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En las tierras lejanas de Japón existe un cineasta que, a mi parecer, se ha convertido en el heredero  de Ozu y de Naruse retratando la cotidianidad y las contrariedades sociales presentes en la sociedad contemporánea japonesa. Mi primer contacto con su cine sucedió rápido y no me causó tanta emotividad, pero con el paso de los años he desarrollado cierta afinidad por el naturalismo de sus películas. Estimula mi inteligencia y mi sensibilidad al fotografiar a seres humanos que anhelan cosas tan simples como la confraternidad, el cariño originado por las relaciones humanas y la necesidad aparente de pertenecer a una familia, temas que habitualmente acomodan una porción de su filmografía en películas como Maborosi, la irregular De tal padre, tal hijo, Nuestra hermana pequeñaDespués de la tormenta, la perturbadora El tercer asesinato y su obra cumbre Caminando. Se trata del director Hirokazu Koreeda, quien con su más reciente película, titulada (como era de esperarse) Un asunto de familia, logra conmoverme hasta el infinito con la unión de una familia nipona muy peculiar.

La película, con la que Koreeda resultó ganador de la Palma de Oro en el Festival Internacional de Cine de Cannes, encuadra las relaciones familiares de una manera muy singular a lo que el director ha venido exponiendo anteriormente, aunque siempre preserva los semblantes de su estética, distanciándose de cualquier propensión a lo convencional para que la sutileza acicale un argumento que avanza a un ritmo contemplativo con el cual me río, reflexiono y salgo sollozando al ser testigo de las vicisitudes de una familia japonesa situada en condiciones de pobreza. El material es escueto, prudente y muy sobrio. Me quedo impresionado en cámara lenta cuando captura la marginalidad con unas características que se funden en lo poético y en el realismo más crudo. Los personajes que observo en esa familia son, en la forma más procaz de la palabra, unos ladrones que para poder sobrevivir el día a día mantienen la práctica de hurgar los establecimientos de comestibles para robarse los productos sin pagar ni un solo centavo.

Osamu (Lily Franky) y Shota (Kairi Jō). Foto cortesía de Gaga Communications.

Desde el comienzo de la película se plantea ese problema cuando Osamu Shibata (Lily Franky) y el pequeño Shota Shibata (Kairi Jo) recorren los pasillos de un supermercado (imagino que sin cámaras de seguridad) comunicándose con señales para sustraer los alimentos que necesitan. Osamu le dice a Shota que está bien robar cosas que no han sido vendidas, ya que no pertenecen a nadie. Hace mucho frío, viven en Tokio y caminando por las calles se encuentran con una niña llamada Yuri (Miyu Sasaki) que parece abandonada en el balcón de un apartamento. La recogen sin avisarles a los padres y le ofrecen cobija en su casa durante la noche.

En el interior de la casa típicamente japonesa todo está roñoso y desordenado, los colchones y los trapos abundan por los tatamis, las paredes están teñidas de un color sepia que resalta el estado de suciedad, las montañas de artículos de segunda mano adornan cada rincón de la vivienda, como si padecieran disposofobia o estuvieran habituados a vivir orgullosamente en la inmundicia de un hogar marginal. Allí Osamu presenta la niña a los otros miembros de la familia, Nobuyo Shibata (Sakura Ando), Aki Shibata (Mayu Matsuoka) y la matriarca, Hatsue Shibata (Kirin Kiki), quienes la reciben con una cálida acogida y deciden quedarse con ella al notar signos de maltrato.

Hatsue (Kirin Kiki), Aki (Mayu Matsuoka), Osamu (Lily Franky) y Yuri (Miyu Sasaki). Foto cortesía de Gaga.

Estos personajes ilustrados por el guion de Kore-eda tienen un pasado escabroso y coexisten en un período de marginación que los ha obligado a recurrir al latrocinio para ganarse la vida porque sus ingresos son insuficientes para cubrir las necesidades básicas. Osamu es un trabajador de cuello azul en una constructora, Nobuyo trabaja de servicio en una lavandería industrial, Aki es una profesional del erotismo en un lujoso lupanar, Shota ni siquiera va a la escuela y la anciana Hatsue los ampara ofreciéndoles el hogar y el dinero de su pensión de viuda. El equilibrio correcto de la acción desarrolla sus conflictos con una coherencia que se mantiene encadenada a una labor rigurosa de montaje, en la que cada escena aporta elementos imprescindibles para escudriñar lo que piensan de la circunstancia que atraviesan. Componen una familia en el sentido tradicional, pero desviada de las normas sociales y de las fronteras consanguíneas, cuyo vínculo afectuoso crece a medida que progresa la trama y se muestran, a través de los diálogos, los secretos más profundos de los integrantes.

En esos instantes la película me permite ver escenas memorables y muy intimistas, como las conversaciones cotidianas que sostienen en la mesa, la hermandad surgida entre Shota y Juri (muy similar a la de los niños paupérrimos de Nadie lo sabe), la fuerte inclinación paternofilial que despliega Osamu sobre Shota al jugar con este en los estacionamientos, el abrazo matriarcal de Nobuyo hacia la pequeña Juri mientras incinera sus ropas viejas frente a un fuego simbólico y comparten el sentimiento con las cicatrices de un pasado colmado de maltratos, la plática íntima de Aki con un cliente mudo llamado Sr. Four, una escena de intimidad sexual entre Osamu y Nobuyo en un día lluvioso, la visita a la playa en la que todos participan en familia y la señora Hatsue presagia una muerte solitaria cuando de lejos mira tranquilamente a la familia feliz que ha formado.

Shota (Kairi Jō), Nobuyo (Sakura Ando) y Yuri (Miyu Sasaki). Foto cortesía de Gaga.

Partiendo de la dimensión ética y moral del relato, la exposición de la familia le sirve a Kore-eda para elaborar una observación social muy agridulce sobre el significado de la institución familiar en la sociedad contemporánea, los lazos afectivos que la construyen y la condición socioeconómica de gente que vive en una situación de miseria producida por la recesión económica, además de resaltar los dilemas morales que abrazan a los individuos ordinarios provenientes de hogares disfuncionales. A pesar de que el núcleo familiar está compuesto por “desconocidos” como se revela en la segunda mitad, alcanzan una etapa de felicidad efímera que los unifica y que ayuda a disipar cualquier rastro de culpa laminada por la dirección antisocial que han tomado: el negocio turbio que la abuela organiza en secreto con el hijo de su esposo fenecido, el rapto suplantado por la adopción inconsecuente de Juri, la explotación infantil de Shota cuando se le enseña a robar en lugar de acudir a la escuela y la prostitución Aki. No son presentados como víctimas de un sistema, sino, más bien, como parte de una solución que pasa desapercibida por las autoridades como la empatía y la solidaridad.

Kore-eda retiene un control formal que se prolonga a lo largo de una sólida puesta en escena en la que nunca sobran los elementos. Se vale del sobreencuadre, el punto de vista, el plano subjetivo, el campo-contracampo, el plano general, la elipsis simbólica (las naranjas de la culpabilidad sostenida por Shota) y delicados travellings para manifestar las inquietudes de los personajes que aceptan el castigo por los crímenes que han cometido una vez iniciada la hecatombe sentenciada, en primer lugar, cuando Shota cuestiona el código de robo de Osamu y, en segundo, por el sacrificio de este para impedir que atrapen a Juri con las manos en la masa. En el climático desenlace otorga un estilo policial a la trama mientras los personajes, encuadrados a modo de confesión en un plano medio (subjetivo desde el punto de vista de las autoridades), son interrogados por la policía que se halla fuera de campo y revelan la raíz de sus acciones.

Sakura Ando, Mayu Matsuoka, Miyu Sasaki, Kairi Jō y Lily Franky. Foto cortesía de Gaga.

