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En las tierras lejanas de Japón existe un cineasta que, a mi parecer, se ha convertido en el heredero  de Ozu y de Naruse retratando la cotidianidad y las contrariedades sociales presentes en la sociedad contemporánea japonesa. Mi primer contacto con su cine sucedió rápido y no me causó tanta emotividad, pero con el paso de los años he desarrollado cierta afinidad por el naturalismo de sus películas. Estimula mi inteligencia y mi sensibilidad al fotografiar a seres humanos que anhelan cosas tan simples como la confraternidad, el cariño originado por las relaciones humanas y la necesidad aparente de pertenecer a una familia, temas que habitualmente acomodan una porción de su filmografía en películas como Maborosi, la irregular De tal padre, tal hijo, Nuestra hermana pequeñaDespués de la tormenta, la perturbadora El tercer asesinato y su obra cumbre Caminando. Se trata del director Hirokazu Koreeda, quien con su más reciente película, titulada (como era de esperarse) Un asunto de familia, logra conmoverme hasta el infinito con la unión de una familia nipona muy peculiar.

La película, con la que Koreeda resultó ganador de la Palma de Oro en el Festival Internacional de Cine de Cannes, encuadra las relaciones familiares de una manera muy singular a lo que el director ha venido exponiendo anteriormente, aunque siempre preserva los semblantes de su estética, distanciándose de cualquier propensión a lo convencional para que la sutileza acicale un argumento que avanza a un ritmo contemplativo con el cual me río, reflexiono y salgo sollozando al ser testigo de las vicisitudes de una familia japonesa situada en condiciones de pobreza. El material es escueto, prudente y muy sobrio. Me quedo impresionado en cámara lenta cuando captura la marginalidad con unas características que se funden en lo poético y en el realismo más crudo. Los personajes que observo en esa familia son, en la forma más procaz de la palabra, unos ladrones que para poder sobrevivir el día a día mantienen la práctica de hurgar los establecimientos de comestibles para robarse los productos sin pagar ni un solo centavo.

Osamu (Lily Franky) y Shota (Kairi Jō). Foto cortesía de Gaga Communications.

Desde el comienzo de la película se plantea ese problema cuando Osamu Shibata (Lily Franky) y el pequeño Shota Shibata (Kairi Jo) recorren los pasillos de un supermercado (imagino que sin cámaras de seguridad) comunicándose con señales para sustraer los alimentos que necesitan. Osamu le dice a Shota que está bien robar cosas que no han sido vendidas, ya que no pertenecen a nadie. Hace mucho frío, viven en Tokio y caminando por las calles se encuentran con una niña llamada Yuri (Miyu Sasaki) que parece abandonada en el balcón de un apartamento. La recogen sin avisarles a los padres y le ofrecen cobija en su casa durante la noche.

En el interior de la casa típicamente japonesa todo está roñoso y desordenado, los colchones y los trapos abundan por los tatamis, las paredes están teñidas de un color sepia que resalta el estado de suciedad, las montañas de artículos de segunda mano adornan cada rincón de la vivienda, como si padecieran disposofobia o estuvieran habituados a vivir orgullosamente en la inmundicia de un hogar marginal. Allí Osamu presenta la niña a los otros miembros de la familia, Nobuyo Shibata (Sakura Ando), Aki Shibata (Mayu Matsuoka) y la matriarca, Hatsue Shibata (Kirin Kiki), quienes la reciben con una cálida acogida y deciden quedarse con ella al notar signos de maltrato.

Hatsue (Kirin Kiki), Aki (Mayu Matsuoka), Osamu (Lily Franky) y Yuri (Miyu Sasaki). Foto cortesía de Gaga.

Estos personajes ilustrados por el guion de Kore-eda tienen un pasado escabroso y coexisten en un período de marginación que los ha obligado a recurrir al latrocinio para ganarse la vida porque sus ingresos son insuficientes para cubrir las necesidades básicas. Osamu es un trabajador de cuello azul en una constructora, Nobuyo trabaja de servicio en una lavandería industrial, Aki es una profesional del erotismo en un lujoso lupanar, Shota ni siquiera va a la escuela y la anciana Hatsue los ampara ofreciéndoles el hogar y el dinero de su pensión de viuda. El equilibrio correcto de la acción desarrolla sus conflictos con una coherencia que se mantiene encadenada a una labor rigurosa de montaje, en la que cada escena aporta elementos imprescindibles para escudriñar lo que piensan de la circunstancia que atraviesan. Componen una familia en el sentido tradicional, pero desviada de las normas sociales y de las fronteras consanguíneas, cuyo vínculo afectuoso crece a medida que progresa la trama y se muestran, a través de los diálogos, los secretos más profundos de los integrantes.

En esos instantes la película me permite ver escenas memorables y muy intimistas, como las conversaciones cotidianas que sostienen en la mesa, la hermandad surgida entre Shota y Juri (muy similar a la de los niños paupérrimos de Nadie lo sabe), la fuerte inclinación paternofilial que despliega Osamu sobre Shota al jugar con este en los estacionamientos, el abrazo matriarcal de Nobuyo hacia la pequeña Juri mientras incinera sus ropas viejas frente a un fuego simbólico y comparten el sentimiento con las cicatrices de un pasado colmado de maltratos, la plática íntima de Aki con un cliente mudo llamado Sr. Four, una escena de intimidad sexual entre Osamu y Nobuyo en un día lluvioso, la visita a la playa en la que todos participan en familia y la señora Hatsue presagia una muerte solitaria cuando de lejos mira tranquilamente a la familia feliz que ha formado.

Shota (Kairi Jō), Nobuyo (Sakura Ando) y Yuri (Miyu Sasaki). Foto cortesía de Gaga.

Partiendo de la dimensión ética y moral del relato, la exposición de la familia le sirve a Kore-eda para elaborar una observación social muy agridulce sobre el significado de la institución familiar en la sociedad contemporánea, los lazos afectivos que la construyen y la condición socioeconómica de gente que vive en una situación de miseria producida por la recesión económica, además de resaltar los dilemas morales que abrazan a los individuos ordinarios provenientes de hogares disfuncionales. A pesar de que el núcleo familiar está compuesto por “desconocidos” como se revela en la segunda mitad, alcanzan una etapa de felicidad efímera que los unifica y que ayuda a disipar cualquier rastro de culpa laminada por la dirección antisocial que han tomado: el negocio turbio que la abuela organiza en secreto con el hijo de su esposo fenecido, el rapto suplantado por la adopción inconsecuente de Juri, la explotación infantil de Shota cuando se le enseña a robar en lugar de acudir a la escuela y la prostitución Aki. No son presentados como víctimas de un sistema, sino, más bien, como parte de una solución que pasa desapercibida por las autoridades como la empatía y la solidaridad.

Kore-eda retiene un control formal que se prolonga a lo largo de una sólida puesta en escena en la que nunca sobran los elementos. Se vale del sobreencuadre, el punto de vista, el plano subjetivo, el campo-contracampo, el plano general, la elipsis simbólica (las naranjas de la culpabilidad sostenida por Shota) y delicados travellings para manifestar las inquietudes de los personajes que aceptan el castigo por los crímenes que han cometido una vez iniciada la hecatombe sentenciada, en primer lugar, cuando Shota cuestiona el código de robo de Osamu y, en segundo, por el sacrificio de este para impedir que atrapen a Juri con las manos en la masa. En el climático desenlace otorga un estilo policial a la trama mientras los personajes, encuadrados a modo de confesión en un plano medio (subjetivo desde el punto de vista de las autoridades), son interrogados por la policía que se halla fuera de campo y revelan la raíz de sus acciones.

Sakura Ando, Mayu Matsuoka, Miyu Sasaki, Kairi Jō y Lily Franky. Foto cortesía de Gaga.

La película supone otra pieza magistral en la filmografía del director japonés, cargada de emociones periódicas y momentos dramáticos de gran intensidad de los que salgo conmovido hasta las vísceras cuando soy testigo de una familia “deshonesta” que jamás se separa de lo verdaderamente humano. Las actuaciones —especialmente las de los recurrentes del director Lily Franky, Sakura Ando y Kirin Kiki en su última interpretación— son ciertamente magníficas, de tres dimensiones. Los paradigmas discursivos abrazan inteligentemente textos como la compasión, el afecto y la responsabilidad, armonizados a la perfección con los sentimientos preponderantes de los personajes que se yuxtaponen poéticamente a las estaciones del año. También destaco la cautelosa música de Hosono Haruomi que perfora mis tímpanos luego del final desgarrador. Me despido de ella impactado, asaltado por lágrimas que circulan mis mejillas, estremecido por la incertidumbre que espera a esa familia que, como la vida misma, goza de una felicidad que no durará para siempre.


