si es digno de cumplir con su destino: ser rey, y convertirse en Aquaman.

En los últimos años, del corazón del cine polaco ha salido un cineasta que ha reflejado mejor que nadie la historia de su país desde mediados del siglo XX, cuando Polonia se enfrentaba a los cambios que suponía la crisis social de la posguerra y el eventual alzamiento de la cortina de hierro. Lo que filma este director, en esta etapa de su carrera, siempre está impreso con un blanco y negro preciosista que suscita emociones complejas, con un inmaculado control compositivo del encuadre, con silencios expresivos que, a veces, se yuxtaponen con miradas y una música sensitiva que comunica desilusión. Los personajes que habitan su microcosmos son muy humanos y buscan respuestas a cosas tan simples como el amor, la soledad y los pormenores sociopolíticos del período. Me refiero, por supuesto, a Pawel Pawlikowski, el director de obras tan hermosas como la memorable Ida y, ahora, recientemente, Cold War, película que representa su mayor grado de madurez estética.

Con esta película, Pawlikowski cincela un romance poético, desgarrador, melancólico, sobre un hombre y una mujer que se aman demasiado, pero que son víctimas de unas circunstancias que simbolizan la ruptura de un país azotado por las ideologías políticas del autoritarismo, del que no pueden escapar e impide que estén juntos durante varios años. Con ellos, nos traslada por la época de los años cuarenta, cincuenta y sesenta bajo atmósferas grisáceas que ilustran la desesperación y el inevitable dolor interno al que se enfrentan los protagonistas, desplazando sus escenas, sutilmente, por la Polonia controlada por el estalinismo, por los cabarets franceses adornados de un ambiente de jazz, por la rígida Yugoslavia en tiempos de Tito. Hay fiestas, arte, pesadumbre, conminación. El clima de su cinta describe una tensión política que se encuentra dormida en el fondo de un Estado autoritario, pero que, indirectamente, ayuda a compensar el embrollo idílico al que se exponen la bella Zula y el taciturno Wiktor, los amantes pasajeros que sufren una desdicha irremediable.

Ellos se conocen en el año 1949 en Polonia, en un grupo de danza folclórica que ensaya un acto para rendir homenaje a las tradiciones polacas de una comunidad rural. Allí, Wiktor Warski (Tomasz Kot) es un reputado pianista que ha sido contratado para dirigir la composición de la obra y supervisar en la audición a las bailarinas que van fichando, entre las que se encuentra Zuzanna “Zula” Lichon (Joanna Kulig), una muchacha talentosa que sabe bailar y cantar, pero que tiene un pasado siniestro que pone en jaque sus posibilidades de ingresar al grupo de danzadoras. Wiktor, encantado por la presencia de la escultural mujer, consigue que la contraten. Y allí, tras bastidores, poco a poco, se enamoran con la mirada, los gestos, los pensamientos. Se besuquean, tienen sexo, todo parece placentero. Sin embargo, cuando los camaradas soviéticos se acercan al grupo para imponer una mezcla de arte polaco con panfletos estalinistas, Wiktor se niega a participar y deserta hacia Berlín Occidental y, penosamente, se separa de Zula, quien decide quedarse.

Con el paso de los años, el Wiktor y Zula se siguen viendo en el exilio en los países que recorre la orquesta para difundir su arte propagandístico. Y la mecha de su romance no se extingue. Ambos figuran la metáfora del sentimiento autóctono polaco, evocando la unificación de una cultura identitaria que se encuentra fraccionada por los regímenes totalitaristas que recurren a la manipulación política más endemoniada para suprimir el arte popular, pero que, con el tiempo, volverá a estar unificada. Mezclan su pasión con la música para tratar de olvidar los escenarios sociales y políticos que despojan sus ánimos de autonomía. En cada reencuentro, su libertad se halla entre el cariño y el arte que es, a la vez, el único medio de escape para evaporar sus penas y sentir ese apego que los pasea por la tristeza, los líos maritales, las discusiones, la ternura, la catarsis.

Wiktor y Zula están interpretados con mucha finura dramática por Tomasz Kot y, especialmente, por Joanna Kulig. Tomasz interpreta a Wiktor como el hombre solitario que recurre a tocar el piano para estampar lo que siente, alguien que con el atisbo transmite la impotencia de no estar junto a la mujer que ama, pero que cambia a una cara de regocijo efímero cuando la tiene de frente. Por otra parte, Joanna, es demasiado buena frente a los planos de Pawlikowski. Su actuación es muy eutrapélica cuando su Zula expresa el desconsuelo de un pasado agridulce, la angustia de no estar con la persona que quiere, la soberbia producida por los celos en estado de ebriedad, sentimientos que sabe aligerar cuando también se escuda en el canto para disminuir las aflicciones. Los dos se sienten orgánicos, sobrios, con una química que se vuelve muy empática en todas las escenas.

Pawlikowski encuadra la película con un tratamiento formal que esculpe una imagen de gran factura visual. Su magistral uso del blanco y negro, de la elipsis y del montaje revela las sensaciones de los protagonistas y convierte una narración tan sencilla en algo sublime, vigoroso y muy poético; componentes que se acrecientan con una música espléndida que simboliza las dicotomías de dos frentes ideológicos muy diferentes que se reparten la cultura musical entre el jazz, el rock y la música clásica. Habla sobre el amor más profundo que supera los anclajes del tiempo, los regímenes implacables que suprimen el arte con la propaganda política, los seres queridos que, como los vientos que golpean las hermosas sabanas polacas, han partido hacia otro campo para ser felices por toda la eternidad. El sofisticado tonelaje que tiene para crear escenas íntimas me ha sacado lágrimas de enternecimiento, es una película muy emotiva.

Ficha técnica
Título original: Zimna wojna
Año: 2018
Duración: 1 hr 28 min
País: Polonia
Director: Pawel Pawlikowski
Guion: Pawel Pawlikowski, Janusz Glowacki
Música: Marcin Masecki
Fotografía: Lukasz Zal
Reparto:  Joanna Kulig,  Tomasz Kot,  Agata Kulesza,  Borys Szyc
Calificación: 8/10






Sinopsis: Con la Guerra Fría como telón de fondo, “Cold War” presenta una apasionada historia de amor entre dos personas de diferente origen y temperamento que son totalmente incompatibles, pero cuyo destino les condena a estar juntos.