La película supone otra pieza magistral en la filmografía del director japonés, cargada de emociones periódicas y momentos dramáticos de gran intensidad de los que salgo conmovido hasta las vísceras cuando soy testigo de una familia “deshonesta” que jamás se separa de lo verdaderamente humano. Las actuaciones —especialmente las de los recurrentes del director Lily Franky, Sakura Ando y Kirin Kiki en su última interpretación— son ciertamente magníficas, de tres dimensiones. Los paradigmas discursivos abrazan inteligentemente textos como la compasión, el afecto y la responsabilidad, armonizados a la perfección con los sentimientos preponderantes de los personajes que se yuxtaponen poéticamente a las estaciones del año. También destaco la cautelosa música de Hosono Haruomi que perfora mis tímpanos luego del final desgarrador. Me despido de ella impactado, asaltado por lágrimas que circulan mis mejillas, estremecido por la incertidumbre que espera a esa familia que, como la vida misma, goza de una felicidad que no durará para siempre.


Ficha técnica
Título original: Shoplifters (Manbiki kazoku)
Año: 2018
Duración: 2 hr 01 min
País: Japón
Director: Hirokazu Koreeda
Guion: Hirokazu Koreeda
Música: Haruomi Hosono
Fotografía: Ryûto Kondô
Reparto: Kirin Kiki, Lily Franky,  Moemi Katayama,  Sakura Ando, Mayu Matsuoka
Calificación: 8/10






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Sinopsis: El detective de la policía local (Park Doo-man) y un detective de la policía de Seúl (Seo Tae-yoon), han sido solicitados resolver un caso de asesinato producido en Corea del Sur, 1986, en el que una joven aparece brutalmente violada y asesinada en manos de un asesino desconocido. 

Ficha técnica
Título original: Salinui chueok (Memories of Murder)
Año: 2003
Duración: 1 hr 44 min
País:  Corea del Sur
Director: Bong Joon-ho
Guion: Bong Joon-ho, Shim Sung-bo
Música: Tarô Iwashiro
Fotografía: Kim Hyeong-Gyu
Reparto: Song Kang-ho,  Kim Sang-Kyung,  Kim Roe-ha, 
Calificación: 7/10

Sinopsis: En St. Robin, Francia, la paz del pueblo comienza a perturbarse cuando, el Dr. Rémy Germain (Pierre Fresnay), comienza a recibir anónimos firmados como El Cuervo, en los que se le exige que rompa su relación con Laura Vorzet (Micheline Francey), esposa del psiquiatra (Pierre Larquey) de la misma institución. Pronto, las misivas comienzan a señalar las faltas de muchos otros personajes del pueblo y se vuelve urgente descubrir quien está detrás de esta conspiración.

Ficha técnica
Título original: Le corbeau
Año: 1943
Duración: 1 hr 32 min
País:  Francia
Director: Henri-Georges Clouzot
Guion: Louis Chavance, H.G. Clouzot
Música: Tony Aubin
Fotografía: Nicolas Hayer
Reparto: Pierre Fresnay,  Ginette LeClerc,  Micheline Francey,  Pierre Larquey
Calificación: 7/10


Crítica breve de la película

No creo que esta película de Henri-Georges Clouzot (con la que fue expulsado de Francia hasta 1947) esté a la altura de obras cumbres de su filmografía como 'La verdad', 'El salario del miedo' y la extraordinaria 'Las diabólicas', pero me intriga fuertemente durante hora y media con la trama de la figura anónima, apodada como El cuervo, que envía cartas muy malévolas con la intención de atormentar a un pequeño pueblo francés en el que la moral se ha corrompido por los tiempos de la guerra. El pueblo es presentado a través del doctor Germain, un médico con un pasado escabroso (antes practicaba abortos ilegales) actualmente llega al pueblo a trabajar y a mantener una relación con Laura Vorzet, la esposa de un reputado psiquiatra, y, con la neurótica Denise. Hay planos interesantes, travellings sutiles y elipsis simbólicas que anuncian la tragedia. Con un pulso estupendo para el suspense y el misterio al mejor estilo de Agatha Christie, en cada escena me siento inmerso en la paranoia local y en el pánico desatado por las cartas que envía El cuervo y por el amplio catálogo de sospechosos que me mantienen pensando en el posible culpable. Clouzot construye un argumento afilado como una navaja, oscuro, tenso, propenso a enunciar temas como el adulterio, los prejuicios y las calumnias, en un poblado en el que todos los habitantes parecen ocultar algo. Cuenta con sólidas actuaciones de Pierre Fresnay (qué presencia tan magnética) y, Ginette Leclerc y Micheline Francey y un trabajo de montaje que pocas veces pierde el ritmo y la cohesión narrativa. La secuencia final me asombra y toma por sorpresa. Es una buena película del director catalogado como el "Hitchcock francés".
Sinopsis:  'Bull' Weed es un asaltante que tiene por única virtud el coraje. 'Rolls Royce' Wensel es un abogado talentoso, pero sumido en el alcoholismo y la indigencia. Una noche, tras un atraco, los dos se encuentran en medio de una calle, y la amistad nacerá entre ambos. Weed lo sacará de la miseria en la que vive, mientras que 'Rolls Royce' lo ayudará con su talento a ascender rápidamente en el mundo del hampa. Cuando se encuentran ya en la cima, aparece la figura de 'Feathers' McCoy, la novia de 'Bull', que iniciará un romance oculto con Wensel. Pronto el destino les dará una vía para concretar sus pasiones, pero a la vez se iniciará un conflicto entre la lealtad y el amor.

Ficha técnica
Título original: Underworld
Año: 1927
Duración: 1 hr 20 min
País: Estados Unidos
Director: Josef von Sternberg
Guion: Charles Furthman, Ben Hecht
Música: Muda
Fotografía: Bert Glennon
Reparto: George Bancroft,  Evelyn Brent,  Clive Brook,  Fred Kohler,
Calificación: 7/10

Crítica breve de la película

Este drama gansteril mudo, firmado por un guion de Ben Hecht y dirigido por el gran Josef von Sternberg, es uno de los primeros en establecer los parámetros usuales del género de gánsters (el primero es 'Los mosqueteros de Pig Alley' de Griffith, estrenado en 1912). Me logra cautivar con el argumento del vagabundo misterioso, Rolls Royce, que termina involucrado en la pandilla de un mafioso de la ciudad que se llama 'Bull Weed' y que complica su vida cuando se enamora de la novia del jefe que lo ha sacado de la miseria. Entre esos dos personajes y la bella flapper llamada Feathers, me pasea por las tabernas exóticas de los felices años veinte en fiestas donde se navega en un mar de alcohol, lujuria, odio y música barata. Hay celos, perfidia, romance, muerte y una moral cuestionable. Pero también por una rica textura visual que transmite la espiral de emociones de los personajes y captura el hampa como lugar oscuro y claustrofóbico donde los momentos de felicidad se contraponen ante la desdicha y la violencia, usualmente empleado con un montaje que consta de inteligibles raccords, la sobreimpresión, el simbolismo que anuncia que el tiempo de la pesadumbre está contado, el uso del primer plano, el plano-contraplano que refuerza miradas volcánicas e idilios peligrosos, la iluminación casi expresionista en los rostros de los protagonistas. Los personajes están estupendamente interpretados por George Bancroft (el actor habitual del director en su etapa silente), Clive Brook y la hermosa Evelyn Brent. El climático enfrentamiento, que enuncia el declive y la redención del facineroso, es verdaderamente intrigante. Es un melodrama criminal muy entretenido mostrando los bajos fondos de los años 20.