Ficha técnica
Título original: Shoplifters (Manbiki kazoku)
Año: 2018
Duración: 2 hr 01 min
País: Japón
Director: Hirokazu Koreeda
Guion: Hirokazu Koreeda
Música: Haruomi Hosono
Fotografía: Ryûto Kondô
Reparto: Kirin Kiki, Lily Franky,  Moemi Katayama,  Sakura Ando, Mayu Matsuoka
Calificación: 8/10






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Sinopsis:  Luke Martin (Jon Voight) es un soldado que vuelve inválido a su hogar, paralizado de cintura para abajo. En el hospital de veteranos le atiende una voluntaria llamada Sally (Jane Fonda), esposa de un militar que combate en Vietnam. Ambos se enamoran. Cuando el marido, el capitán Bob Hyde (Bruce Dern), regresa del frente. Sally se ve forzada a elegir entre su esposo y su amante.

Ficha técnica
Título original: Coming Home
Año: 1978
Duración: 2 hr 07 min
País:  Estados Unidos
Director: Hal Ashby
Guion: Waldo Salt, Robert C. Jones, Rudy Wurlitzer, Nancy Dowd
Música: George Brand
Fotografía: Haskell Wexler
Reparto: Jon Voight,  Jane Fonda,  Bruce Dern,  Robert Carradine,  Penelope Milford,
Calificación: 7/10

Crítica breve de la película 

Ashby le confiere un estilo tan enérgico a esta película, que me mantengo pegado a la pantalla como un imán durante dos horas que pasan volando. Aunque en un principio se me hace predecible por culpa de un insospechado raccord que anuncia el romance, la disfruto bastante. Se ambienta a finales de los años 60 y trata la historia de una mujer que tiene una relación extramarital muy apasionada con un veterano parapléjico que conoce mientras trabaja de voluntaria en un hospital veteranos de la guerra de Vietnam, luego de que su marido haya partido hacia la guerra para servir a su país. Los problemas que atestiguo en cada escena me importan y me conmueven, sobre todo cuando se presenta al veterano desilusionado que se ha quedado inválido y en silla de ruedas por culpa de un patriotismo que lo ha traicionado, a la mujer que abre los ojos para darse cuenta de las cruentas consecuencias de los efectos psicológicos de la guerra en los soldados y al veterano inestable que regresa a casa con la mente bien jodida a causa del trastorno por estrés postraumático. Los personajes interpretados por Jane Fonda, Jon Voight y Bruce Dern son de tres dimensiones, atiborrados de un alcance dramático sólido y muy intenso. La puesta en escena por la que se pasean despliega una estética muy atrayente, repleta de planos interesantes que encuadran emociones diversas. Cuenta con una banda sonora maravillosa repleta de unos clásicos inolvidables que magnifican el trazo dramático de algunas escenas. El poder de la película cobra mayor fuerza cuando Ashby elabora un alegato antibélico sobre las inferencias de la deshumanización en los tiempos de la guerra, las heridas del hombre que nunca sanan.
Sinopsis: Durante la Guerra de Corea, el soldado Zack, que ha recibido un disparo en la cabeza, es el único superviviente de su pelotón. Tras ser hecho prisionero por el enemigo, consigue escapar gracias a la ayuda de un niño coreano huérfano. Ambos se unirán a un nuevo pelotón cuya misión es conquistar una posición enemiga en un templo budista. Sin embargo, cuando llegan, el sitio parece desierto.

Ficha técnica
Título original: The Steel Helmet
Año: 1951
Duración: 1 hr 25 min
País:  Estados Unidos
Director: Samuel Fuller
Guion: Samuel Fuller
Música: Paul Dunlap
Fotografía: Ernest Miller
Reparto: Gene Evans,  William Chun,  Steve Brodie,  Robert Hutton
Calificación: 7/10

Crítica breve de la película 

Casco de acero representa la primera película bélica dirigida por el gran Samuel Fuller, filmada justamente iniciando la Guerra de Corea. Es la primera en tratar el conflicto y fue rodada con un presupuesto mínimo. Y lo que expone me conmueve. Trata la historia de un pelotón de soldados liderados por el sargento Zack que interpreta Gene Evans con mucha carga dramática. Zack, que ha recibido un disparo en la cabeza que casi lo mata, es el único superviviente de su pelotón. Es un hombre duro de matar, obstinado, propenso a la impulsividad y al cinismo. En el trayecto conoce a un niño coreano huérfano, a un médico afroamericano y a un pelotón de infantería liderado por un teniente que carece de dotes de mando. Todos ellos se enfrentan a las tropas comunistas que se esconden en la selva mientras avanzan hacia un puesto de observación en un templo budista. Y modelan un delicado comentario sobre el racismo que aísla a los norteamericanos cuando dialogan en medio de una contienda en la que la moralidad se va disipando con cada bala disparada. Esos subtextos sobre la moralidad y el racismo en tiempos de conflagración cubren la mayor parte de un metraje riguroso que siempre preserva el estado de cohesión. Cuenta con una atmósfera tensa, el picado-contrapicado que delata intenciones, planos de grupo para fortificar la unión, los sonidos agobiantes de los disparos, el simbolismo religioso sobre la desesperanza, la iluminación que comunica las emociones y el colapso psicológico de los soldados (como el fantasmagórico plano medio de Zack cuando lo invade la crisis nerviosa), el climático enfrentamiento en el que todo parece estar perdido. Puede que tenga una carga patriótica, pero el discurso antibélico me aprisiona cuando muestra la deshumanización de la guerra.
Sinopsis: En St. Robin, Francia, la paz del pueblo comienza a perturbarse cuando, el Dr. Rémy Germain (Pierre Fresnay), comienza a recibir anónimos firmados como El Cuervo, en los que se le exige que rompa su relación con Laura Vorzet (Micheline Francey), esposa del psiquiatra (Pierre Larquey) de la misma institución. Pronto, las misivas comienzan a señalar las faltas de muchos otros personajes del pueblo y se vuelve urgente descubrir quien está detrás de esta conspiración.

Ficha técnica
Título original: Le corbeau
Año: 1943
Duración: 1 hr 32 min
País:  Francia
Director: Henri-Georges Clouzot
Guion: Louis Chavance, H.G. Clouzot
Música: Tony Aubin
Fotografía: Nicolas Hayer
Reparto: Pierre Fresnay,  Ginette LeClerc,  Micheline Francey,  Pierre Larquey
Calificación: 7/10


Crítica breve de la película

No creo que esta película de Henri-Georges Clouzot (con la que fue expulsado de Francia hasta 1947) esté a la altura de obras cumbres de su filmografía como 'La verdad', 'El salario del miedo' y la extraordinaria 'Las diabólicas', pero me intriga fuertemente durante hora y media con la trama de la figura anónima, apodada como El cuervo, que envía cartas muy malévolas con la intención de atormentar a un pequeño pueblo francés en el que la moral se ha corrompido por los tiempos de la guerra. El pueblo es presentado a través del doctor Germain, un médico con un pasado escabroso (antes practicaba abortos ilegales) actualmente llega al pueblo a trabajar y a mantener una relación con Laura Vorzet, la esposa de un reputado psiquiatra, y, con la neurótica Denise. Hay planos interesantes, travellings sutiles y elipsis simbólicas que anuncian la tragedia. Con un pulso estupendo para el suspense y el misterio al mejor estilo de Agatha Christie, en cada escena me siento inmerso en la paranoia local y en el pánico desatado por las cartas que envía El cuervo y por el amplio catálogo de sospechosos que me mantienen pensando en el posible culpable. Clouzot construye un argumento afilado como una navaja, oscuro, tenso, propenso a enunciar temas como el adulterio, los prejuicios y las calumnias, en un poblado en el que todos los habitantes parecen ocultar algo. Cuenta con sólidas actuaciones de Pierre Fresnay (qué presencia tan magnética) y, Ginette Leclerc y Micheline Francey y un trabajo de montaje que pocas veces pierde el ritmo y la cohesión narrativa. La secuencia final me asombra y toma por sorpresa. Es una buena película del director catalogado como el "Hitchcock francés".
Sinopsis: Historia de denuncia de las condiciones laborales en las fábricas a través de la ojos de Massa, un obrero modelo que, a raíz de un accidente, se hace sindicalista.