En los últimos años el tema del narcotráfico ha cobrado una legítima popularidad que, aparentemente, es difícil de borrar dentro de la cultura popular. Tanto en el cine como en la televisión, esa popularidad despierta el morbo de la gente que admira la imagen del santo patrón de la cocaína, cuando este se rodea de un ejército de hombres armados hasta los dientes dentro de su mansión en las profundidades de una selva sudamericana. En incontables ocasiones he visto que repiten esa ecuación. Y casi todas provienen de Hollywood. Esa empresa, experta en la explotación de fórmulas, adultera el producto de la ficción de los narcotraficantes para mantener contentos a los consumidores y que estos controlen su adicción con el placer que le producen los tiroteos violentos, la cultura del dinero rápido y la presencia de algún zar de la cocaína que consume la sustancia blanca para sentir un poder que le corre por las venas. Pero recientemente me he topado con una producción latinoamericana muy diferente que trata la materia desde una óptica antropológica. Se trata de "Pájaros de verano", una película colombiana que dirige Ciro Guerra (La sombra del caminante, Los viajes del viento) en conjunto con la debutante Cristina Gallego (productora de sus películas). 

La película me intriga mucho cuando presenta, como una especie de epopeya, la espiral de violencia desatada por dos familias campesinas, en lo que aparenta ser una crónica muy elíptica sobre los orígenes del narcotráfico en Colombia y los individuos que sentaron las bases de esa profesión delictiva. Su saga del crimen, basada en una historia real, está estilizada. Cuenta con personajes muy bien interpretados (algunos son actores no profesionales) y una estética visual, casi naturalista, que encuadra con una belleza poética los paisajes rurales y, sobre todo, las tradiciones de los grupos étnicos wayuú que habitan un mundo donde la tranquilidad coloca el exabrupto fuera de campo para componer, de forma implícita, una soterrada metáfora política sobre cómo los norteamericanos son, en parte, responsables de que esas comunidades aborígenes se destruyan a causa de la ambición laminada en el negocio de las drogas. El tono en el que lo imagina es sosegado, crudo, realista, propenso a evitar los excesos con un ritmo que captura un intervalo de más de diez años gracias al ensamblaje derivado de una estupenda labor de montaje. En su narración se visualiza la traición, la venganza, la muerte, de gente que cae rendida ante los vicios del poder que deshumaniza un pueblo baldío que ya de por sí se halla sumido en la miseria y la ignorancia. 

Ambientada en el período colombiano de la bonanza marimbera a finales de la década de los años 60 y principios de los 70, la historia de la película relata el ascenso y la caída de un clan wayuú a través de cinco capítulos o cantos, en los que se describe la cotidianidad de su sociedad tribal. Son personas pacíficas que reparten sus días entre las celebraciones folclóricas, las danzas indígenas de cortejo, los rituales que buscan limpiar las impurezas del cuerpo, las conversaciones sobre las prácticas milenarias que se pasan de una generación a otra. Viven en el corazón de la árida península de la Guajira, poblada de aldeanos que hablan varios dialectos indígenas. Una región con un clima cálido, seco e inhóspito, bañada en los alrededores de una selva tropical que divide los establecimientos de los pueblerinos.

El protagonista es Rapayet (una tremenda actuación del desconocido José Acosta), un hombre reservado, frío, pasivo que intenta casarse con la joven Zaida (Natalia Reyes) durante la ceremonia de galanteo, luego de que ella fuera sometida a un rito de aislamiento para probar que estaba apta para el matrimonio. Rapayet representa la figura del líder imponente que puede liderar la manada, a pesar de que su tribu está capitaneada por una señora de nombre Úrsula (Carmiña Martínez), la matriarca a la que todos le muestran una señal de respeto y cuya sabiduría es una cosa irrefutable. Allí, como está pasando por aprietos económicos, Rapayet, con la ayuda de su inseparable amigo Moisés (Jhon Narváez), comienza a hacer negocios ilícitos con los alijunas (término con el que designa al hombre tez blanca), vendiendo cantidades inmensas de marihuana cultivada por algunas familias de la etnia wayuu. Pronto Rapayet y Moisés ganan mucho dinero vendiéndoles los cargamentos de marihuana a los norteamericanos, transportándola en avionetas y beneficiándose también del microtráfico. Pero el comercio que supone el contrabando se pone agrio cuando es manchado por la inquina, el orgullo, la enemistad y la represalia que tiene su origen en la apetencia capitalista más desaforada y en los códigos éticos de una civilización ancestral. 

Los personajes son seres intransigentes que transitan esa delgada línea entre los hábitos etnográficos indígenas y la avaricia enchapada por el mercado de la competitividad. Hay un simbolismo (incluso una secuencia muy onírica) que anuncia su pesadumbre. Tanto Rapayet, como Úrsula, el traicionero Moisés y el impulsivo de Leónidas forman parte de un relato costumbrista en el que coexisten los problemas cotidianos de cualquier sociedad: la disensión entre familias, las disputas por el control territorial, las contiendas a muerte entre clanes vecinos forrados de armas de alto calibre. En el trayecto ellos se olvidan de sus costumbres a medida que la preponderancia engendrada por el lucro del narcotráfico les nubla el raciocinio y solo piensan en la pobreza en la que se encuentran cuando atraviesan el camino del dolor, la desgracia y la sangre familiar que se derrama para preservar la codicia efímera del dinero fácil (los planos de los cadáveres tendidos en el suelo). Simbolizan un aspecto de la condición humana que es irrenunciable y que se origina en cualquier tipo colectividad, la naturaleza del conflicto.

Con ese argumento que se estructura en tres actos y que se divide con la elipsis a través de los cinco cantos, Guerra y Gallego conciben una narración un tanto similar a lo que hizo el mismo Guerra con El abrazo de la serpiente, en el sentido de que utiliza el cuento del narcotráfico para componer una mirada antropológica de una idiosincrasia indígena que se autodestruye al colisionar con factores externos (simbolizados con los alijunas) que corrompen sus valores tradicionales, colocándolos en un amplio aparato de coacción que los deja atascados entre la lluvia de disparos y las tumbas ancestrales inundadas de cadáveres de ametralladoras. Muestra las contrariedades del narcotráfico con una sutileza que jamás cede el paso a la glorificación superficial de la actividad.

La película exhibe la vida de esas comunidades indígenas con un estilismo visual portentoso que satisface mis retinas cada vez que se recurre al gran plano general para encuadrar el panorama desértico, las selvas impenetrables y la convivencia en los asentamientos de los clanes wayúu, como si se tratara de una mezcla sutil entre el western y el drama gansteril (con referencias muy claras a “Scarface” de De Palma). Se beneficia también de una música cautivante de Leonardo Heiblum. Llega a ser frugal, contemplativa, impactante. Puede que algunas subtramas y los golpes de efecto por momentos sean previsibles, pero he visto pocas películas de género que retraten el génesis del narcotráfico desde un enfoque antropológico como lo hace esta, sobre todo al desmitificar los estereotipos con los que esos criminales son expuestos en el cine. El resultado es muy cautivante.


Ficha técnica
Año: 2018
Duración: 2 hr 05 min
País: Colombia
Director: Ciro Guerra,  Cristina Gallego
Guion: Maria Camila Arias, Jacques Toulemonde
Música: Leonardo Heiblum
Fotografía: David Gallego
Reparto: Carmiña Martínez,  José Acosta,  Natalia Reyes,  Jhon Narváez,
Calificación: 7/10







Sinopsis: Durante la bonanza de la marihuana, una década violenta que vio los orígenes del narcotráfico en Colombia, Rapayet y su familia indígena se involucran en una guerra para controlar el negocio que termina destruyendo sus vidas y su cultura.


Han pasado más de diez años desde la última vez que el legendario Clint Eastwood se dirigía a sí mismo. Esa película es Gran Torino, en la que interpreta a un veterano de la guerra de Corea que habita una solitaria vivienda en un vecindario atestado de pandilleros surcoreanos a los que odia con el disgusto más aberrante. Como protagonista es un señor malhumorado, sarcástico, sincero y un racista profesado, la viva imagen de un misántropo en estado latente. Es el auténtico vetusto conservador que resalta los ideales de su país y lidia con cosas como la soledad, la desdicha familiar, la pérdida de su amada pareja, fantasmas del pasado que regresan a él cuando se queda dormido en su sofá frente al televisor luego de una noche de cervezas. Pero aprende una lección moral que deshace su arbitrariedad para siempre. Y la película es tan desgarradora como emotiva, porque lo retrata como el héroe de acción caído, el tipo duro que por primera vez afronta la inevitable fragilidad producida por los achaques. Algo similar a esa película concibe con su más reciente producción, The Mule, que lo pone una vez más como el anciano afanoso y huraño que se enfrenta a la incertidumbre de lo moral.  

Con esta película Eastwood prueba, con casi 90 años, que todavía puede dirigir y protagonizar un drama criminal ligero, sin artilugios exagerados, conciso en su planteamiento, en el que impera el relato familiar de antaño, la crónica policial más genérica y la peculiar historia de un octogenario endeudado que se convierte en la mula de un cartel mexicano de drogas. Aunque no está a la altura de sus grandes trabajos, su tono es tragicómico, placentero y muy emocionante cuando lo veo en una camioneta negra paseándose por varios rincones de los Estados Unidos para buscar una redención que lo ha abandonado. Se apresura en el arranque, pero la narrativa está rodeada de una densa capa de ironía que me ayuda a olvidar las coincidencias. En esas vías por las que él transita, el argumento registra soterrados discursos políticos sobre la discriminación y los prejuicios sociales hacia la figura del hispanoamericano, de un país que está perdido en la disgregación social y económica. También la culpa provocada por un pasado agridulce, como si se tratara de un viaje personal del mismo Eastwood para hacer una revisión toda su trayectoria, mostrando su vulnerabilidad y sus defectos como padre cuando se queda atrapado en la vorágine de unos dilemas morales que, en ocasiones, se resuelven fuera de campo. 

El guion de la película lo firma Nick Schenk, el guionista de la estupenda "Gran Torino". Y es por eso que las similitudes son inevitables. Lo adapta de un artículo escrito en The New York Times sobre el hecho verídico de Leo Sharp, un veterano de guerra que a sus ochenta años se convirtió en traficante de drogas del Cártel de Sinaloa. Aquí es nombrado Earl Stone. Y cuenta la historia de Earl Stone (Clint Eastwood), un veterano de la guerra de Corea que ronda los 88 años, horticultor profesado, amante de los lirios, cuando atraviesa dificultades económicas y lo persigue un agudo remordimiento por haber descuidado a su familia. Stone tiene mucho tiempo que no habla con su hija, Iris (Alice Eastwood). Tampoco se lleva muy bien con su ex esposa, Mary (Dianne Wiest). La única que parece comprenderlo es su nieta, Ginny (Taissa Farmiga), que lo ve como su modelo a seguir. Cuando le embargan su casa ya no sabe ni a quién acudir, por lo que regresa a la casa de su familia, que no lo reciben con la mejor acogida. Inflexible y con una voluntad inquebrantable, Earl vive en un mundo en perpetuo cambio al que no se adapta. Para salir de las deudas, comienza a trabajar inadvertidamente como transportador de cocaína (una mula) para unos narcotraficantes mexicanos que lo utilizan porque saben que el papel de senil, con la cara de inocencia y de ciudadano modélico, facilita el tráfico por los recorridos interestatales sin levantar la sospecha de la policía. 

La figura de Earl Stone encaja perfectamente en ese símbolo de la masculinidad que Eastwood viene personificando desde hace años como el hombre carismático, difícil, honesto, que oculta su afabilidad debajo de la dureza y que no confía en nadie, aunque su actitud se haya ablandado con los años. Puede ser amable por fuera y peligroso por dentro, algo que le permite escapar de las situaciones de mayor aprieto (la policía ni siquiera lo detiene solo por ser un hombre blanco) y salirse con la suya cuando uno menos lo espera. Hay signos que revalidan su rudeza disimulada y su lado más violento (los planos en los que está ensangrentado en la camioneta). Recurre a la astucia para lograr lo que desea. Es un personaje interesante que desmitifica la imagen del ochentón debilucho y los tabúes diseminados en la sociedad sobre este. Por eso se le ve disfrutando de la vida y de los placeres efímeros que le provee el dinero aun con la edad que tiene, teniendo sexo gratuito con prostitutas, aprendiendo a usar teléfonos inteligentes, cayéndole bien a toda la gente que conoce en el camino, manejando kilómetros con su carga de cocaína sin mostrar rastro alguno de cansancio y haciendo el trabajo con una eficiencia que despertaría la envidia de cualquier camionero más joven.

Con el empleo del montaje paralelo y de la elipsis, Eastwood logra que la trama de Earl muestre ambos lados de la moneda cuando transita una delgada línea moral que lo pone al margen de los agentes de la DEA y de los narcos; ganándose, con su aparente rostro de bondad, la confianza y el respeto de los dos bandos. Por una parte el de los policías liderados por los agentes de la DEA, Colin Bates (Bradley Cooper) y Trevino (Michael Peña), que buscan a la famosa mula, Tata (como los narcos apodan a Earl), y lo que menos piensan es que se trata de un hombre blanco de la tercera edad. Por otra, la de los narcos organizados por Latón (Andy García) y Julio (Ignacio Serricchio), quienes en un corto periodo lo admiran por sus hazañas en la carretera. Una tercera involucra los sacrificios de Earl para restablecer los lazos familiares que se marchitan como las flores a causa de su individualismo. 

Si bien es cierto que la película está basada en la vida Leon Sharp, Eastwood se toma libertades para hacerla suya, otorgándole a la narración la forma de un retrato muy personal, el homenaje autocrítico a su carrera. Su cinta habla de él mismo, en una especie de revisión tanto del mito cinematográfico como el hombre de familia que ha dedicado toda su vida a sacrificar momentos familiares para dedicarle la mayor parte del tiempo a su pasión, que es el cine (aquí simbolizada por los lirios), su cárcel personal, en la que encuentra la paz consigo mismo, pero sin descuidar en ningún momento la responsabilidad por sus seres queridos, que para él es lo más importante. Habla de la angustia, del perdón, de los vínculos familiares. Lo filma con paisajes hermosos y una música que representa su identidad como norteamericano (el jazz, el country). El ritmo es parsimonioso, aunque sirve para preservar la cohesión interna de la narrativa. La atmósfera que evoca es grisácea. Puede que se trate de su última película como actor protagónico, y de ser así es una despedida gratificante y disfrutable. Es una película cautivante, tensa, impredecible. El último testamento de un ícono viviente del cine.


Ficha técnica
Año: 2018
Duración: 1 hr 56 min
País: Estados Unidos
Director: Clint Eastwood
Guion: Nick Schenk
Música: Arturo Sandoval
Fotografía: Yves Bélanger
Reparto: Clint Eastwood,  Bradley Cooper,  Dianne Wiest,  Michael Peña,  Taissa Farmiga, Laurence Fishburne,  Ignacio Serricchio,  Alison Eastwood,  Andy García
Calificación: 7/10








Sinopsis: A Earl Stone (Eastwood), un octogenario que está en quiebra, solo, y que se enfrenta a la ejecución hipotecaria de su negocio, se le ofrece un trabajo aparentemente fácil: sólo requiere conducir. Pero, sin saberlo, Earl se convierte en traficante de drogas para un cártel mexicano, y pasa a estar bajo el radar del agente de la DEA Colin Bates.
Sinopsis: Después de pasar la noche con un presunto terrorista, la tranquila y ordenada vida de Katharina Blum queda completamente destruida. Como sospechosa, se convierte en víctima de una cruel campaña difamatoria de la policía y de un despiadado periodista sensacionalista, situación que pone a prueba los límites de su dignidad y de su cordura.