Ficha técnica
Título original: La classe operaia va in paradiso
Año: 1971
Duración: 2 hr 05 min
País:  Italia
Director: Elio Petri
Guion: Elio Petri, Ugo Pirro
Música: Ennio Morricone
Fotografía: Luigi Kuveiller
Reparto: Gian Maria Volonté,  Mariangela Melato,  Gino Pernice,  Salvo Randone,
Calificación: 7/10


Crítica breve de la película 

Este drama político de Petri, premiado con la Palma de Oro en el festival de cine de Cannes, toca mis tejidos de reflexión y me cautiva con su material de denuncia sobre las condiciones laborales en una fábrica que parece un infierno terrenal en el que los obreros de cuello azul son tratados como simples herramientas de explotación en el proceso de productividad. Retrata ese crítica socioeconómica y política con un protagonista maravillosamente interpretado por Gian Maria Volonté que se llama Lulú Massa, un joven treintañero que trabaja en una factoría al servicio de las maquinarias pesadas y al duro sometimiento de la esclavitud del salario, y que un día toma conciencia. Volonté consigue otorgarle sobriedad y fuerza expresiva al atormentado personaje, sobre todo cuando este conversa con los sindicalistas, cuando escucha a los marxistas que luchan por una causa utópica a favor del proletariado, cuando está con su familia en el hogar digiriendo la chatarra visual que provee la televisión, o cuando se cansa de la rutina laboral que lo manipula y lo explota hasta llevarlo a los límites verticales de la cordura. La fábrica es simbolizada como una cárcel de la que nadie escapa de la autoridad ni de las jornadas mecánicas que deshumanizan al hombre. En ese lugar oscuro, en el que se siente la claustrofobia y la agobiante tensión producida por el estrés, Lulú y sus compañeros son encuadrados con una utilización calculada del primer plano, el plano detalle que captura el trabajo de las máquinas y sutiles movimientos de cámara propiciados por el encuadre móvil, además de una estridente banda sonora de Morricone que me seduce con el leitmotiv de la marcha de obreros. Es un film escueto con su argumento sobre la lucha de clases sociales.
Sinopsis:  'Bull' Weed es un asaltante que tiene por única virtud el coraje. 'Rolls Royce' Wensel es un abogado talentoso, pero sumido en el alcoholismo y la indigencia. Una noche, tras un atraco, los dos se encuentran en medio de una calle, y la amistad nacerá entre ambos. Weed lo sacará de la miseria en la que vive, mientras que 'Rolls Royce' lo ayudará con su talento a ascender rápidamente en el mundo del hampa. Cuando se encuentran ya en la cima, aparece la figura de 'Feathers' McCoy, la novia de 'Bull', que iniciará un romance oculto con Wensel. Pronto el destino les dará una vía para concretar sus pasiones, pero a la vez se iniciará un conflicto entre la lealtad y el amor.

Ficha técnica
Título original: Underworld
Año: 1927
Duración: 1 hr 20 min
País: Estados Unidos
Director: Josef von Sternberg
Guion: Charles Furthman, Ben Hecht
Música: Muda
Fotografía: Bert Glennon
Reparto: George Bancroft,  Evelyn Brent,  Clive Brook,  Fred Kohler,
Calificación: 7/10

Crítica breve de la película

Este drama gansteril mudo, firmado por un guion de Ben Hecht y dirigido por el gran Josef von Sternberg, es uno de los primeros en establecer los parámetros usuales del género de gánsters (el primero es 'Los mosqueteros de Pig Alley' de Griffith, estrenado en 1912). Me logra cautivar con el argumento del vagabundo misterioso, Rolls Royce, que termina involucrado en la pandilla de un mafioso de la ciudad que se llama 'Bull Weed' y que complica su vida cuando se enamora de la novia del jefe que lo ha sacado de la miseria. Entre esos dos personajes y la bella flapper llamada Feathers, me pasea por las tabernas exóticas de los felices años veinte en fiestas donde se navega en un mar de alcohol, lujuria, odio y música barata. Hay celos, perfidia, romance, muerte y una moral cuestionable. Pero también por una rica textura visual que transmite la espiral de emociones de los personajes y captura el hampa como lugar oscuro y claustrofóbico donde los momentos de felicidad se contraponen ante la desdicha y la violencia, usualmente empleado con un montaje que consta de inteligibles raccords, la sobreimpresión, el simbolismo que anuncia que el tiempo de la pesadumbre está contado, el uso del primer plano, el plano-contraplano que refuerza miradas volcánicas e idilios peligrosos, la iluminación casi expresionista en los rostros de los protagonistas. Los personajes están estupendamente interpretados por George Bancroft (el actor habitual del director en su etapa silente), Clive Brook y la hermosa Evelyn Brent. El climático enfrentamiento, que enuncia el declive y la redención del facineroso, es verdaderamente intrigante. Es un melodrama criminal muy entretenido mostrando los bajos fondos de los años 20.

El cine es un arte extraño. Siempre he pensado que abre las puertas a una dimensión paralela que, en ocasiones, les sirve de refugio a los cineastas que intentan utilizarlo para elaborar una síntesis revisionista de su trayectoria profesional. A lo largo de la historia se hallan ejemplos notables, como la inmensa Ocho y medio de Fellini, la estupenda La noche americana de Truffaut, la fenomenal Ed Wood de Burton, Viviendo en el olvido de DiCillo y hasta la aceptable Cautivos del mal de Minnelli (la lista es muy grande). Son muchos los que han recurrido al testimonio delante y detrás de cámara, como si el medio audiovisual fuese el único espejo disponible para transmitir las dudas instauradas cuando el ocaso se avecina para revestir sus vivencias. Mediante el metacine y otros componentes textuales, rinden homenaje a un cineasta específico de la historia del cine, junto con el arduo proceso que significa realizar una película. Y en otras simplemente recurren a la autoficción con el fin de que sus protagonistas sean ellos mismos, ocultándose bajo una máscara de celuloide con el fin de mostrar su desoladora existencia.

Sumándose a ese grupo, Pedro Almodóvar recoge una idea similar en su más reciente película, Dolor y gloria, en la que presenta una especie de revisión de su ocupación como cineasta y, también, de su vida personal; poniendo en el tapete la crisis creativa, los sentimientos despojados por las cosas añejas, los deseos perdidos en los mares de la nostalgia, las enfermedades que presagian la muerte y las adicciones que parecen apaciguar el día a día de un protagonista que es muy semejante a él, el cual interpreta su actor predilecto, Antonio Banderas, habitando la piel de un director de cine en el crepúsculo de su carrera (incluso hasta tienen el mismo peinado). Su cinta posee la estética que siempre caracteriza su estilo y algunos momentos de afectividad, pero carece de fuerza emocional y percibo de inmediato que se vuelve autoindulgente con la historia del director de cine ensimismado en la inseguridad, el desasosiego y los pecados que regresan en forma de recuerdo impertinente.

El director interpretado por Banderas se llama Salvador Mallo y es un hombre de mediana edad que atraviesa unas dificultades que lo mantienen atado al pasado y revaluando el presente. Tiene un problema severo en la columna vertebral y está enfermo. Antes era aclamado. Y su película “Sabor” inauguró sus días de gloria y sentó las bases de su profesión. En la actualidad lo busca una filmoteca para hacer una retrospectiva de la película. Pero la realidad es que es un individuo introspectivo que no tiene ánimos de nada. Se ha dejado abrazar por el miedo, la incomunicación y los fantasmas de la memoria que le recuerdan su infancia en el pueblo valenciano de Paterna, los instantes en los que era feliz junto a su madre (una sólida interpretación secundaria de Penélope Cruz).

El señor Mallo transita por el estilismo visual y narrativo de Almodóvar, usualmente rodeado de un intenso color rojo que adorna cada rincón de la casa y los lugares que frecuenta y, paralelamente, una analepsis engañosa que anuncia la pasión de los abrazos rotos comprimidos en un pasado lleno de amores en secreto, los vínculos familiares golpeados por la pobreza, el temor de un eminente abuso infantil en las siniestras escuelas católicas, la identidad sexual sostenida con diálogos y encuentros casuales que suceden fuera de campo para agudizar su quebranto psicológico, como el reencuentro con su actor fetiche, Alberto Crespo (Asier Etxeandia), y, con Federico (Leonardo Sbaraglia), uno de sus antiguos amantes. Sin mencionar las referencias a la música, a las grandes estrellas, los melodramas del cine clásico de Hollywood y películas del mismo Almodóvar como La mala educación, Todo sobre mi madre, Volver y Hable con ella.

La actuación de Banderas como Salvador Mallo se siente orgánica para lo que se describe en la puesta en escena. La gestualidad, la expresividad y las manías que proyecta son correctas. Interpreta a un individuo egocéntrico, aquejado por un profundo desconsuelo y un pasatiempo de consumir heroína, mientras es torturado internamente por el sufrimiento y la culpa. Es posiblemente una de las actuaciones más ilustres de su carrera como actor. Pero reconozco que me quedo indiferente ante los eventos que le suceden a su protagonista y la introspección que me pasea por los tormentosos pensamientos. No me cautiva su aislamiento, ni la soledad abrumadora, ni la anhelada redención. Coloco a su personaje en una línea delgada entre lo baladí y lo plausible.

La historia de ese director famoso sumido en el olvido es una excusa de Almodóvar para autorretratarse, aunque la narración no permite que pasen muchas crónicas interesantes fuera de la supuesta subjetividad. El argumento entero se resume en encontronazos con los amores del pasado que regresan para que sepamos que le han arrebatado la sensibilidad, los episodios de la infancia al lado de la madre que se inmola y las contrariedades de la adultez en las que debe lidiar con drogas como el caballo, el decaimiento que amenaza con acelerar su vacío, las conversaciones con la asistente que le resuelve todo y la imposibilidad de terminar de escribir un guion para rodar una nueva película.

Se trata, por lo tanto, de un diario de confesión, una terapia interiorizada, en la que, en efecto, Almodóvar toca las teclas de su propia existencia a modo de ficción para transmitir los traumas que lo agobian y el inmenso amor que le provoca el arte cinematográfico, comunicando que es el artefacto más íntimo para acercarse a la realidad de las personas. Lo elabora con temas como el desamparo, la muerte, las reminiscencias. Consigue momentos de solidez, en los que salgo conmovido, como el poético monólogo de Alberto ante el público del teatro, y cada una de las evocaciones de la infancia gandul en la que los sacrificios de una madre para cuidar a su hijo se hacen palpables. El resto me huele a pastiche autorreferencial, como el desaforado y poco sorpresivo giro del final que pretende otorgar coherencia metaficcional a las coincidencias calculadas. Tampoco se destaca la música empática de Alberto Iglesias. Es una película pasable. No le veo la gloria, tampoco siento su dolor.

Ficha técnica
Año: 2019
Duración: 1 hr 53 min
País: España
Director: Pedro Almodóvar
Guion: Pedro Almodóvar
Música: Alberto Iglesias
Fotografía: José Luis Alcaine
Reparto: Antonio Banderas,  Asier Etxeandia,  Penélope Cruz,  Leonardo Sbaraglia, Julieta Serrano,  Nora Navas
Calificación: 6/10





¿Qué piensas de esta película? ¿te ha gustado?

Sinopsis: Un equipo de rodaje llega a un pueblo del norte de Irán, en la región de Koker, devastado por un temblor de tierra, para realizar una película. Hossein, un muchacho del lugar, es contratado como ayudante del equipo y, además, se le asigna la interpretación de un pequeño papel. Casualmente, también colabora en la película una muchacha del vecindario, de la que Hossein está locamente enamorado, pero los padres de ella lo rechazan porque carece de recursos económicos.

Ficha técnica
Título original: Zire darakhatan zeyton
Año: 1994
Duración: 1 hr 43 min
País: Irán
Director: Abbas Kiarostami
Guion: Abbas Kiarostami
Música: 
Fotografía: Hossein Jafarian, Farhad Saba
Reparto: Hossein Rezai,  Tahereh Ladanian,  Zariefh Shiva
Calificación: 7/10

Crítica breve de la película

Este film de Kiarostami, que supone la última entrega en la trilogía de Koker ambientada durante los eventos subsecuentes al terremoto en Irán de 1990, me impresiona cuando divide la línea existente entre la realidad y la ficción para narrar una historia de amor y, a la vez, mapear un estudio sobre la condición socioeconómica y las costumbres de las clases rurales más desfavorecidas, la gente afectada por el seísmo que ha sido golpeada como los árboles de olivo que se mantienen firmes ante los vendavales. Su estética florece por esos terrenos cuando, de una forma naturalista y casi cercana al estilo de un falso documental, captura la cotidianidad y las sacrílegas tradiciones de los desamparados que viven en las montañas desde la óptica de un director de cine (el espejo del mismo Kiarostami al viajar a la región para documentar los hechos) interpretado por Mohamad Ali Keshavarz y su equipo de rodaje, quienes intentan filmar escenas de la segunda película de la trilogía con los actores no profesionales, Hossein Rezai y Tahereh Ladanian. Utiliza la flora presente dentro de los marcos del encuadre para simbolizar las inquietudes de los protagonistas (las oliveras representan a los que partieron y también a los que todavía se enfrentan a la miseria), usualmente con los grandes planos generales que encuadran la belleza de las montañas, el plano secuencia que da un sentido de desplazamiento al panorama y el típico sonido diegético fuera de campo cuando los protagonistas entablan los coloquios en las carreteras. También habla de las dificultades impresas en los proceso de filmación, de una cámara omnipresente que parece manipular la realidad para contar las verdades que otros callan. Es una película de metacine muy poética. El plano final es hermoso y algo triste.
Sinopsis: Un hombre atrapado en el Ártico después de un accidente aéreo debe decidir si permanecer en la relativa seguridad de su campamento improvisado o embarcarse en un viaje mortal a través de lo desconocido.

Ficha técnica
Título original: Arctic
Año: 2018
Duración: 1 hr 38 min
País: Islandia
Director: Joe Penna
Guion: Joe Penna, Ryan Morrison
Música: Joseph Trapanese
Fotografía: Tómas Örn Tómasson
Reparto: Mads Mikkelsen,  Maria Thelma Smáradóttir
Calificación: 7/10

Crítica breve de la película

Este drama de supervivencia, que representa el debut del director y 'youtuber' brasileño Joe Penna, me atrapa con la historia del hombre perdido en un desierto helado que intenta sobrevivir a unas condiciones infrahumanas. Ese hombre es Overgård y lo interpreta un magnífico Mads Mikkelsen, quien lleva su físico al límite y transforma su rostro en una catarsis de angustia cuando el personaje se halla varado en algún lugar del Ártico junto a su único refugio: el avión accidentado que pilotaba. En ese lugar tan inhóspito, permanece en su campamento improvisado, y observo la cuidadosa rutina que consiste en pescar unos peces escondidos en las profundidades del glaciar para tener algo de comida, mapear su entorno para saber el sitio exacto en el que se encuentra, ejecutar una baliza de emergencia con una dínamo y tallar en las rocas congeladas la típica señal SOS. Y aunque conozco muy bien los subterfugios narrativos que están presentes en el argumento, me cautiva lo que veo cuando el protagonista lucha contra una naturaleza que lo maltrata durante el frío trayecto. La puesta en escena aprovecha la utilidad del gran plano general, el plano entero, algunas modalidades del plano medio, una gélida tonalidad de color, una partitura estridente y, sobre todo, los silencios, para crear una atmósfera agobiante que comunica el aislamiento Overgård y la densa hostilidad climática a la que se enfrenta. También un retrato sobre el significado de la fuerza de voluntad y la esperanza en esos momentos críticos en los que todo parece perdido. Es intimista, angustiosa, conmovedora. Una sólida película de supervivencia humana.
Sinopsis: En octubre de 1962, una serie de fotografías aéreas obtenidas por aviones norteamericanos revelaron que los soviéticos estaban instalando en la isla de Cuba misiles que podrían alcanzar gran parte de los Estados Unidos. Para obligar a la URSS a desmantelarlos, el presidente John F. Kennedy y sus colaboradores decidieron el bloqueo de la isla.

Ficha técnica
Título original: Thirteen Days
Año: 2000
Duración: 2 hr 25 min
País: Estados Unidos
Director: Roger Donaldson
Guion: David Self
Música: Trevor Jones
Fotografía: Andrzej Bartkowiak
Reparto: Kevin Costner,  Bruce Greenwood,  Steven Culp,  Dylan Baker,  Michael Fairman,
Calificación: 7/10

Crítica breve de la película

Me parece vertiginoso y muy palpitante lo que sucede en este thriller político, dirigido por Roger Donaldson, sobre uno de los momentos de mayor tensión de la administración de Kennedy: la crisis de los misiles de Cuba. El suspenso que siento en todas las escenas no me da tiempo ni para respirar cuando veo a los burócratas de saco y corbata encerrados, mayormente, en el Despacho Oval de la Casa Blanca tomando decisiones diplomáticas para impedir que la Guerra Fría termine en una catástrofe nuclear de proporciones incalculables. Son intrigantes las discusiones que esos hombres sostienen en la oficina, utilizadas por Donaldson para desarrollar un comentario político sobre los choques de poder en los altos círculos burocráticos (cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia), representado con los encontronazos que tienen los seguidores de Kennedy con los tercos generales de raíces conservadoras que están obsesionados con la guerra a toda costa. Los personajes están bien interpretados por un reparto estupendo encabezado por Kevin Costner como el asesor político de Kennedy, Kenny O'Donnell, y, también, por Bruce Greenwood como el presidente John F. Kennedy. El diseño de producción concibe una autenticidad del período que deja a mis retinas muy convencidas de lo que ven. La música acrecienta la moderada carga patriótica, la cual tolero porque se trata de la policía del mundo. Puede que el montaje desequilibre un poco el ritmo en el tercer acto y que se vuelva previsible porque se sabe de antemano el resultado, pero es una película que logra sostenerse sutilmente durante dos horas y media que pasan volando. Es vibrante, tensa y muy entretenida.
Sinopsis: Val es una trabajadora doméstica que se toma su trabajo muy en serio. Sirve a un adinerado matrimonio de São Paulo día y noche, y cuida a su hijo adolescente, al que ha criado desde su infancia y con el que tiene una relación muy especial. El orden de este hogar parece inquebrantable, hasta que un día llega desde su ciudad de origen la inteligente y ambiciosa hija de Val, Jessica, a la que había dejado al cuidado de unos familiares en el norte de Brasil trece años atrás. La presencia de la joven pone en peligro el balance de poder en la casa. Esta nueva situación pondrá en tela de juicio las lealtades de Val y le obligará a valorar lo que está dispuesta a perder.