Ficha técnica
Título original: The Lost Honor of Katharina Blum (Die Verlorene Ehre der Katharina Blum)
Año: 1975
Duración: 1 hr 45 min
País: Alemania
Director: Volker Schlöndorff, Margarethe von Trotta
Guion: Volker Schlöndorff, Margarethe von Trotta
Música: Hans Werner Henze
Fotografía: Jost Vacano
Reparto: Angela Winkler, Mario Adorf, Dieter Laser, Jürgen Prochnow, Heinz Bennent
Calificación: 8/10

Crítica breve de la película 

No hay ni un solo minuto en el que no permanezca atado a mi asiento con esta película de Schlöndorff y Von Trotta (debutando como directora), adaptada de la novela homónima Heinrich Böll. El material que expone y que veo con tanto entusiasmo me parece escueto y perturbador cuando construye una tesis muy aguda sobre el poder mediático que está al servicio de las falacias y los hechos distorsionados, el periodismo amarillo inescrupuloso manchado de hipocresía, la libertad de prensa del individuo honesto, la ineptitud policial de primer orden, la invasión de la privacidad. El texto es tan relevante como nunca en el día de hoy. Lo modela con la historia de una pobre mujer, Katharina Blum, cuando pasa una noche con un terrorista y al amanecer se encuentra bombardeada por una campaña difamatoria desatada por la prensa sensacionalista y policías con delirios de conspiración, en tiempos muy difíciles en el orbe sociopolítico alemán. Allí ella es parte del abuso emocional causado por la policía, de los prejuicios provocados por el periódico, de la corrupción política minada en un entorno burgués, de una cordura que empieza a traicionarla. La interpretación de Angela Winkler como Katharina Blum es excelente cuando imprime con autenticidad sensaciones que divagan entre la angustia, la culpa, la impotencia y el disgusto. Destaco también el uso casi voyeurista del plano subjetivo, el sobreencuadre, el primer plano utilizado para comunicar verdades y el montaje rítmico que produce un estilo visual cercano al documental. Es una película que me ha fascinado, una joya formidable del nuevo cine alemán.


En los últimos años he sido testigo ocular de un inesperado renacer del cine de acción de Hollywood, desatado por las películas de John Wick que dirige Chad Stahelski y que protagoniza Keanu Reeves como el asesino a sueldo retirado que tiene como nombre el título de la cinta. Son inusuales y de un estilismo cercano a la novela gráfica cuando construyen un mundo muy interesante que se expande tanto como le permite la taquilla. Se roban elementos del cine de acción hongkonés y del surcoreano cuando elaboran sus coreografías de acción. Sus premisas son espontáneas, pero me atraen. En la primera, John Wick (2014), el protagonista decide vengarse de una mafia rusa por haber matado al perro que le regalo su fenecida esposa. En la segunda, John Wick: Chapter 2 (2017), John regresa al negocio del asesinato por una vieja deuda y se convierte en el objetivo del sindicato de asesinos al que pertenece. Y recientemente se ha estrenado la tercera parte titulada John Wick 3 – Parabellum que, sorpresivamente, es tan entretenida como las antecesoras cuando continúa con la cacería humana de la figura de acción más popular de esta década. 

Esta nueva entrega del universo de John Wick, dirigida una vez más por Chad Stahelski, tiene suficiente adrenalina para dejarme pegado del asiento durante dos horas que viajan tan rápido como una bala. No me emociona al tope, pero me atrapa el estilo visual, la sorpresiva trama y los personajes, incluyendo al renegado John Wick de Keanu Reeves, el antihéroe que hace lo que sea por un perrito y los suyos y que, al parecer, es indestructible. Los elementos visuales adornan los escenarios coloridos de luces y sombras que enriquecen los combates cuerpo a cuerpo y las persecuciones más frenéticas. Aprovecha, casi siempre, el plano general para otorgar autenticidad a las peleas. Las secuencias de acción están repletas de coreografías espectaculares, en las que un malherido John Wick atraviesa situaciones extremas de violencia donde sobran las montañas de cadáveres, los puñetazos, las patadas, los disparos, los cuchillazos y todo lo que tenga que ver con liquidar a tipos malos para sobrevivir a la misteriosa organización de asesinos. 

La trama de la película comienza justo una hora después de que un herido John Wick (Keanu Reeves), el antiguo profesional del arte del asesinato, es considerado como “excomunicado” por el gremio de asesinos y adquiere una recompensa de 14 millones de dólares por su cabeza. Presenta a Wick corriendo por su vida porque le queda poco tiempo y tiene el reloj en su contra. En esos entornos, Wick transita a pie por las calles húmedas de la ciudad de Nueva York acompañado de su perro. Y todos los matones de la ciudad se han enterado del precio que tiene su cabeza y buscan a Wick para matarlo en cualquier esquina y cobrar el cheque. En el camino, asimismo, le pone sorpresas y golpes de efecto muy sutiles para que John emplee sus habilidades y mate a todo el que se le acerque mientras intenta lidiar con la enigmática secta denominada como la Alta Mesa, además de expandir la mitología de este cosmos de asesinos introduciendo a nuevos personajes.

Esta es la tercera película de John Wick que dirige Stahelski, quien en antes era doble de acción. Y por lo que veo es estupendo para lograr escenas de acción impactantes que siempre sostienen esa cosa que llaman cohesión. Las secuencias de acción que elabora, para el presupuesto que le dieron, son espectaculares y respetan los parámetros de la fórmula estética por la que se caracteriza la saga. Hay luces de neón omnipresentes en cada escenario, un uso recurrente del plano general para proponer una acción casi en tiempo real y una música que magnifica el vigor del aparato de acción. Confiere un balance estupendo entre la violencia más sofisticada y el sentido del humor, en las escenas en que John Wick se somete a ataques mortales con tipos que salen hasta de las alcantarillas o de las sombras, paseándolo a caballo por las calles húmedas de Nueva York, por una persecución que involucra varias motocicletas en un túnel, por un enfrentamiento a tiro limpio en el que participan unos perros entrenados para matar a cualquier enemigo, por una caótica lucha en una jungla de cristal con chalecos blindados y armas cargadas con balas de acero. Su cámara se mueve con destreza cuando logra planos muy inusuales que me inquietan y me hacen sentir que formo parte del peligro al que se expone el protagonista. 

Observo que la narración añade algo de desarrollo al protagonista, John Wick, a través de los diálogos en los que se menciona parte de su pasado. Es posible que en ese lugar John Wick, un asesino despiadado, creara un código de ética personal que se salía de los estándares amorales de la Alta Mesa y que, con el tiempo, fortaleció su reputación y la confianza que ha conseguido con personajes secundarios. Por esa razón, Wick es auxiliado por personajes como Winston (Ian McShane), el dueño del hotel The Continental que actúa como su consejero; Charon (Lance Reddick), el recepcionista del hotel; Sofia (Halle Berry), la asesina que es amiga íntima de Wick; y la directora (Anjelica), una matriarca vinculada a los orígenes de él. Wick ha ayudado a mucha gente. Todos ellos lo conocen, lo admiran y también lo respetan. Una lógica interna que explica el hecho de que siempre lo ayudan a escapar en las circunstancias más imprevistas por estar en deuda con él. La traición es parte de la jugada deudora. 

Aunque se trata de una película de acción me percato de temas que movilizan el hilo conductor de la trama, como la traición más insospechada, la desconfianza y la lealtad en un mundo donde la línea moral entre el bien y el mal es borrosa. Son tan breves como implícitos, pero aportan una densa capa de coherencia que, en el trayecto, desenrolla con agudeza las acciones de ese protagonista que puede matar a quien sea con la hebilla de una correa. Keanu Reeves demuestra una vez más que es uno de los mejores héroes de acción de los últimos años. Es una película que disfruto bastante con sus persecuciones, sus contiendas y sus tiroteos energúmenos. En materia de acción está a la par con sus predecesoras. Necesito una secuela con urgencia. 