Ficha técnica
Título original: Que Horas Ela Volta?
Año: 2015
Duración: 1 hr 52 min
País: Brasil
Director: Anna Muylaert
Guion: Anna Muylaert
Música: Fabio Trummer, Vitor Araújo
Fotografía: Barbara Alvarez
Reparto: Regina Casé,  Camila Márdila,  Karine Teles,  Lourenço Mutarelli,
Calificación: 7/10

Crítica breve de la película

La narración de esta película brasileña dirigida por Anna Muylaert me resulta contagiosa con la historia de la señora de clase trabajadora que lo sacrifica todo por su hija y por una familia aburguesada que la mantiene aprisionada en un denso aparato de servidumbre, aunque a pesar de todo es querida por toda la familia. Esa señora se llama Val y es una empleada doméstica que vive en Sao Paulo trabajando para una familia rica y disfuncional conformada por José Carlos (el padre), Bárbara (la madre) y Fabinho, el adolescente que ella ha criado desde su infancia como si fuese una segunda madre. El orden establecido por la labor de Val se quebranta cuando se aparece su hija Jessica, la cual había dejado al cuidado de unos familiares hace algunos años y que ha llegado para estudiar. Y allí comienzan unos problemas bien gordos cuando la presencia de Jessica despierta una tensión sexual que se halla fuera de campo, la antipatía de la matriarca del hogar, el vínculo maternofilial que anhela la reconciliación, las quimeras inalcanzables, la lealtad que pende de un hilo socioeconómico. Esos elementos discursivos se acrecientan por una puesta en escena en la que se recurre mayormente al plano general, a las tres modalidades del plano medio y al sobreencuadre para componer una interesante crítica sobre la desigualdad existente entre las clases sociales. Cuenta con actuaciones maravillosas de Regina Casé como la madre noble y humilde, y, también, de la joven actriz Camila Márdila como la muchacha terca y ambiciosa que desea una independencia económica a base de sacrificios. Muylaert consigue que sea muy conmovedora con su observación sobre las relaciones maternofiliales.


En los últimos años el tema del narcotráfico ha cobrado una legítima popularidad que, aparentemente, es difícil de borrar dentro de la cultura popular. Tanto en el cine como en la televisión, esa popularidad despierta el morbo de la gente que admira la imagen del santo patrón de la cocaína, cuando este se rodea de un ejército de hombres armados hasta los dientes dentro de su mansión en las profundidades de una selva sudamericana. En incontables ocasiones he visto que repiten esa ecuación. Y casi todas provienen de Hollywood. Esa empresa, experta en la explotación de fórmulas, adultera el producto de la ficción de los narcotraficantes para mantener contentos a los consumidores y que estos controlen su adicción con el placer que le producen los tiroteos violentos, la cultura del dinero rápido y la presencia de algún zar de la cocaína que consume la sustancia blanca para sentir un poder que le corre por las venas. Pero recientemente me he topado con una producción latinoamericana muy diferente que trata la materia desde una óptica antropológica. Se trata de "Pájaros de verano", una película colombiana que dirige Ciro Guerra (La sombra del caminante, Los viajes del viento) en conjunto con la debutante Cristina Gallego (productora de sus películas). 

La película me intriga mucho cuando presenta, como una especie de epopeya, la espiral de violencia desatada por dos familias campesinas, en lo que aparenta ser una crónica muy elíptica sobre los orígenes del narcotráfico en Colombia y los individuos que sentaron las bases de esa profesión delictiva. Su saga del crimen, basada en una historia real, está estilizada. Cuenta con personajes muy bien interpretados (algunos son actores no profesionales) y una estética visual, casi naturalista, que encuadra con una belleza poética los paisajes rurales y, sobre todo, las tradiciones de los grupos étnicos wayuú que habitan un mundo donde la tranquilidad coloca el exabrupto fuera de campo para componer, de forma implícita, una soterrada metáfora política sobre cómo los norteamericanos son, en parte, responsables de que esas comunidades aborígenes se destruyan a causa de la ambición laminada en el negocio de las drogas. El tono en el que lo imagina es sosegado, crudo, realista, propenso a evitar los excesos con un ritmo que captura un intervalo de más de diez años gracias al ensamblaje derivado de una estupenda labor de montaje. En su narración se visualiza la traición, la venganza, la muerte, de gente que cae rendida ante los vicios del poder que deshumaniza un pueblo baldío que ya de por sí se halla sumido en la miseria y la ignorancia. 

Ambientada en el período colombiano de la bonanza marimbera a finales de la década de los años 60 y principios de los 70, la historia de la película relata el ascenso y la caída de un clan wayuú a través de cinco capítulos o cantos, en los que se describe la cotidianidad de su sociedad tribal. Son personas pacíficas que reparten sus días entre las celebraciones folclóricas, las danzas indígenas de cortejo, los rituales que buscan limpiar las impurezas del cuerpo, las conversaciones sobre las prácticas milenarias que se pasan de una generación a otra. Viven en el corazón de la árida península de la Guajira, poblada de aldeanos que hablan varios dialectos indígenas. Una región con un clima cálido, seco e inhóspito, bañada en los alrededores de una selva tropical que divide los establecimientos de los pueblerinos.

El protagonista es Rapayet (una tremenda actuación del desconocido José Acosta), un hombre reservado, frío, pasivo que intenta casarse con la joven Zaida (Natalia Reyes) durante la ceremonia de galanteo, luego de que ella fuera sometida a un rito de aislamiento para probar que estaba apta para el matrimonio. Rapayet representa la figura del líder imponente que puede liderar la manada, a pesar de que su tribu está capitaneada por una señora de nombre Úrsula (Carmiña Martínez), la matriarca a la que todos le muestran una señal de respeto y cuya sabiduría es una cosa irrefutable. Allí, como está pasando por aprietos económicos, Rapayet, con la ayuda de su inseparable amigo Moisés (Jhon Narváez), comienza a hacer negocios ilícitos con los alijunas (término con el que designa al hombre tez blanca), vendiendo cantidades inmensas de marihuana cultivada por algunas familias de la etnia wayuu. Pronto Rapayet y Moisés ganan mucho dinero vendiéndoles los cargamentos de marihuana a los norteamericanos, transportándola en avionetas y beneficiándose también del microtráfico. Pero el comercio que supone el contrabando se pone agrio cuando es manchado por la inquina, el orgullo, la enemistad y la represalia que tiene su origen en la apetencia capitalista más desaforada y en los códigos éticos de una civilización ancestral. 

Los personajes son seres intransigentes que transitan esa delgada línea entre los hábitos etnográficos indígenas y la avaricia enchapada por el mercado de la competitividad. Hay un simbolismo (incluso una secuencia muy onírica) que anuncia su pesadumbre. Tanto Rapayet, como Úrsula, el traicionero Moisés y el impulsivo de Leónidas forman parte de un relato costumbrista en el que coexisten los problemas cotidianos de cualquier sociedad: la disensión entre familias, las disputas por el control territorial, las contiendas a muerte entre clanes vecinos forrados de armas de alto calibre. En el trayecto ellos se olvidan de sus costumbres a medida que la preponderancia engendrada por el lucro del narcotráfico les nubla el raciocinio y solo piensan en la pobreza en la que se encuentran cuando atraviesan el camino del dolor, la desgracia y la sangre familiar que se derrama para preservar la codicia efímera del dinero fácil (los planos de los cadáveres tendidos en el suelo). Simbolizan un aspecto de la condición humana que es irrenunciable y que se origina en cualquier tipo colectividad, la naturaleza del conflicto.

Con ese argumento que se estructura en tres actos y que se divide con la elipsis a través de los cinco cantos, Guerra y Gallego conciben una narración un tanto similar a lo que hizo el mismo Guerra con El abrazo de la serpiente, en el sentido de que utiliza el cuento del narcotráfico para componer una mirada antropológica de una idiosincrasia indígena que se autodestruye al colisionar con factores externos (simbolizados con los alijunas) que corrompen sus valores tradicionales, colocándolos en un amplio aparato de coacción que los deja atascados entre la lluvia de disparos y las tumbas ancestrales inundadas de cadáveres de ametralladoras. Muestra las contrariedades del narcotráfico con una sutileza que jamás cede el paso a la glorificación superficial de la actividad.

La película exhibe la vida de esas comunidades indígenas con un estilismo visual portentoso que satisface mis retinas cada vez que se recurre al gran plano general para encuadrar el panorama desértico, las selvas impenetrables y la convivencia en los asentamientos de los clanes wayúu, como si se tratara de una mezcla sutil entre el western y el drama gansteril (con referencias muy claras a “Scarface” de De Palma). Se beneficia también de una música cautivante de Leonardo Heiblum. Llega a ser frugal, contemplativa, impactante. Puede que algunas subtramas y los golpes de efecto por momentos sean previsibles, pero he visto pocas películas de género que retraten el génesis del narcotráfico desde un enfoque antropológico como lo hace esta, sobre todo al desmitificar los estereotipos con los que esos criminales son expuestos en el cine. El resultado es muy cautivante.


Ficha técnica
Año: 2018
Duración: 2 hr 05 min
País: Colombia
Director: Ciro Guerra,  Cristina Gallego
Guion: Maria Camila Arias, Jacques Toulemonde
Música: Leonardo Heiblum
Fotografía: David Gallego
Reparto: Carmiña Martínez,  José Acosta,  Natalia Reyes,  Jhon Narváez,
Calificación: 7/10







Sinopsis: Durante la bonanza de la marihuana, una década violenta que vio los orígenes del narcotráfico en Colombia, Rapayet y su familia indígena se involucran en una guerra para controlar el negocio que termina destruyendo sus vidas y su cultura.
Sinopsis: En una prisión en Turquía, cinco prisioneros reciben permiso para viajar a sus casas durante una semana. Los difíciles viajes para llegar hasta sus familias nos conducen a las regiones más alejadas de Turquía. Cada uno de ellos tiene sus propios problemas, preocupaciones y nostalgias. Rigurosas leyes, escritas y no escritas, y un sistema brutal son una carga que pesa sobre ellos. Sufren violencia y ejercen violencia. Las vacaciones, comenzadas con esperanza, terminan con dolor.

Ficha técnica
Título original: Yol
Año: 1982
Duración: 1 hr 54 min
País: Turquía
Director: Yilmaz Güney, Serif Gören
Guion: Yilmaz Güney
Música: Sebastian Argol Kendal
Fotografía: Erdoan Engin
Reparto: Tarik Akan,  Serif Sezer,  Halil Ergün,  Meral Orhonsoy,
Calificación: 7/10

Crítica breve de la película

Esta película turca, escrita y dirigida por el director turco, Yilmaz Güney, en el momento en que estaba encarcelado (su asistente, Serif Gören, completó la filmación siguiendo las instrucciones que le dejó), me conmueve por su carácter contestatario y de denuncia social, en el que ofrece una panorámica visión de la sociedad turca en los tiempos en que se halla sumida en la inestabilidad económica, el tradicionalismo más ortodoxo y un régimen autoritario que suprime cualquier tipo de libertad. Se ambienta poco después del golpe de estado de 1980. Lo cuenta con la historia de cinco prisioneros que reciben una semana de permiso para visitar sus hogares. Esos personajes, interpretados muy bien por el reparto, en su mayoría son kurdos que viven en la miseria con sus familiares y que han sido arrestados por ser víctimas del agitado clima político. Cuando llegan allí, se enfrentan a la imposibilidad de adaptarse al mundo exterior y lo único que obtienen es un sufrimiento incluso más agudo que el de la prisión. Valiéndose mayormente del gran plano general, del plano medio y del primer plano, Güney encuadra el camino incierto de esos personajes cuando transitan por las costumbres, los miedos y el radicalismo religioso que se olvida de esa cosa llaman moral. Y todos ellos me cautivan. Hay una escena devastadora en la nieve, y otra en el tren de la intolerancia. Su metáfora comunica que la misma sociedad en la que viven esos reclusos es también una especie de cárcel que deshace la condición humana. Es un drama con un realismo desgarrador.


Pocas figuras políticas en Italia han estado en el ojo del huracán mediático en el presente siglo como Silvio Berlusconi. Como funcionario público, ha sido uno de los hombres más poderosos de la política italiana durante más de veinte años, ocupando el cargo de jefe de gobierno de su país durante varios períodos. También es reconocido por tener una trayectoria empresarial de renombre y por ser un emperador de los medios de comunicación que ha conseguido adentrarse en el anillo selecto de los hombres más ricos del mundo, llegando incluso a ser la persona más adinerada de su país. Es el típico burócrata que seduce a sus partidarios con verborrea y carisma y que alquila las influencias a cambio de esa sustancia verde que contenta a los bolsillos. Pero su carrera también ha estado manchada de negocios turbios como el perjurio, el fraude fiscal, desfalco, la prostitución de menores y el abuso de autoridad. O sea, la degeneración en su estado más puro. Ese período de su vida parece ser el centro de atención de la nueva película de Paolo Sorrentino titulada “Loro”. 

Esta película de Sorrentino me produce un enorme regocijo cuando veo el ejercicio estético que se despliega sobre una porción de la biografía de Silvio Berlusconi. Posee una abundancia de estilo que es contagiosa cuando estallan las orgías festivas, la elegancia, el hedonismo más salvaje, el erotismo interminable, las mujeres exóticas, los personajes histriónicos que viven del lujo. Me recuerda su obra cumbre, La grande bellezza, y también Il divo, ambas protagonizadas por su actor predilecto, Toni Servillo. En esta ocasión, se beneficia de una portentosa actuación de Servillo cuando este encarna la silueta de Berlusconi con un magnetismo que resulta cautivador y con la cual Sorrentino concibe un retrato al desnudo sobre la falacia, la corrupción y el tráfico de influencias en las altas esferas del poder burocrático en la sociedad italiana contemporánea.

Aunque tarda un tiempo en ilustrar a Berlusconi, supongo que para generar una sorpresa (cosa que consigue), me entretiene bastante en lo que aparentemente son dos relatos que se conjuntan. El primero es el de Sergio Morra (Riccardo Scamarcio), un hombre de negocios que gestiona el reclutamiento de jóvenes hermosas, en su mayoría prostitutas, para sobornar a los políticos locales y obtener licencias fuera de los procedimientos normales. Es un hombre muy ambicioso y elegante que recorre las calles de Roma disfrutando del placer en una especie de bacanal desenfrenado donde reina la vanidad, la prostitución, las drogas, el alcohol y el sexo más orgiástico. Lo único que Sergio desea es adentrarse en el círculo de Silvio Berlusconi (Toni Servillo) para expandir su esquema de negocios; y lo consigue a través de Kira (Kasia Smutniak), una mujer cercana al mandatario que se acuesta con él. El segundo describe a Berlusconi, tanto en los interiores como en los exteriores de su mansión, rodeándose de una manada de políticos, de vividores y de gente muy influyente de los que necesita algún tipo de favor, a pesar de que en el fondo el matrimonio con su esposa, Verónica Lario (Elena Sofia Ricci), se desmorona, y su partido, Forza Italia, ya no se halla en el firmamento gubernamental. 

Servillo, quien a las órdenes de Sorrentino había interpretado a un político de la talla de Giulio Andreotti en la película “Il divo”, vuelve a interpretar a un individuo de la política italiana moderna. Personifica a Berlusconi como un sujeto astuto, espontáneo, magnánimo, cínico, que cae rendido ante los placeres de la vida y los vicios del poder que transforman su codicia en acciones éticas sin escrúpulos. Edifica la viva imagen de un magnate que, debajo de la máscara de poder, se muestra impertérrito ante cualquier exigencia política, disimula la decepción con altura  y esconde el temor de una vejez que amenaza con arrebatarle su vitalidad, aunque siempre está acompañado de dotes de oratoria que pueden convencer a quien sea, como si se tratara de un mercader que vende productos adulterados a bajo costo. Su actuación está estilizada por su gran registro gestual y un eficaz trabajo de maquillaje que modela con autenticidad la réplica del político. Incluso también interpreta al empresario Ennio Doris, en una escena en la que un peculiar plano-contraplano lo pone en diálogo consigo mismo (Berlusconi) para fabricar una acertada metáfora de una corrupción que tiene el mismo rostro y que carece de identidad moral alguna. 

Con la estampa de Berlusconi, Sorrentino elabora un discurso de una sociedad italiana individualista y egocéntrica en la que la competitividad es lo único importante. El tono con el que lo dirige es satírico, propenso al libertinaje, para ridiculizar a los burócratas de saco y corbata que muchas veces hacen falsas promesas a la gente de clase trabajadora que se sacrifica y que siempre sufre los efectos de una prolongada pobreza, simbolizado con las secuencias del terremoto de L'Aquila, en la cual Berlusconi se aparece para prometer cosas triviales e insignificantes para ese sector social que vive sumido en la miseria, anticipando paralelamente el declive de su cúpula administrativa. Asimismo en la escena en la que Berlusconi utiliza su palabreo sugestivo y la mentira más descarada para persuadir por teléfono a una señora con el fin de que compre lo que él ofrece. Su crítica demoledora refleja que la calumnia y las falsas promesas forman parte de un instrumento que es recalcitrante en la cotidianidad de los políticos italianos como Berlusconi. 

Durante su estreno en Italia, la película de Sorrentino estuvo dividida en dos partes que en su totalidad suman cuatro horas de metraje. En esta nueva versión internacional, el metraje sostiene un ritmo que pasa volando en dos horas y media. Y me cautiva mucho lo que veo, tanto en la narración como en su pomposo estilismo visual. Tiene personajes interesantes, como el impertinente Sergio Morra de Riccardo Scamarcio, la Kira de Kasia Smutniak y el tremendo Silvio Berlusconi de Toni Servillo; una banda sonora que vigoriza cada una de las escenas fiesteras y travellings muy inquietos que refuerzan los estados de ánimo más alucinógenos. Puede que le sobre alguna que otra subtrama y que el ritmo tropiece en algunos rincones, pero es una película muy estilizada a la hora de retratar las banalidades de una burguesía que vive ensimismada en el patetismo, de políticos corruptos y deshonestos que se embriagan con la posverdad, de arribistas imprudentes que bailan al compás del dinero en un castillo de la avaricia que derrumba. Es una película entretenida, pantagruélica, impresa con un esteticismo suntuoso que nunca deja de seducir a mis retinas. 