Ficha técnica
Año: 2019
Duración: 2 hr 11 min
País: Estados Unidos
Director: Chad Stahelski
Guion: Derek Kolstad, Shay Hatten, Chris Collins, Marc Abrams
Música: Tyler Bates, Joel J. Richard
Fotografía: Dan Laustsen
Reparto: Keanu Reeves, Halle Berry, Ian McShane, Anjelica, Laurence Fishburne, Mark Dacascos
Calificación: 7/10





 Sinopsis: John Wick (Keanu Reeves) regresa a la acción, solo que esta vez con una recompensa de 14 millones de dólares sobre su cabeza y con un ejército de mercenarios intentando darle caza. Tras asesinar a uno de los miembros del gremio de asesinos al que pertenecía, Wick es expulsado de la organización, pasando a convertirse en el centro de atención de multitud de asesinos a sueldo que esperan detrás de cada esquina para tratar de deshacerse de él.
Sinopsis: Del tren baja Milán, un hombre solitario, que llega a la ciudad por primera vez. Entra en una farmacia, donde conoce a Manesquier, un profesor de lengua jubilado. Los dos hombres, aunque muy distintos, simpatizan por una simple razón: a cada uno le hubiera gustado llevar la vida del otro. El profesor sueña con ser un aventurero; el aventurero se imagina a sí mismo como un hombre sedentario. Dentro de tres días, Milan tiene pensado atracar el banco local, y, dentro de tres días, Manesquier tiene que someterse a un triple by-pass. Tienen tres días para conocerse, para creer ilusoriamente que habrían podido llevar una vida distinta.

Ficha técnica
Título originalL'homme du train
Año: 2002
Duración: 1 hr 27 min
País: Francia
Director: Patrice Leconte
Guion: Claude Klotz
Música: Pascal Estève
Fotografía: Jean-Marie Drejou
Reparto: Jean Rochefort,  Johnny Hallyday, 
Calificación: 7/10

Crítica breve de la película  

Me causa una agradable sorpresa este drama criminal dirigido por Patrice Leconte. El humor, los diálogos que llevan impreso el sello de la sobriedad y una trama muy intrigante la mantienen alejada de artificios. Los protagonistas son dos personajes macerados que se cruzan por casualidad en un tren y tienen algo en común: están cansados de haber llegado a un punto en sus vidas en que casi nada tiene sentido. Uno es un profesor de poesía conservador, agobiado, de alegría fingida, que lamenta en el fondo no haber disfrutado de algo más que tocar el piano, tomar vino y leer libros. El otro es un ladrón algo reservado, solitario, propenso a la acción, que se ha dejado atrapar por el pasado y anhela escapar del círculo de violencia que firma su historial. Esos dos señores están interpretados con una química estupenda entre Jean Rochefort y el legendario Johnny Hallyday. Siento simpatía por ellos cuando entablan sus conversaciones en medio de la cotidianidad otoñal de una provincia francesa. En ese vínculo, cuando uno de ellos anhela lo que tiene el otro, y viceversa, visualizo una lectura filosófica sobre el significado de la elección. Es una buena película.
Sinopsis: Una banda de ladrones aleja a un hombre fuera de su casa para poder robarla. En ella permanecen la madre y sus tres hijas, quienes ante la amenaza de los ladrones se atrincheran en una habitación de la casa. El teléfono de esa habitación les servirá para avisar al padre acudiendo a su rescate, en una carrera contra el reloj.

Ficha técnica
Título original: The Lonely Villa
Año: 1909
Duración: 1 hr 30 min
País: Estados Unidos
Director: D.W. Griffith
Guion: Mack Sennett
Música: Película muda
Fotografía: G.W. Bitzer, Arthur Marvin
Reparto: David Miles,  Marion Leonard,  Mary Pickford,  Gladys Egan,
Calificación: 7/10

Crítica breve de la película 

Esta película muda temprana de Griffith, posiblemente la primera en introducir el subgénero de 'home invasion', adaptada de la obra de André de Lorde, me cautiva con la historia de la familia aburguesada que es acechada por unos ladrones que intentan robarles. El hálito de crimen y la tensión que supone la intrusión me produce tanto pánico como la madre y sus tres acorraladas que intentan sobrevivir al terror. El estatismo de su cámara es novedoso, casi teatral, proyectando un dramatismo correcto en cualquier coordenada espacio-temporal. El manejo del tiempo y el ritmo, empleado con un montaje de tiempos alternos, se contiene en unos diez minutos de metraje que pasan volando hasta el caótico clímax. Es también uno de los primeros cortometrajes que todavía se conservan en los que actúa la mítica dama del cine mudo norteamericano, Mary Pickford. Pickford comparte escena con otra actriz recurrente de Griffith, Marion Leonard, quien ofrece una histriónica actuación como la madre. Es una película relevante en la historia del cine.




Mira la película completa 



Sinopsis: Un grupo de gángsters llega a un bar de carretera en el famoso Bosque Petrificado de Arizona, con el propósito de tomar a los ocupantes como rehenes. 

Ficha técnica
Título original: The Petrified Forest
Año: 1936
Duración: 1 hr 22 min
País: Estados Unidos
Director: Archie Mayo
Guion: Delmer Daves, Charles Kenyon
Música: Bernhard Kaun
Fotografía: Sol Polito
Reparto: Leslie Howard,  Bette Davis,  Humphrey Bogart,
Calificación: 7/10

Crítica breve de la película 

Me ha entretenido bastante esta película dirigida por Archie Mayo. Mayo consigue que sea entrañable, oscura, casi existencial con su radiografía de lo estereotipos norteamericanos de los años posteriores a la Gran Depresión. Las escenas son largas, pero eficaces para la narración. Confinan en medio del desierto a un vago con un pasado agridulce, a una camarera que desea ser actriz, un abuelo hablador, una pareja de burgueses y una banda de maleantes. Estos desesperanzados personajes simbolizan una sociedad estadounidense que, por la situación social y económica, ha abandonado el sueño americano. Encuentro estupenda la química entre los intérpretes. Me agrada la de Leslie Howard como el vagabundo individualista con alma de filósofo, la de Bette Davis como la muchacha soñadora que desea ser algo más que "una rata del desierto", y la de Humphrey Bogart como el gánster aburrido que prefiere hablar con el revólver (papel que lo pondría en el radar de Hollywood). Todos ellos constituyen un final que para mi es demasiado trágico para olvidarlo.
Sinopsis: Un asesino en serie ha estado matando mujeres hermosas en Nueva York, y el nuevo propietario de una compañía de medios ofrece un trabajo de alto rango al primer administrador que puede obtener las primeras primicias del caso.

Ficha técnica
Título original: While the City Sleeps
Año: 1956
Duración: 1 hr 40 min
País: Estados Unidos
Director: Fritz Lang
Guion: Casey Robinson
Música: Herschel Burke Gilbert
Fotografía: Ernest Laszlo
Reparto: Dana Andrews,  Ida Lupino,  George Sanders,  Rhonda Fleming,  Howard Duff, Vincent Price,  John Barrymore Jr.,  Thomas Mitchell,
Calificación: 7/10

Crítica breve de la película 

Esta película de cine negro dirigida por Lang es intrigante con la trama del periodista que, junto a la policía, intenta atrapar a un asesino de mujeres que anda suelto en la ciudad que nunca duerme, mientras en los cuarteles del periódico se pelean por la primicia. Hay adulterio, homicidios, ambición, cinismo. Cuenta, asimismo, con un reparto estelar encabezado por Dana Andrews, Rhonda Fleming, George Sanders, Ida Lupino y Vincent Price. Y puede que pierda algo de ritmo con algunas subtramas que sobran, pero se recupera con la secuencia climática en la que el protagonista persigue al asesino pintalabios por el subterráneo. El resultado es muy interesante con el argumento de la manera tan cínica en que se maneja la jerarquía y las influencias en el mundo político del periodismo. Es una buena película de cine negro.

El cine del director danés Lars von Trier siempre ha desatado polémica cuando presenta películas que resultan subversivas para los espectadores que actúan como los jueces de la moral, aunque eso no impide que casi todas sean maravillosas. Los temas edificados en sus películas hablan de la crueldad soterrada del mundo, de la angustia y el sacrificio de gente que es maltratada por una sociedad intolerante, de lo absurdo que puede ser la existencia ante el destino, de la sexualidad que desnuda los prejuicios del hombre y de la mujer, de la violencia que lleva la transgresión hasta los límites más insospechados de la censura, del arte que rompe con la estratósfera de la racionalidad. Está constituido de códigos abstractos y de una narrativa rigurosa que pueden partir de una provocación para suscitar una idea poética más elevada.

En su última película, The House That Jack Built, Von Trier hace justamente esto: provocar, pero regresando a la brillantez por la que se ha caracterizado su estilo, empleando el formalismo más rupturista para crear algo novedoso en el género del terror psicológico. Narra la historia de Jack, un homicida sofisticado, para elaborar una metáfora poderosísima sobre la función que tiene el arte como una forma de expresión humana alejada de cualquier rastro de moralidad; una que es universal y que, con insertos muy simbólicos, nos pasea por cosas tan preciosas como la música, la arquitectura, la escultura, la literatura, la poesía, la fotografía y la pintura. Sus diálogos tienen vocación por la filosofía más sobria, y la narración fluye como la barca de Dante en las aguas de la laguna Estigia.

La historia de la película, dividida en cinco incidentes sin orden cronológico específico, describe la vida de Jack (Matt Dillon), el asesino en serie que tiene el pasatiempo de ser misántropo, en el transcurso de 12 años durante la década de los setenta y los ochenta en el estado de Washington. En ese tiempo, manejando una peculiar camioneta roja, se dedica a buscar mujeres para asesinarlas brutalmente y almacenar sus cadáveres en un congelador industrial, donde las conserva cuidadosamente disecadas, pero lo hace con un propósito mayor. Como Jack ha fracasado como ingeniero, recurre a la arquitectura [del asesinato] para ser un artista, pues su sueño es construir una residencia gigante con los materiales adecuados [restos] para poder vivir. Para Jack, ultimar personas es una especie de arte. A lo largo del film, no obstante, por medio de una voz en off sostiene conversaciones con Verge (Bruno Ganz), un personaje misterioso que se halla fuera de campo, relatando a detalle los sucesos, algunas de las cuales incluyen el arte, la filosofía, la ética, la cultura y la mirada amoral que Jack tiene sobre el mundo.

El argumento de la película propone que el Señor Sofisticación (como la prensa apoda a Jack), con su gélida y compulsiva personalidad, visualiza una obra de arte en cada uno de los crímenes que ejecuta. Y el pensamiento de concebir una nueva obra le puede llegar a Jack en cualquier momento o calculando meticulosamente sus acciones, como en la escena en la que se encuentra a una mujer (Uma Thurman) estacionada en la carretera porque necesita ayuda y, luego de ayudarla, la mata golpeándola en la cara con un gato por hablar demasiado. También al presentarse en la vivienda de una señora fingiendo ser policía y un agente de seguros que, garantizándole un aumento de pensión, termina ahorcándola con sus propias manos cuando lo deja entrar. O la chocante escena en la que se va de picnic y de cacería por el bosque con una mujer y sus dos hijos y les dispara a sangre fría con un rifle de alto calibre, todo para componer un lienzo en la tierra con los cuerpos de los tres y varios cuervos muertos. 

El acto transgresivo, representado por "el homicidio", es la catarsis que libera al artista (Jack) de las cadenas de la crisis creativa, tal y como Jack le dice a Verge: “no mires los actos, mira las obras”.

La estética impecable de la cinta resalta la agitada subjetividad de Jack recurriendo a los medios usuales acomodados por Von Trier: una cámara en mano que sigue a Jack constantemente y que, a través de un montaje muy rítmico, intensifica su mirada con primeros planos agobiantes y con planos de inserto colmados de imágenes históricas que se yuxtaponen, paralelamente, a las contravenciones que realiza. La música extradiegética, que va desde Bowie hasta Bach, también sirve para precisar el estado de ánimo de Jack y para dimensionar su nivel de satisfacción tras una labor ejecutada. Asimismo, los instrumentos de trabajo con los que Jack compone las obras están pintados de un color rojo que simboliza, tanto las emociones que Jack siente al cometer el crimen, como la consecuente violencia y el peligro al que se exponen sus víctimas. Son recursos estéticos que fortalecen la naturaleza episódica del relato y la figura del protagonista.

Con esta fábula al servicio de la perversidad y del humor negro más consecuente, Von Trier esculpe nuevamente una película que es tan cautivadora como provocativa, con una actuación sumamente metódica de un soberbio Matt Dillon. Ilustra (con claras referencias a Blake, Alighieri, Delacroix, Goethe y el mismo cine del realizador) los claroscuros interminables de los mitos del artista, diciéndonos que este crea, destruye y está condenado a incinerarse en las profundidades de un infierno cuando abandona su arte, como le sucede a Jack, en una de las secuencias más magníficas y oníricas de toda la película, al ser interrumpido por la muerte (el Virgilio de la Divina Comedia) cuando intenta erigir su obra maestra alineando a cinco hombres amarrados de distintas etnias para dispararle a corta distancia con una sola bala, pero que, irónicamente, termina haciendo otra obra: su anhelada casa; acto que es una alegoría extraordinaria del potencial que tiene el arte para unificar a la humanidad y para condenar de manera maldita al poseedor del ingenio. Es una película fascinante.


Ficha técnica
Año: 2018
Duración: 2 hr 32 min
País: Dinamarca
Director: Lars von Trier
Guion: Lars von Trier
Música: 
Fotografía: Manuel Alberto Claro
Reparto: Matt Dillon,  Bruno Ganz,  Uma Thurman,  Riley Keough,  Sofie Gråbøl,
Calificación: 8/10







Sinopsis: Estados Unidos, década de 1970. Seguimos al brillante Jack durante un período de 12 años, descubriendo los asesinatos que marcarán su evolución como asesino en serie. La historia se vive desde el punto de vista de Jack, quien considera que cada uno de sus asesinatos es una obra de arte en sí misma.
Sinopsis: Dos convictos escapados encadenados, uno blanco y otro negro, deben aprender a llevarse bien para eludir la captura.

Ficha técnica
Título original: The Defiant Ones
Año: 1958
Duración: 1 hr 36 min
País: Estados Unidos
Director: Stanley Kramer
Guion: Nedrick Young, Harold Jacob Smith
Música: Ernest Gold
Fotografía: Sam Leavitt
Reparto: Tony Curtis,  Sidney Poitier,  Theodore Bikel,  Charles McGraw,  Lon Chaney Jr.,
Calificación: 7/10
Sinopsis: En 1985, un grupo de delincuentes se burla de la seguridad del Museo Nacional de Antropología en la Ciudad de México para extraer 140 piezas prehispánicas de sus vitrinas.

Ficha técnica
Año: 2018
Duración: 2 hr 08 min
País: México
Director: Alonso Ruizpalacios
Guion: Manuel Alcalá, Alonso Ruizpalacios
Música: Tomás Barreiro
Fotografía: Damián García
Reparto: Gael García Bernal,  Leonardo Ortizgris,  Alfredo Castro,
Calificación: 7/10
Sinopsis: Marcello, el dueño de una peluquería canina a las afueras de Roma se deja influenciar por un delincuente local hasta que su vida personal se complica y decide tomar las riendas de la situación.

Ficha técnica
Año: 2018
Duración: 1 hr 43 min
País: Italia
Director: Matteo Garrone
Guion: Maurizio Braucci, Ugo Chiti, Matteo Garrone, Massimo Gaudioso
Música: Michele Braga
Fotografía: Nicolai Brüel
Reparto:  Marcello Fonte, Edoardo Pesce, Nunzia Schiano, Adamo Dionisi
Calificación: 7/10
Sinopsis: Asger Holm, un oficial de policía, ha sido suspendido temporalmente de sus funciones y relegado a operador del servicio de emergencias. Durante su rutinario turno de noche, recibe la extraña llamada de una mujer aterrada. A pesar de su reacción de sorpresa, Asger se da cuenta de que la mujer al otro lado del teléfono ha sido secuestrada, y es entonces cuando comenzará la búsqueda.