Ficha técnica
Año: 2018
Duración: 2 hr 31 min
País: Italia
Director: Paolo Sorrentino
Guion: Paolo Sorrentino, Umberto Contarello
Música: Lele Marchitelli
Fotografía: Luca Bigazzi
Reparto: Toni Servillo,  Elena Sofia Ricci,  Riccardo Scamarcio,  Kasia Smutniak
Calificación: 7/10






Sinopsis: Silvio Berlusconi (Toni Servillo) se encuentra en el momento más complicado de su carrera política, recién salido del gobierno y con las acusaciones de corrupción y de sus conexiones con la mafia a punto de llegar a los juzgados. Sergio Morra (Riccardo Scamarcio) es un atractivo hombre hecho a sí mismo que sueña con dar el salto de sus cuestionables negocios de provincia a escala internacional. El camino más rápido para conseguirlo es acercarse a Silvio, el hombre más poderoso de Italia. Para Sergio solo hay una manera de llamar la atención de Il Cavaliere: las fiestas, las velinas, las extravagancias y el exceso.
Sinopsis: Kevin Lomax (Keanu Reeves) es un joven y brillante abogado que nunca ha perdido un caso. Vive en Florida y es feliz junto a su esposa Mary Ann (Charlize Theron). Un día, recibe la visita de un abogado de Nueva York que representa a un poderoso bufete que tiene la intención de contratarlo. Al frente de la prestigiosa empresa se encuentra John Milton (Al Pacino), un hombre mundano, brillante y carismático, que alberga planes muy oscuros con respecto a Lomax.

Ficha técnica
Título original: The Devil's Advocate
Año: 1997
Duración: 2 hr 24 min
País: Estados Unidos
Director: Taylor Hackford
Guion: Jonathan Lemkin, Tony Gilroy
Música: James Newton Howard
Fotografía: Andrzej Bartkowiak
Reparto: Keanu Reeves,  Al Pacino,  Charlize Theron,  Jeffrey Jones,  Judith Ivey,  Debra Monk, Craig T. Nelson,  Connie Nielsen,
Calificación: 7/10
Sinopsis: En un imaginario país, la víspera de su coronación, Rodolfo V, es secuestrado por su ambicioso hermano que desea arrebatarle el trono. Los súbditos más leales convencen a un turista, que se parece asombrosamente al rey, para que lo suplante por unas horas. Al día siguiente, se prepara una expedición para rescatar al rey, que está encerrado en el Castillo de Zenda. El turista, enamorado de una princesa de la corte, participará activamente en la lucha.

Ficha técnica
Título original: The Prisoner of Zenda
Año: 1937
Duración: 1 hr 41 min
País: Estados Unidos
Director: John Cromwell
Guion: John L. Balderston, Edward E. Rose, Wells Root
Música: Alfred Newman
Fotografía: James Wong Howe
Reparto: Ronald Colman,  Madeleine Carroll,  C. Aubrey Smith,  Raymond Massey,  Mary Astor, David Niven,  Douglas Fairbanks Jr.
Calificación: 7/10

Crítica breve de la película

Esta producción de 1937 de Selznick, dirigida por John Cromwell, me resulta muy agradable con la historia del refinado y sofisticado caballero inglés que, gracias a su parentesco con un rey, es convencido por unos aristócratas para hacerse pasar por el verdadero y poder rescatarlo de unos malhechores de la monarquía que lo han secuestrado. Basándose en la novela homónima de Anthony Hope, es la primera versión sonora producida por Hollywood, así como la cuarta llevada al cine. Y lo que veo en esta versión es cautivador cuando elabora el discurso sobre la ética del deber, la codicia desmesurada y la sed de poder en los círculos monárquicos. En su trama me topo con artilugios narrativos que, a pesar de la simplicidad, terminan sorprendiéndome. Hay melodrama, aventura, traiciones, humor, diálogos placenteros y hasta duelos con capa y espada; presentado por unos personajes que proyectan cierto magnetismo en todas las escenas y hacen que me interese tanto por los buenos como por los malos. Cuenta con un reparto de lujo encabezado por Ronald Colman (en una estupenda y camaleónica interpretación de dos personajes), Douglas Fairbanks Jr. como un villano muy maquiavélico, Madeleine Carroll como la damisela enamoradiza y otros secundarios espléndidos como C. Aubrey Smith, Mary Astor y un joven David Niven. Su dirección de arte preserva una estética evidentemente clasicista, casi victoriana. La música de Alfred Newman es acogedora para mis oídos. También posee algunas secuencias emocionantes, como la escena de la infiltración en el castillo de Zenda y la del culminante duelo "swashbuckling" entre Ronald Colman y Douglas Fairbanks. Es una película deslumbrante, encantadora y muy entretenida.
Sinopsis: Un hombre se va a Francia tras la invasión nazi y adopta la identidad de un escritor muerto del que tiene los papeles. Atrapado en Marsella, allí conocerá a una joven que busca desesperadamente al hombre a quien ama.

Ficha técnica
Título original: Transit
Año: 2018
Duración: 1 hr 46 min
País: Alemania
Director: Christian Petzold
Guion: Christian Petzold
Música: Stefan Will
Fotografía: Hans Fromm
Reparto: Franz Rogowski,  Paula Beer,  Godehard Giese,  Lilien Batman,
Calificación: 7/10

Crítica breve de la película

Me parece inteligente y muy sobrio el tratamiento narrativo que el director alemán Christian Petzold le confiere a esta película. Tiene una atmósfera trágica, retorcida, fabulesca, como si se tratara de una pesadilla kafkiana en la que los protagonistas transitan por una especie de contemporaneidad alternativa que difumina la barrera del tiempo y el espacio para concebir un retrato atemporal de la engorrosa situación que viven los inmigrantes en el continente europeo. Ese discurso plantea, en casi todas las escenas, que la crisis migratoria se repite en varios períodos históricos junto a un sistema político (metaforizado con el fascismo) que oprime a los refugiados por su condición socioeconómica. La sofisticación que supone ese concepto se siente ingeniosa por los personajes y la historia que desarrolla. Incluso tardo un tiempo en entender lo que pasa. Con una voz en off, el melodrama cuenta el relato de un hombre que tras la invasión nazi huye hacia Marsella en Francia y adopta la identidad de un escritor fallecido del que tiene los papeles. Pero su vida se complica cuando conoce a una mujer enigmática que busca a su marido. Las actuaciones de Franz Rogowski y Paula Beer son estupendas y consiguen interpretar a unos personajes de amplio registro dramático que se mueven entre la desesperación, la intolerancia, la exclusión y los idilios imposibles. Y me intriga lo que veo. Petzold le otorga un ritmo parsimonioso, contemplativo, a un denso aparato de realismo que sostiene la aparente paradoja conceptual. Es una película escueta y muy emotiva.


Han pasado más de diez años desde la última vez que el legendario Clint Eastwood se dirigía a sí mismo. Esa película es Gran Torino, en la que interpreta a un veterano de la guerra de Corea que habita una solitaria vivienda en un vecindario atestado de pandilleros surcoreanos a los que odia con el disgusto más aberrante. Como protagonista es un señor malhumorado, sarcástico, sincero y un racista profesado, la viva imagen de un misántropo en estado latente. Es el auténtico vetusto conservador que resalta los ideales de su país y lidia con cosas como la soledad, la desdicha familiar, la pérdida de su amada pareja, fantasmas del pasado que regresan a él cuando se queda dormido en su sofá frente al televisor luego de una noche de cervezas. Pero aprende una lección moral que deshace su arbitrariedad para siempre. Y la película es tan desgarradora como emotiva, porque lo retrata como el héroe de acción caído, el tipo duro que por primera vez afronta la inevitable fragilidad producida por los achaques. Algo similar a esa película concibe con su más reciente producción, The Mule, que lo pone una vez más como el anciano afanoso y huraño que se enfrenta a la incertidumbre de lo moral.  

Con esta película Eastwood prueba, con casi 90 años, que todavía puede dirigir y protagonizar un drama criminal ligero, sin artilugios exagerados, conciso en su planteamiento, en el que impera el relato familiar de antaño, la crónica policial más genérica y la peculiar historia de un octogenario endeudado que se convierte en la mula de un cartel mexicano de drogas. Aunque no está a la altura de sus grandes trabajos, su tono es tragicómico, placentero y muy emocionante cuando lo veo en una camioneta negra paseándose por varios rincones de los Estados Unidos para buscar una redención que lo ha abandonado. Se apresura en el arranque, pero la narrativa está rodeada de una densa capa de ironía que me ayuda a olvidar las coincidencias. En esas vías por las que él transita, el argumento registra soterrados discursos políticos sobre la discriminación y los prejuicios sociales hacia la figura del hispanoamericano, de un país que está perdido en la disgregación social y económica. También la culpa provocada por un pasado agridulce, como si se tratara de un viaje personal del mismo Eastwood para hacer una revisión toda su trayectoria, mostrando su vulnerabilidad y sus defectos como padre cuando se queda atrapado en la vorágine de unos dilemas morales que, en ocasiones, se resuelven fuera de campo. 

El guion de la película lo firma Nick Schenk, el guionista de la estupenda "Gran Torino". Y es por eso que las similitudes son inevitables. Lo adapta de un artículo escrito en The New York Times sobre el hecho verídico de Leo Sharp, un veterano de guerra que a sus ochenta años se convirtió en traficante de drogas del Cártel de Sinaloa. Aquí es nombrado Earl Stone. Y cuenta la historia de Earl Stone (Clint Eastwood), un veterano de la guerra de Corea que ronda los 88 años, horticultor profesado, amante de los lirios, cuando atraviesa dificultades económicas y lo persigue un agudo remordimiento por haber descuidado a su familia. Stone tiene mucho tiempo que no habla con su hija, Iris (Alice Eastwood). Tampoco se lleva muy bien con su ex esposa, Mary (Dianne Wiest). La única que parece comprenderlo es su nieta, Ginny (Taissa Farmiga), que lo ve como su modelo a seguir. Cuando le embargan su casa ya no sabe ni a quién acudir, por lo que regresa a la casa de su familia, que no lo reciben con la mejor acogida. Inflexible y con una voluntad inquebrantable, Earl vive en un mundo en perpetuo cambio al que no se adapta. Para salir de las deudas, comienza a trabajar inadvertidamente como transportador de cocaína (una mula) para unos narcotraficantes mexicanos que lo utilizan porque saben que el papel de senil, con la cara de inocencia y de ciudadano modélico, facilita el tráfico por los recorridos interestatales sin levantar la sospecha de la policía. 

La figura de Earl Stone encaja perfectamente en ese símbolo de la masculinidad que Eastwood viene personificando desde hace años como el hombre carismático, difícil, honesto, que oculta su afabilidad debajo de la dureza y que no confía en nadie, aunque su actitud se haya ablandado con los años. Puede ser amable por fuera y peligroso por dentro, algo que le permite escapar de las situaciones de mayor aprieto (la policía ni siquiera lo detiene solo por ser un hombre blanco) y salirse con la suya cuando uno menos lo espera. Hay signos que revalidan su rudeza disimulada y su lado más violento (los planos en los que está ensangrentado en la camioneta). Recurre a la astucia para lograr lo que desea. Es un personaje interesante que desmitifica la imagen del ochentón debilucho y los tabúes diseminados en la sociedad sobre este. Por eso se le ve disfrutando de la vida y de los placeres efímeros que le provee el dinero aun con la edad que tiene, teniendo sexo gratuito con prostitutas, aprendiendo a usar teléfonos inteligentes, cayéndole bien a toda la gente que conoce en el camino, manejando kilómetros con su carga de cocaína sin mostrar rastro alguno de cansancio y haciendo el trabajo con una eficiencia que despertaría la envidia de cualquier camionero más joven.

Con el empleo del montaje paralelo y de la elipsis, Eastwood logra que la trama de Earl muestre ambos lados de la moneda cuando transita una delgada línea moral que lo pone al margen de los agentes de la DEA y de los narcos; ganándose, con su aparente rostro de bondad, la confianza y el respeto de los dos bandos. Por una parte el de los policías liderados por los agentes de la DEA, Colin Bates (Bradley Cooper) y Trevino (Michael Peña), que buscan a la famosa mula, Tata (como los narcos apodan a Earl), y lo que menos piensan es que se trata de un hombre blanco de la tercera edad. Por otra, la de los narcos organizados por Latón (Andy García) y Julio (Ignacio Serricchio), quienes en un corto periodo lo admiran por sus hazañas en la carretera. Una tercera involucra los sacrificios de Earl para restablecer los lazos familiares que se marchitan como las flores a causa de su individualismo. 

Si bien es cierto que la película está basada en la vida Leon Sharp, Eastwood se toma libertades para hacerla suya, otorgándole a la narración la forma de un retrato muy personal, el homenaje autocrítico a su carrera. Su cinta habla de él mismo, en una especie de revisión tanto del mito cinematográfico como el hombre de familia que ha dedicado toda su vida a sacrificar momentos familiares para dedicarle la mayor parte del tiempo a su pasión, que es el cine (aquí simbolizada por los lirios), su cárcel personal, en la que encuentra la paz consigo mismo, pero sin descuidar en ningún momento la responsabilidad por sus seres queridos, que para él es lo más importante. Habla de la angustia, del perdón, de los vínculos familiares. Lo filma con paisajes hermosos y una música que representa su identidad como norteamericano (el jazz, el country). El ritmo es parsimonioso, aunque sirve para preservar la cohesión interna de la narrativa. La atmósfera que evoca es grisácea. Puede que se trate de su última película como actor protagónico, y de ser así es una despedida gratificante y disfrutable. Es una película cautivante, tensa, impredecible. El último testamento de un ícono viviente del cine.


Ficha técnica
Año: 2018
Duración: 1 hr 56 min
País: Estados Unidos
Director: Clint Eastwood
Guion: Nick Schenk
Música: Arturo Sandoval
Fotografía: Yves Bélanger
Reparto: Clint Eastwood,  Bradley Cooper,  Dianne Wiest,  Michael Peña,  Taissa Farmiga, Laurence Fishburne,  Ignacio Serricchio,  Alison Eastwood,  Andy García
Calificación: 7/10








Sinopsis: A Earl Stone (Eastwood), un octogenario que está en quiebra, solo, y que se enfrenta a la ejecución hipotecaria de su negocio, se le ofrece un trabajo aparentemente fácil: sólo requiere conducir. Pero, sin saberlo, Earl se convierte en traficante de drogas para un cártel mexicano, y pasa a estar bajo el radar del agente de la DEA Colin Bates.
Sinopsis: Basado en un relato de Haruki Murakami, que cuenta la historia de Tony Takitani, un pintor e ilustrador de existencia aislada que terminará enamorándose de Eiko Konuma, iniciando una relación problemática.

Ficha técnica
Año: 2004
Duración: 1 hr 16 min
País: Japón
Director: Jun Ichikawa
Guion: Jun Ichikawa
Música: Ryuichi Sakamoto
Fotografía: Taishi Hirokawa
Reparto: Issei Ogata,  Rie Miyazawa,  Shinohara Takahumi,  Hidetoshi Nishijima
Calificación: 7/10

Crítica breve de la película

La película, dirigida por Jun Ichikawa y adaptada de un cuento de Murakami, posee un lirismo poético que me hipnotiza con la historia de Tony Takitani, el pintor taciturno y solitario que ve la vida pintada de un color gris, hasta el día en que se enamora de una frívola mujer que interpreta muy bien Rie Miyazawa. En su puesta en escena encuentro un grato trabajo de montaje (que en ocasiones adquiere la estética de falso documental) y una riqueza compositiva que encuadra el aislamiento del protagonista con el plano general, el plano medio corto, el plano medio, el reencuadre y delicados travellings laterales que hacen su transición hacia la derecha, como si se tratase de las páginas del diario que están siendo cambiadas por un narrador extradiegético que siente una conexión hacia el protagonista y narra con la voz en off la crónica de su existencia. Con ese relato de Tony, maravillosamente interpretado por Issey Ogata, Ichikawa construye un interesante discurso sobre la condición del hombre posmoderno de la sociedad japonesa, atrapado por la vorágine del consumismo y de las banalidades de los bienes materiales que lo sustrae de las cosas que verdaderamente importan como las relaciones humanas y los vínculos afectivos. Puede que sea un poco breve en su desarrollo, pero está ensamblada con un ritmo paulatino y una magnífica banda sonora del gran Ryuichi Sakamoto que dota a la narración de una sensibilidad y una melancolía que toca mi fibra emocional. Es una película muy contemplativa sobre la soledad, la memoria y los momentos invaluables que se pierden en el tiempo.
Sinopsis: En un mundo futuro, los seres humanos conviven con sofisticados robots llamados Mecas. Los sentimientos son lo único que diferencia a los hombres de las máquinas. Pero, cuando a un robot-niño llamado David se le programa para amar, los hombres no están preparados para las consecuencias, y David se encontrará solo en un extraño y peligroso mundo.

Ficha técnica
Título original: A.I. Artificial Intelligence
Año: 2001
Duración: 2 hr 26 min
País: Estados Unidos
Director: Steven Spielberg
Guion: Steven Spielberg, Ian Watson
Música: John Williams
Fotografía: Janusz Kaminski
Reparto: Haley Joel Osment,  Jude Law,  Frances O'Connor,  Sam Robards,  William Hurt,
Calificación: 7/10