Ficha técnica
Título original: The Guilty (Den skyldige)
Año: 2018
Duración: 1 hr 24 min
País: Dinamarca
Director: Gustav Möller
Guion: Gustav Möller, Emil Nygaard Albertsen
Música: Caspar Hesselager, Carl Coleman
Fotografía:  Jasper J. Spanning
Reparto:  Jakob Cedergren, Jessica Dinnage, Omar Shargawi
Calificación: 7/10

En la escena de apertura de BlacKkKlansman, la nueva película del señor Spike Lee, hay un detalle muy interesante. Comienza, luego de una trágica escena de Gone With The Wind (1939), con el discurso minado de racismo de un tal Kennebrew Beauregard (Alec Baldwin), en el que afirma su oposición a la integración racial que trajo consigo el Caso Brown y la crisis de Little Rock en 1957; diciendo, en pocas palabras que no tolera que pueda haber una convivencia entre blancos y negros. Está filmado en blanco y negro, con las imágenes históricas del evento superpuestas en su rostro. Pero en el segundo discurso habla de “las cosas buenas” de su país e, irónicamente, el plano adquiere color, y lo único en blanco y negro son las escenas superpuestas en su rostro de The Birth of Nation (1915), la película de Griffith, de gran valor cinematográfico que, resulta controversial por su propaganda racista. Este paralelismo es esencial para el desarrollo de esta película, que representa una de las mejores de la filmografía de Lee desde Malcolm X (1992).

Esta película, galardonada con el Gran Premio del Jurado en el Festival de Cannes, es una cosa cautivadora, provocativa, divertidísima, de estética refinada, con una trama policial que ilustra, a modo de sátira, parábolas sociopolíticas sobre las injusticias raciales que, como la historia misma, todavía parece repetirse en el presente. La ambientación es fidedigna, el estilo visual captura la esencia de los 70, los protagonistas están interpretados con gracia, equilibra sabiamente los géneros de la comedia negra y el cine policíaco, no le sobra metraje para nada, el ritmo es adecuado y preciso. Y lo más insólito es que está basada en la historia verídica de Ron Stallworth, policía afroamericano que se logró “infiltrar” en el Ku Klux Klan de la forma menos esperada.

La historia de Ron Stallworth (John David Washington, el hijo de Denzel Washington) empieza a principios de los años setenta en la localidad de Colorado Springs, cuando se convierte en el primer policía afroamericano, en una época de marcadas luchas por los derechos civiles y el activismo político. Allí se le asignan varias tareas como agente encubierto, pero la más importante llega un día cuando, leyendo el periódico, Stallworth ve un anuncio de reclutamiento del Ku Klux Klan, pero sabiendo que, obviamente no puede ingresar, se le ocurre la idea, utilizando su voz, de hacerse pasar por un hombre blanco y llamar por teléfono para solicitar la membresía. Para conseguirlo, Stallworth pide a su colega Flip Zimmerman (Adam Driver), de ascendencia judía, que se haga pasar por él para presentarse ante el líder local, logrando así una doble infiltración en esa célula de la organización.

El tono de la película aparenta ser liviano en la superficie por la dirección que toma la trama cuando revela algunas circunstancias, pero eso es solo un atavío para el comentario político representado por los personajes. Ron, muy bien interpretado por Washington, es el afroamericano que debe lidiar con los prejuicios en las calles, pero tampoco es el policía que termina siendo un héroe, es más bien un intermediario que, al igual que Flip (una estupenda actuación de Driver) simboliza la igualdad entre grupos étnicos y la desgracia producida por las ideas de movimientos políticos de extrema derecha que solo buscan segregarlos, transitando entre el racismo y el odio, entre la justicia y la arbitrariedad. Esta balanza moral que atraviesa Ron cobra mayor sentido cuando se enamora de Patrice Dumas (Laura Harrier), la muchacha que encarna el rol de la mujer políticamente activa que exige sus derechos, y, también, al momento de desenmascarar al líder del KKK, David Duke (Topher Grace), el supremacista que oculta el odio con fanáticas diatribas e hipocresía. Estos personajes, excluyendo a Duke y su grupo de inútiles, son piezas de una minoría que lucha contra la intransigencia de un sector extremista de la sociedad.

Lee condena la discriminación y la intolerancia en la sociedad norteamericana con un símil entre la historia y el cine. Lo consigue con un uso magistral del montaje paralelo, en una secuencia en la que, primero, Harry Belafonte cuenta las atrocidades raciales que condujeron al inhumano linchamiento de Jesse Washington en 1916, y, segundo, con las acciones del Ku Klux Klan, quienes miran The Birth of the Nation y la utilizan como parte del ritual para fortalecer a los iniciados. “El nacimiento de la nación”, de Griffith, tuvo su estreno en el 1915 y, a pesar de contar con innovadoras técnicas cinematográficas muy importantes para la historia del cine, fue criticada severamente por glorificar a los integrantes de ese organismo y mostrarlos como unos patriotas que defendían el país de las "actitudes barbáricas" de los negros, factores que, a la vez, catapultaron el racismo local en varios lugares de Estados Unidos y que, tanto en los años 70 como en la contemporaneidad, todavía prevalecen.

La película del director de Do The Right Thing, con claras referencias al género blaxploitation y a la estética setentera como los peinados afros y las ideologías del Black Power, mantiene una narración enérgica que reparte momentos en los que prevalece una parodia que luego cede el paso a la tragedia, filmada, cerca del clímax, con la mirada política de un documental, quizá para reflejar una xenofobia universal que, en ocasiones, se ha presentado tanto en la historia como en el cine. Detrás de la denuncia, hay víctimas grises en ambos lados del espectro, sin importar el color de la piel o su procedencia étnica.  Es ocurrente, atrevida, entretenida y muy necesaria, pero, sobre todo, es la mejor que ha dirigido en mucho tiempo.


Ficha técnica
Año: 2018
Duración: 2 hr 15 min
País: Estados Unidos
Director: Spike Lee
Guion: Spike Lee, Kevin Willmott, David Rabinowitz, Charlie Wachtel
Música: Terence Blanchard
Fotografía: Chayse Irvin
Reparto: John David Washington, Adam Driver, Topher Grace, Laura Harrier,
Calificación: 8/10

Sinopsis: A principios de los años setenta, una época de gran agitación social con la encarnizada lucha por los derechos civiles como telón de fondo, Ron Stallworth se convierte en el primer agente negro del departamento de policía de Colorado Springs. Sin amedrentarse, decide seguir adelante y hacer algo por su comunidad llevando a cabo una misión muy peligrosa: infiltrarse en el Ku Klux Klan.


Sinopsis: Sayra (Paulina Gaitan), una adolescente hondureña, se reúne con su padre para ir a los Estados Unidos; a partir de Chiapas, viajan en el techo de un vagón de mercancías, donde están expuestos tanto a las inclemencias del tiempo como a la violencia.

Ficha técnica
Año: 2009
Duración: 1 hr 36 min
País: México
Director: Cary Joji Fukunaga
Guion: Cary Joji Fukunaga
Música: 
Marcelo Zarvos
Fotografía: Adriano Goldman
Reparto: Paulina Gaitan,  Edgar Flores,  Kristyan Ferrer,  Diana García,
Calificación: 7/10
Sinopsis: Cuatro jóvenes confunden sus vidas con una película e intentan uno de los robos más audaces en la historia de los Estados Unidos.

Ficha técnica
Título original: American Animals
Año: 2018
Duración: 1 hr 56 min
País: Estados Unidos
Director: Bart Layton
Guion: Bart Layton
Música: Anne Nikitin
Fotografía: Ole Bratt Birkeland
Reparto: Evan Peters,  Blake Jenner,  Barry Keoghan,  Jared Abrahamson,
Calificación: 7/10